Por: Pbro. Javier Gómez O.

CODIPACS.- Hoy celebramos el segundo Domingo de Pascua de Resurrección, que el Papa San Juan Pablo II, llamó de la Divina Misericordia. Conviene entonces iniciar conociendo la significación y contenido de esta palabra: “Jésed”, sustantivo hebreo que significa merced, bondad, misericordia.
Es una característica que se predica de Dios y de los seres humanos y que va acompañada de otras virtudes como la justicia, la verdad la fidelidad, la compasión y otras más. Esta virtud es muy valorada en la poesía hebrea.
En los salmos aparece varias veces el adjetivo “jasid”, piadoso, fiel; es decir, el que practica la misericordia. Los “jasid” siempre son agradables a los ojos de Yahave.
La traducción bíblica griega lo menciona con el nombre de “éleos”, misericordia, compasión, piedad, como virtud que inclina el ánimo a ayudar al prójimo, al necesitado, como un ejercicio de caridad.
Jésed, expresa la relación de los sentimientos más profundos de las relaciones interpersonales de quienes están unidos por vínculos auténticos y constantes: el amor, la ternura, la fidelidad, la bondad la entrega generosa etc.
El Jésed, nace como todas las virtudes; es un don que se aprende en la práctica constante, por ello la importancia del aprendizaje tanto en la familia como en la vida social de las personas y comunidades.
Cuando hablamos de la misericordia de Dios, hablamos de un atributo divino el cual posee, por ser Dios. Él es misericordioso por naturaleza; pero al mostrarla a los seres humanos va enseñando el camino de la práctica constante de dicha virtud. Dios que es “rico en misericordia” (Ef. 2,4) nos enseña a vivir esta riqueza que es un don, un regalo divino.
Pero especialmente se muestra para los que lo conocen y cumplen sus mandamientos, los que le son fieles. (“jasid”).
Los seres humanos no podemos presumir de nuestro amor por Dios, porque siempre y cotidianamente le fallamos; pero podemos presumir de su amor y misericordia por nosotros; porque nunca nos falla.
Las lecturas de hoy nos van mostrando este atributo divino por medio de Cristo y de los que le son fieles.
La lectura de Hechos de los Apóstoles nos presenta a la comunidad primitiva en una constante perseverancia en los cuatro puntos básicos de toda comunidad cristiana: La enseñanza de los apóstoles; la convivencia fraterna; la fracción del pan y la oración.
El templo es el foro, el lugar desde donde se ha de vivir la “koinonía”, es decir, la comunión de bienes y personas en torno al mandato de Jesús y a través de la eucaristía; todo compartido con sencillez y alegría.
Esta actitud de las primeras comunidades cristianas generó el reconocimiento y respeto de parte del pueblo. Observan la vida y testimonio de una comunidad nueva inspirada en valores cristianos, que hoy siguen siendo el modelo de la vida cristiana de las comunidades actuales.
Como podemos observar, la Iglesia, “comunión”, nace con la Pascua del Señor; por lo mismo; celebrar la pascua del Señor es celebrar la comunión de la Iglesia en torno a su Señor. Pero más importante es vivir dicha comunión en torno al Señor y en compañía de los hermanos.
San Pedro en la segunda lectura nos repite que Dios por su gran misericordia nos ha regenerado, nos ha hecho nacer de nuevo, mediante la resurrección de su Hijo Jesucristo.
Es la iniciativa divina para elegir al creyente a una nueva vida; a recibir una herencia que no se destruye, un tesoro que no se pierde.
Es por ello que hay que estar alegres hay que sentirse ya desde ahora en la gloria. Dios en su misericordia nos ha elegido para la vida eterna y aunque haya dificultades y pruebas en el camino, debemos mantenernos firmes en la fe para recibir el tesoro de la salvación.
