Por: Pbro. Javier Gómez O.

CODIPACS.- En este domingo la palabra de Dios nos invita a reflexionar sobre la importancia de nuestra tarea, tanto individual como comunitaria. Llamados a una misión que debe realizarse con las herramientas que Dios nos ha dado y las que pone a nuestro alcance para cumplir con el fin.
En el texto del libro primero de Samuel, vemos la elección que Dios realiza por medio de Samuel, a quien Dios indica quién es el elegido, para ser rey de Israel y ungirlo con el aceite divino.
Dicha acción recae en la persona de David: (Heb. “Dawid”= “bien amado”.) Es elegido por Dios en vez de su hermano Eliab: (Heb. “Eliab”= “Dios es mi padre”.) Elige al amado; ha puesto su mirada en él, por su corazón, no por su apariencia física.
Para compensar sus limitaciones Dios se pone de su parte para vencer a Goliat (I Sam. 17), para darle fuerza en su lucha contra el león o contra el oso cuando cuidaba las ovejas de su padre. (I Sam. 17,34ss.) Dios lo llama de pastorear ovejas a pastorear a su pueblo mediante la “unción”. Es el sello para cumplir con una tarea, una misión; Un rey al servicio de Dios y de su pueblo.
Todos los bautizados fuimos “ungidos”, es decir elegidos para cumplir una tarea, una misión al igual que David, y Dios está de nuestro lado para ayudarnos en nuestras debilidades. Hemos de estar abiertos de mente y de corazón a las inspiraciones y manifestaciones de nuestro Padre para poder realizar de buena manera nuestra misión.
Ciertamente una de las tentaciones de los bautizados, ungidos, es la de hacer caso omiso a la palabra de Dios, apartarnos o hacernos a un lado de ella, con las lógicas consecuencias a las que lleva dicha actitud; transgresión de la voluntad divina, es decir pecar.
Estar al margen o aparte de Dios es como estar en tinieblas como dice el apóstol San Pablo en la carta a los Efesios. Contrapone a los hijos de la desobediencia = tinieblas con los hijos de la luz, e invita a vivir como hijos de la luz y practicar las obras de la luz; la bondad, la justicia y la verdad.
Todo lo que no sea iluminar y dar vida con las obras, es como estar dormido o en tinieblas, olvidando el misterio de Dios y la gracia dada por Jesucristo. Es una propuesta clara para la comunidad de Éfeso que anteriormente fueron paganos; nada para los judíos; pero fueron llamados a la gracia de la salvación y se les invita a permanecer fieles.
Aunque el autor de la carta paulina, no habla de las obras de las tinieblas, se supone que son un misterio que hace referencia a la muerte.
Jesús como profeta de la vida y de la luz, nos va enseñando en el pasaje evangélico de San Juan en este domingo, el tema del ciego de nacimiento, con una reflexión sobre el pecado, la enfermedad y la culpa.
La mentalidad judía del A. T. refleja la compleja relación entre el pecado o falta y la consecuencia de castigo por medio de la enfermedad, como una desgracia surgida de la falta. Ellos pensaban que la desgracia personal o colectiva era consecuencia de pecados presentes o anteriores, de ellos o de sus ancestros. (Ex. 20,5; Núm. 14,18; Dt. 5,9).
Jesús por su parte descarta claramente esta mentalidad en la pregunta de los discípulos ¿quién pecó, él o sus padres?, la respuesta es: “Ni él pecó, ni sus padres”. La enfermedad o la desgracia se convierten en campo de oportunidad para descubrir la presencia salvífica y liberadora de Dios.
San Juan presenta esta compleja relación: Ceguera y pecado, luz y oscuridad. En nuestra experiencia cotidiana, la falta de luz, en cualquier lugar, da inseguridad, desatino, temor, desacierto; pero iluminados los recintos, regresa la tranquilidad y el desarrollo normal de las actividades.
Jesús nos propone dos modelos de comportamiento ante esta realidad: el ciego de nacimiento que no tenía pecado pero reconocía que no veía y de pronto ve a Jesús como su Señor.
Los fariseos en cambio decían que veían pero no son capaces de ver y reconocer a Jesús como el Mesías porque su pecado los “nubla y oscurece”.
