Sab. 18, 6-9; Salmo 32; Heb. 11, 1-2. 8-19; Lc. 12, 32-48
Por: Pbro. Javier Gómez Orozco
CODIPACS.- El libro de la sabiduría, del cual escuchamos un trozo este domingo; forma parte de los libros que en la biblia se llaman “escritos” y son parte de la sabiduría del pueblo judío. Fue escrito precisamente en una etapa en la que el judaísmo estuvo influenciado por la corriente del pensamiento y cultura “helenista”.
El helenismo nace justamente con la muerte del gran conquistador macedonio Alejandro Magno, discípulo en algún momento de su juventud, de Aristóteles. Con las guerras y conquistas de este gran general, logró unir y dominar no solo política y militarmente, sino cultural y lingüísticamente al oriente antiguo; desde Macedonia, Siria, Asiria, India hasta Egipto. Su influencia llegó hasta la época del principado de Augusto en la Roma occidental. Al helenismo también se le llama etapa “Alejandrina” en honor del gran conquistador.
La característica de esta época es la apertura de fronteras y países a la cultura y a la lengua griega; los pueblos conquistados pasaron de su cultura y religión nacionalista de estado a una civilización nueva, universal donde esta cultura y lengua tendrán un papel predominante por alrededor de 300 años. A la muerte de Alejandro Magno, Palestina estuvo disputada por dos de sus generales; Ptolomeo Lago (dinastía de los lágidas) originarios de Egipto, que quedaron con los territorios de Judea, Samaria, Galilea y parte de Siria. El segundo general fue Seleuco de Asia (dinastía de los seléucidas) que tuvo que ceder y esperar turno de imponer su dinastía.
El libro de la sabiduría nace bajo esta influencia helénica y el autor refleja en su tratado, la unión de la cultura griega y la cultura semita. Es bien probable que el autor estuviera familiarizado con la cultura filosófica griega helénica, en especial de la corriente “estoica”, con los escritos del A.T. y la traducción griega de los “setenta” y siendo de origen judío pudo trasmitir las tradiciones culturales y filosóficas de su tiempo fundiéndolas con la fe del pueblo hebreo para crear una obra teológica y política del A.T. Un tratado sobre la justicia en el gobierno.
El texto de este domingo nos habla de la noche de la liberación del pueblo hebreo en Egipto, anunciada con antelación para darle confianza en la acción divina en favor de ellos como su pueblo. De manera indirecta el autor hace alusión a la ley del talión; recordando que lo que los egipcios hicieron con ellos al exterminar a todos los primogénitos varones de los hebreos, salvándose solo uno (Moisés) Dios castigó a los egipcios con la muerte de todos sus primogénitos sin que se salvara uno solo.
Por eso el pueblo piadoso celebró e instituyó la celebración de la pascual en sus casas, alabando a Dios con himnos como lo enseñaron los patriarcas a sus generaciones. El pueblo aprendió a confiar en Dios a fiarse de su palabra, a reconocerlo y aceptarlo en su historia cotidiana. Así se extendió la fe monoteísta entre el pueblo hebreo y la devoción y respeto a sus patriarcas que fueron quienes se las trasmitieron.
Esto también nos lo comparte el autor de la carta a los hebreos en los dos primeros versículos del capítulo 11; hace una descripción de lo que es la fe; el conocimiento de realidades que no se ven o no se conocen. En nuestro tiempo hablamos de fe en las personas por sus habilidades para desempeñar determinadas tareas o por su comportamiento que inspira la confianza para acercarse a ellas. En el caso de la religión, hablamos de la fe en Dios y decimos creer en Él. Me parece que podemos definir la fe como la libre adhesión de la voluntad a las verdades reveladas por Dios en su palabra; es decir la confianza en lo que Dios hace o dice en la historia por medio de signos, instituciones o personas y particularmente en su palabra escrita o sagrada escritura.
La segunda parte del texto de la carta a los hebreos, nos presenta dos modelos de personas que supieron poner su confianza en Dios y por su fe recibieron lo que la fe promete. El primer modelo, llamado el “padre de la fe”, es Abraham a quien Dios le prometió una tierra próspera y una descendencia como las estrellas del cielo o las arenas del mar; aún con la petición del sacrificio de su hijo Isaac; Abraham confió en Dios y sus promesas y “le creyó a Dios “y supo trasmitir este sentimiento a las siguientes generaciones de “patriarcas “que al igual que él supieron poner la confianza en Dios y durante su peregrinación por el desierto de la vida, se mantuvieron firmes es esa misma fe. De igual manera Sara es modelo de fe que creyó a Dios y pudo concebir un hijo siendo estéril y de avanzada edad; porque para Dios nada es imposible; basta creerle y confiar en Él.