La fe es igualmente un don de la misericordia divina, es un don que hay que cultivar constantemente, de lo contrario se desvanece, se pierde o se debilita. Creer es abrir el corazón a la gracia y la misericordia divinas y aferrarse a las verdades que Él mismo nos trasmite en su palabra.
Creerle a Dios, más que creer en Dios. Decir, creo que Dios envió a su hijo a salvarnos y resucitó para ello. El razonamiento humano, pediría detalles, modos, tiempo, forma etc., pero la verdadera fe se siente y se expresa de manera diferente.
Dichosos los que sin ver creen. Es parte del texto del evangelio de hoy. Creer es parte fundamental del misterio pascual. Los discípulos que vieron la tumba vacía y los que vieron al Señor en la casa; el mismo Tomás, que confiesa su fe como sus hermanos, son el signo de su adhesión a la verdad de Jesucristo, el cual exalta la fe de aquellos que sin ver creen.
Existen otros signos, otras maneras de ver la presencia del Señor resucitado que manifiestan la fe del creyente. Los mismos sacramentos, la palabra, la oración son signos de la presencia del Señor resucitado.
La paz y el perdón son dones del Espíritu Santo que brotan de la pascua de resurrección. Estos dones no podrán realizarse sin comunión y amor; la sombra del pecado siempre está cerca para borrar todo rastro de paz y perdón.
Por ello Jesús envía el Espíritu Santo sobre los discípulos. Les da poder para perdonar los pecados, ya que el perdón es el único remedio a las grandes dificultades y tensiones de la humanidad.
Aún pese a las dificultades de que el perdón sea siempre bien recibido en los corazones, no deja de ser un reto constante y un deseo ferviente de su presencia en la vida cotidiana de quienes vivimos o queremos vivir en comunidad.
El amor, la paz y el perdón, son dones que brotan de la misericordia divina, mostrada por la pascua de Jesucristo resucitado. Abramos nuestro corazón a la inspiración del Espíritu Santo que nos trae tan preciosos regalos y tan necesarias herramientas para construir comunión, es decir Iglesia.
Es precisamente ahora en la pascua, cuando hemos de poner nuestra confianza en el Señor resucitado. Deseando que se haga presente y más aun haciéndolo presente nosotros y trasmitiendo su paz y su perdón para lograr construir verdadera comunidad de fe.
Desde ahora y en los próximos días, semanas y meses, tenemos que mostrar la presencia del resucitado, sacando del fondo de nuestro corazón lo mejor que tenemos, los mejores sentimientos, pensamientos y valores que harán la diferencia en el trato hacia los demás, como lo hicieron las primeras comunidades cristianas que vivieron la comunión gracias a la fuerza del espíritu, que los animó a sacar lo mejor de sus corazones.
Los cristianos hoy debemos dar razón de nuestra fe, sintiendo la fuerza del Espíritu del Señor resucitado que nos llama a la paz, al perdón y al amor. La práctica de estas virtudes serán la expresión más clara de la fe; es como decir: “Señor mío y Dios mío”.
Recordemos que no vamos solos. El Señor se hace presente, con frecuencia para decirnos: “La paz esté con ustedes” para enviarnos a cumplir con nuestra vocación de hijos de Dios, en comunidad.
Cada domingo es una oportunidad de encontrarnos con Jesús; al igual que las primeras comunidades se reunieron un domingo, vieron al Señor y gozaron con su presencia. Tomás no estuvo ese día porque aún no sabía o no creía que en comunidad se fortalece la fe para captar mejor la presencia de Jesús en nuestra vida y compartir alegremente lo que cada uno cree y lo que cada uno tiene.
Creer es poner la confianza en las palabras y acciones de Cristo resucitado. No necesitamos como Tomás, pruebas racionales de la resurrección, solo poner nuestra confianza en Él. Dichosos los que creen sin haber visto. Debemos pues, animarnos en comunión dentro de la Iglesia.
El padre Javier Gómez es párroco de la Parroquia San Juan de los Lagos, Torreón. Colabora con datos históricos de la Diócesis de Torreón.