Por: Pbro. Javier Gómez O.

CODIPACS.- El viernes santo es uno de los días más solemnes de la celebración litúrgica de la semana santa, ya que nos presenta el momento culmen de la obra de la salvación, precedido de la celebración de la cena pascual con sus discípulos su detención, su juicio, condena, su muerte, y seguido posteriormente por su resurrección.
La lectura de libro del profeta Isaías (52, 13-53, 12) nos presenta la narración del cuarto cántico del “Siervo” de Yahvé. El tercer cántico lo escuchamos el domingo de ramos, el primero, el día del bautismo del Señor, y el segundo, el domingo II del tiempo ordinario.
Es muy probable que el texto hebreo se refiera a un descendiente de la dinastía del Rey David. Dios proveerá de un nuevo rey, “ungido, elegido, mesías” para restaurar la soberanía de Israel. Sin embargo, aparece sin aspecto atrayente, despreciado, desfigurado, sin aspecto humano; cargando sobre sus hombros todos nuestros males y soportando nuestros dolores para traernos paz; sus llagas nos traen curación.
Aunque el texto hebreo no expresa a quién se refiere específicamente como “siervo”, las primeras comunidades cristianas usaron el texto para explicar la muerte redentora de Cristo y su resurrección.
De esta manera el “Siervo” es la manifestación de Cristo, el Hijo de Dios a quien la carta a los hebreos (4,14-16; 5,7-9) de la segunda lectura de hoy presenta como “Sumo Sacerdote”, compadecido de nuestras debilidades, solidario en todo menos en el pecado. La carta invita a acercarse al “Siervo” en su trono de gracia, al rey y juez cuya sentencia será de misericordia y de gracia para quienes creen en Él.
Durante su vida mortal, Jesús oró al Padre con lágrimas y súplicas, pidiendo que le escuchara, y fue escuchado, pero…. ¡No lo libró de la muerte!… fue escuchado porque se hizo la voluntad del Padre, porque lo salvó resucitándolo y con ello se convirtió en fuente de salvación para quienes cumplen sus mandatos, para quienes como Jesús son capaces de compadecerse de sus hermanos hasta dar la vida por ellos.
Hermosa manera de ser “Pontífice”, ser puente entre Dios y los hombres para acercar a éstos a la plenitud de la vida. Esto hace el “Sumo Sacerdote”. Esto debemos hacer los sacerdotes con nuestra vida al servicio de los hermanos. Esto es colaborar con Cristo en la obra de la salvación y de la reconciliación humana.
Sacerdote, profeta y rey; Un sacerdote que se ofrece al Padre en sacrificio para recibir la vida eterna y la salvación. Un profeta que pasó haciendo el bien a todos y proclamando la buena nueva de la salvación. Un rey cuyo trono y cetro fue la cruz, la corona de espinas, los clavos, la sangre y el agua para que de ahí brotara la vida y la gracia.
En el relato de la pasión de San Juan de este día continuamos con el punto de la realeza de Jesús, reflexionada el domingo anterior. “Eres tú el rey de los Judíos”. Los judíos representados por sus autoridades religiosas contestan negativamente. “No tenemos más rey que el César”, curiosa afirmación sabiendo que el pueblo israelita había pedido desde la antigüedad, un rey a Yahvé, concediendo, por medio del profeta Samuel y la unción de Saúl como rey. Los sumos sacerdotes saben que la escritura contempla la promesa de un nuevo rey, un mesías que reinará de nuevo con el poder de Dios.
Sin embargo, no reconocen ni aceptan a Jesús como el elegido y prefieren como rey al César; un emperador extranjero, tirano y opresor. Se ponen del lado del poder para preservar el suyo.
El interrogatorio se presenta ante dos autoridades aliadas entre sí. La autoridad religiosa representada por Anás y Caifás, adversarios de Jesús, por un lado y por otro la autoridad civil romana representada por Pilato como procurador a quien le fue remitido Jesús por parte de las autoridades religiosas no sin antes haberlo interrogado y acusarlo según sus leyes.
Pilato parece más neutral e imparcial en su juicio; da la impresión de querer rescatarlo, pero la autoridad judía argumentando sus pactos y convenios con Roma disuaden a Pilato, que termina por entregárselo para que lo crucifiquen.