La fe también nos ayuda a preparar el camino para el más allá, para las cosas que no se ven. Es la lucha por el reino de Dios y su justicia. Eso basta, las demás cosas vendrán por añadidura. El comportamiento del cristiano frente a los bienes terrenales, debe llevar una buena dosis de sabiduría para saber cómo vivir en comunidad y las actitudes que se deben observar en el uso de las cosas materiales. Lucas utiliza es su escrito un refrán sabio para ilustrar al respecto: “Porque donde está tu tesoro, ahí está tu corazón”.
En mi infancia, conocí un utensilio que se usaba en la cocina; se llamaba “garabato”, era un gancho con tres picos que se colocaba del techo, en una viga de madera y ahí se colgaba el chorizo, la cecina de carne u otros comestibles para que los gatos no lo comieran. No eran comunes los refrigeradores así que era una manera de conservar ciertos alimentos. De ahí surgió un refrán que dice: “con un ojo al gato y el otro al garabato”.
Esto también ilustra en la actitud frente a las riquezas de este mundo. Los bienes materiales no son malos en sí mismos; pero podrán serlo si se convierten en un fin en sí mismos. Son un medio para lograr otros objetivos. “Vendan sus bienes, den limosna, consigan bolsas que no se rompen” dice Jesús a sus discípulos. En nuestra peregrinación hacia la casa del Padre, hemos de viajar ligeros de equipaje material a las vacaciones eternas donde está el principal tesoro que no se puede robar, ni se pudre, ni lo come la polilla; llegar con las manos llenas de obras buenas, es un buen tesoro en tan buen lugar.
La vigilancia se convierte en una estrategia indispensable para poder conquistar el reino de Dios y su justicia. Con la túnica puesta y las lámparas encendidas. La túnica representa la persona la identidad, su condición humana y la lámpara es la luz de la fe. Si como dice Jesús donde está nuestro tesoro ahí está nuestro corazón; también es cierto que donde está nuestra fe ahí está nuestra esperanza última al final de la vida.
Vivir sabiamente la vida en este mundo requiere del desprendimiento y generosidad de los bienes cuya finalidad es de servicio. Si los bienes sirven para servir, si sirven. Si se convierten en apego del corazón, este quedará atrapado permanentemente ahí, perdiendo la oportunidad del verdadero tesoro que es el reino de Dios. Se cuenta de Diógenes, un sabio de la época helenista, cuya filosofía consistía en lograr la felicidad en armonía con el mundo. Se dice que era un fiel devoto seguidor de esta filosofía, vivía en un tonel y no poseía más bienes que un bastón, una capa y una bolsa de pan, así no será tan fácil quitarle la felicidad.
En cierta ocasión estaba tomando el sol fuera de su tonel; fue a visitarle el gran general Alejandro Magno, el cual se colocó frente a él y le dijo que si deseaba algo él se lo daría, solamente le dijera que deseaba. Le contestó el sabio; “sí, que te apartes un poco y no me tapes el sol” dejando claro con esto que era más rico y más feliz que el general, pues tenía todo lo que deseaba. Está claro que la felicidad está dentro de nosotros, no fuera; la felicidad es un estado de ánimo, es un sentimiento de realización plena, interior y espiritual. Más que necesitar cosas, necesitamos razones para vivir plenamente y compartir lo que de ahí proviene. Se puede vivir feliz con pocas cosas; pero no se puede ser feliz al margen de los demás. De ahí que el mayor tesoro es lograr la plenitud y la felicidad como personas y como hijos de Dios y hermanos entre los demás.
No podemos negar que en nuestro tiempo fácilmente somos víctimas del afán de poseer, acumular y consumir cosas; preocupados y por lo mismo, ocupados en la pequeña y personal felicidad que se cierra a la comunión y participación con los demás. La vocación humana es de origen “ser con y para los demás” No se puede encontrar la felicidad al margen de la comunidad. La primera responsabilidad de una persona es consigo misma; ser real y efectivamente una persona; después la responsabilidad con tu entorno, con las cosas que se pueden poseer o usar y saber para qué y cómo deben usarse. Finalmente con los demás; son las relaciones interpersonales en donde se expresa y se comparte la experiencia personal y con ello la alegría de vivir y ser con y para los demás uno más.
Uno de los retos más importantes en la vida es aprender a trabajar y compartir en equipo, en comunidad, así los logros se disfrutan en conjunto y los fracasos se acompañan solidariamente. Pero esto requiere de disposición, disciplina y determinación. Como todas las virtudes, es cuestión de práctica y la práctica hace al maestro. Me queda claro que en cualquier comunidad, una persona virtuosa siempre es bien recibida, valorada y tomada en cuenta en el camino comunitario, en cambio una persona “defectuosa”, es decir llena de defectos, siempre pesa, desanima y aleja de la comunidad. La exigencia de la vida cristiana según el evangelista Lucas, está en una buena y sensata preparación, con la consciencia clara de que tarde o temprano llegará el Señor y nos pedirá cuentas de nuestra administración de vida y de comunidad. Cumpliendo con la responsabilidad de nuestra vida personal, de nuestra relación con el medio ambiente y con los demás. Dichosos si nos encuentra cumpliendo fielmente con nuestro trabajo.