Vivir sin luz es un riesgo similar al de estar ciegos. Estar sin Dios o sin Cristo es como estar ciegos y caminar a la deriva, en el desatino e inseguridad de la misma vida y su futuro.
Por nuestro bautismo fuimos iluminados y empezamos a caminar como hijos de la luz, por la fe en Jesucristo el Señor. Es muy importante guiar nuestra vida con la luz de Cristo como lo prometieron nuestros papás y padrinos el día del bautismo al recibir la luz de Cristo como estandarte del camino de la fe.
En el evangelio de Juan el verbo “ver” es sinónimo de creer y dependiendo de la aceptación y reconocimiento del Señor, es como podemos decir si hay o no hay visibilidad y certidumbre de salvación.
Los fariseos se sienten seguros en su creencia y por ello se mantienen ciegos en cambio el ciego de nacimiento va poco a poco descubriendo la luz y la verdad de Jesucristo. Esto no es cuestión de prisa o de conocimientos y sabiduría humanos.
No hay que dejarnos impresionar por las apariencias como el caso de David, ni juzgar con criterios humanos. Dios miró desde nuestro nacimiento el corazón de cada uno y nos eligió para vivir en la luz y para la luz eterna.
No olvidemos que la Eucaristía es la fuente de la luz y de la gracia, porque es la presencia del mismo Cristo que es luz del mundo. Sin esa luz corremos el riesgo de las inseguridades y desatinos que produce la oscuridad.
La cuaresma nos invita a retornar al camino de la luz de Cristo mediante la actitud de justicia, solidaridad, respeto y fraternidad que son las obras de la luz, del que tiene rumbo y va con seguridad en su camino de la vida rumbo a la eternidad.
Este cuarto domingo es considerado como el domingo de la purificación o del bautismo; una invitación a revalorar el don de la vida por el agua y el Espíritu Santo.
“Me puso lodo en los ojos me lavé y ahora veo”. El ciego logra ver no por el lodo que Jesús le pone; sino por haber cumplido la orden de Jesús, de lavarse en Siloé. Se lavó, se purificó, recibió la vida y la salud o la salvación.
Dice un refrán popular que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Jesús pone en evidencia que los fariseos son ciegos y no quieren ver. Prefieren quedarse con la oscuridad que les da el ejercicio de la ley por sí misma y que por lo mismo separa a los hombres de Dios.
Muchos prefieren pensar en sí mismos, en su bienestar y éxito, olvidándose que están en el mundo por una razón y por una misión.
La verdadera luz consiste en entender que la tarea es complementaria; lograr que todos veamos claramente que Dios nos ama y que nos llama a vivir plena y felizmente con Él en la eternidad.
¿Quién pecó, para nacer y ser lo que somos? Todos nacimos y somos lo que somos para que en nosotros y por nosotros se vean las obras de Dios.
El que ha logrado riquezas, es para que comparta con el pobre; el que goza de plena salud, para ayudar al enfermo; el que recibió sabiduría para trabajar y procurar sentimientos de amor de respeto y solidaridad; los que son buenos en su ser y carácter; para orar por los malos; el paciente para tolerar al impaciente y así sucesivamente; nuestra vida tiene una misión o una tarea que empezó el día del bautismo, cuando pudimos ver claramente el amor de Dios en cada uno de los purificados.
Quien no tiene fe es como un ciego de nacimiento a quien le quieres explicar cual es el color de la leche… es como el color de un papel blanco… ah ¿entonces la leche hace el mismo ruido del papel al romperlo? No, es del color de la harina de trigo… ah ¿entonces la leche es como polvo menudo de harina? No, es blanca y punto, como la nieve…ah ya entiendo entonces es tan fría como la nieve. Es difícil explicar los colores a alguien que no los conoce porque le falta uno de los sentidos. La fe es como un sentido que nos da la certeza de la vida y de la salvación.
Dios no se deja llevar por apariencias, sino que mira el corazón y las obras de sus hijos y en particular cuando dichas acciones están encaminadas al servicio de los hermanos, de los más necesitados. Eso es cumplir con la misión encomendada por Dios a cada uno de nosotros desde el día del bautismo, cuando fuimos ungidos y recibimos la semilla de la fe.
El padre Javier Gómez es párroco de la Parroquia San Juan de los Lagos, Torreón. Colabora con datos históricos de la Diócesis de Torreón.