Pilato manda poner un acróstico sintético en la cruz de Jesús en hebreo, griego y latín, que resultó muy ilustrativo, por lo que los judíos sintiéndose insultados, pidieron que se quitara. La respuesta de Pilato es contundente: “Lo escrito, escrito está”.
¿Qué decía el acróstico? .Son las letras primeras del título que Pilato puso en la cruz. En hebreo: Yeshua (Jesús) Hanotzri (de Nazaret) Vemelej (rey de) Hayehudion (de los Judíos), si juntamos las primeras letras que en este idioma se pusieron en la cruz sería; “YHVH”. En Griego: Iesous (Jesús) Nazoraios (Nazareno) o Basileus (rey de) ton Ioudaion (los Judíos) Juntando las letras sería: “INBI” Y en latín: Iesus (Jesús) Nazarenus (Nazareno) Rex (rey) Iudaeroum (los judíos) que juntándolas aparece el tan conocido anagrama latino sobre la cruz; INRI.
Así vemos pues a un rey en una cruz, un trono de salvación, ante la admiración de muchos y la incredulidad de otros.
Antes de concluir su obra, Jesús desde su trono, y citando la escritura dice: “Tengo sed”. Dice el salmo 42,2; “Como anhela la cierva corriente de agua, así mi alma desea, Señor estar contigo”; o el salmo 69,22; “para la sed me han dado vinagre”. La deshidratación como resultado del suplicio recibido, hace que Jesús sienta los estragos y consecuencias de tal maltrato hasta el final. Su obra está cumplida; bebió un cáliz amargo. El vinagre es el fruto amargo de la uva. Esto recibe en vez de agua para calmar la sed; es la respuesta de la “viña de Israel”, el pueblo elegido que regresa el fruto amargo de la parcela heredada, es decir la incredulidad, el rechazo, el suplicio y al final la muerte. El cáliz amargo de la salvación.
Un soldado romano, al verlo muerto atravesó con su lanza el costado de Jesús e inmediatamente brotó sangre y agua. La sangre es el principio vital de un ser vivo; los judíos daban mucha importancia a este elemento, lo escuchamos ayer en la celebración de la cena pascual. Jesús en el último momento de su existencia, derrama su sangre con la cual nos lava del pecado y por medio del agua de su costado nos purifica y nos muestra que el agua viva, como lo había anunciado a la samaritana, quita la sed eternamente, es capaz de producir dentro de quien la bebe, el torrente de la fe, de la confianza en Cristo como salvador. El agua y el espíritu nos engendran para la vida eterna.
La Iglesia se reúne en este día para conmemorar la muerte del redentor. Es una asamblea de oración y solidaridad con Cristo. Nuestra oportunidad de mostrarle el amor y la compasión por el gesto salvífico del mesías.
Sabemos que una tentación grande de los seres humanos es la disipación, el folklor, la diversión, las vacaciones a la playa o algún otro lugar de diversión y de descanso.
Hoy podemos dedicarlo a la oración, a la contemplación de los misterios que nos dieron vida y ofrecer el tiempo a Dios como acción de gracias por la vida y por la redención. Nunca como hoy nos viene bien rescatar el don de la fe y la confianza en las verdades reveladas en la palabra de Dios.
La familia es un espacio especial para la promoción y la vivencia de valores y de la fe. La Iglesia es nuestra casa común de fe, los niños realzan la esperanza de la vida digna., la atención y el cuidado adquieren sentido, las prácticas de piedad y las tradiciones familiares, de pronto, tan olvidadas empiezan a asomarse de nuevo, con esperanza de madurar a su tiempo.
Podemos descubrir que a la luz de la fe en Cristo tiene sentido todo lo que hagamos, todo lo que pensamos y sentimos, todo lo que tenemos y lo que somos, porque todo es un don de Dios para servir, para que cada uno realicemos nuestra misión encomendada en este mundo al que pertenecemos solo de pasada. Nuestra mirada debe estar puesta en el don de la inmortalidad que Jesús vino a traernos con su muerte y resurrección. Misterio que estamos celebrando esta Semana Santa.
Cristo murió, Cristo resucitó, Cristo vendrá de nuevo. Esta es nuestra fe.
El padre Javier Gómez es párroco de la Parroquia San Juan de los Lagos, Torreón. Colabora con datos históricos de la Diócesis de Torreón.