Por: Pbro. Javier Gómez

CODIPACS.- La liturgia llama a este cuarto domingo de Pascua; el domingo del “Buen pastor”, por el tema del evangelio que además es común en los tres ciclos litúrgicos. El apóstol Pedro nos cuenta en la primera lectura, dirigiéndose al pueblo de Israel, que Jesús a quien crucificaron Dios lo constituyó en “Señor” y “Mesías”; dos títulos muy significativos en la misión de Jesús y de la primera comunidad.
Decir “Señor”, en griego, “Kyrios” es darle la autoridad, sobre todo; desde el principio de su ministerio fue la forma común de trato dado a Jesús, tanto por el pueblo como por sus discípulos, Jesús mismo asumió el título en el sentido más elevado y teológico con sus correspondencias del A. T.
Pero es hasta después de la resurrección cuando el título se hace más evidente por los mismos signos divinos de su resurrección. El Apóstol Tomás al verlo le dice “Señor mío y Dios mío”; pero hay otros muchos textos en lo que se refieren a Jesús como “Señor”, es un título que Dios mismo le ha dado y los discípulos y la comunidad lo reconocen.
Ahora es el Señor de todos, porque se lo ha ganado cumpliendo la misión que el Padre le encomendó. Después de reconocerlo como Señor, Pedro dice a los presentes que escuchan su testimonio, que hay que convertirse y bautizarse, invocando el nombre del Señor para que se les perdonen los pecados y puedan recibir al Espíritu Santo.
Decir “Mesías”, en hebreo, “Mashiaj”, es decir ungido que se tradujo al griego como “Khristós” el cual fue añadido al nombre de Jesús. Así queda el nombre propio compuesto de “Jesucristo “y su misión, “el elegido” de Dios para salvar a la humanidad y establecer un reino de justicia y de paz.
La esperanza de un mesías estaba ligada a la creencia de que el pueblo de Israel estaba llamado a desempeñar un papel especial en la historia de la humanidad. Pero en el tiempo de la dominación romana se pensaba que el mesías vendría como un rey guerrero poderoso a restablecer la soberanía y el poder de los israelitas y ponerlo como cabeza de las naciones.
Las primeras comunidades cristianas reconocieron a Jesús como el elegido para liberar del pecado y de la muerte eterna; por ello la resurrección tuvo un impacto positivo en el desarrollo de la fe de los primeros discípulos y en la confesión y testimonio de la misma.
Algunos de los textos de la escritura que hacen referencia a Jesús como Señor y como mesías son el Sal. 110; en el trono de David para gobernar con cetro de justicia. Joel, 3,1-15 donde recibe los dones espirituales que lo acreditan como mesías; Is. 57,19; la salvación que trae Jesús es para judíos y gentiles.
Otro título importante que hoy encontramos en el Evangelio de san Juan es el de “Buen Pastor”. Es una obra magistral para presentar al hijo de Dios como un cuidador de ovejas al estilo de los pastores judíos que se organizaban en grupos para pasar la noche en alguna cueva de las muchas que existen en todo el territorio de Israel, cuidando a sus ovejas y por la mañana cada uno llamaba a sus ovejas y partía al frente con ellas, en busca de buenos pastos.
Algunos estudiosos dicen que al que tocaba el turno de vigilar la entrada de la cueva donde se encontraban las ovejas de todos los pastores, se le llamaba “la puerta” y por turnos cada uno hacía la función de “puerta”.
Jesús en la parábola se autodefine como la “única puerta” y como “Buen pastor” que da la vida por sus ovejas. El estará siempre vigilando a sus ovejas porque tiene interés en ellas, el las ama hasta dar la vida por ellas, no brinca ni se esconde, no hace mañas para robarlas, sino que las conoce a todas por su nombre, por ello, las llama y camina delante de ellas.
Podemos decir con esto que Jesús nos presenta diferentes clases de pastores: buenos, mediocres, malos y pésimos. Jesús de autodefine como “buen” pastor porque conoce, cuida cura, vigila, atiende, llama por su nombre, guía y ama a sus ovejas.
Por el contrario, los otros mediocres malos o pésimos pastores; roban, matan, engañan y dispersan a las ovejas para que las mate el lobo; a estos no les interesan las ovejas sino el producto y beneficio que dejan las ovejas.
La diferencia entre el buen pastor y el ladrón o salteador es la “voz”. Hablar y escuchar sintonizan el modo reciproco de relación; el buen pastor llama a sus ovejas por su nombre y ellas le escuchan y le siguen porque conocen su voz en cambio al salteador lo consideran extraño y por ello le huyen.
En el relato el texto hace referencia a una contraposición entre Jesús como buen pastor y los fariseos que no tienen derecho a hablar y se han apoderado del rebaño para aprovecharse de él.
Ser “puerta” es dar acceso o cerrarlo a quien se conoce. Quien pasa por otro lugar, es claro que va a hacer daño que no tiene interés en cuidar sino en destruir. La actuación del verdadero pastor es diferente; por su cercanía con las ovejas, le conocen, confían en él y le siguen porque saben que no les hará daño.
Como podemos observar, hay de pastores a pastores. Jesús se proclama como un “Buen Pastor” y con ello nos da ejemplo a todos de cómo debemos tratar a las ovejas que Dios nos ha encomendado.
Tal vez sea oportuno pensar que igualmente existen buenas, mediocres, malas y pésimas “ovejas” y del comportamiento surge la identidad. La oveja buena es dócil, obediente y confiada en su pastor. Otras en cambio, se apartan del pastor, son curiosas para salirse a otras partes con el riesgo de extraviarse; otras se atreven a coquetear con el lobo con el riesgo de morir destrozadas y comidas.
Jesús como buen pastor dice que Él es la puerta y quien entre por ella, estará seguro. Lo importante ahora en la Iglesia es escuchar la voz del pastor; no la voz de las novedades, el peso de lo tradicional, las modas, la tecnología, no la voz de las preocupaciones y las enfermedades, de los miedos e incertidumbres, no la voz de filosofías o rituales complejos para satisfacer curiosidades. “NO” … mejor pongamos atención a la voz de Cristo y no nos confundamos.
Su palabra es bastante clara en el Evangelio, no es improvisada, como no lo es tampoco su persona y sus acciones. Pasó por el mundo haciendo el bien y nos invita a escuchar su voz que desea lo bueno, lo agradable, lo perfecto y a estar en sintonía con su palabra y su vida que nos conduce al Padre.
Es verdad que hoy en día muchos no queremos ser tratados como ovejas de un rebaño, es decir, no queremos que nadie dirija o controle nuestra vida; exigimos respeto. Depende de la idea que tengamos del pastor, de la confianza que le pongamos y el conocimiento que tengamos de Él y de sus acciones. De la atención a su “voz” es decir a su palabra y enseñanzas.
Vivimos tiempos en los que se valora mucho un título, del cual hacemos ostentación y vanagloria; ocupando los lugares más importantes de una oficina, de la casa o cualquier lugar donde pueda exhibirse con orgullo.
Se dice que, entre más títulos logrados, mayor prestigio y reconocimiento y por supuesto mayor ganancia económica en el ejercicio de la profesión. Esto sin embargo no es lo que nos da credibilidad, confianza y atención por parte de las ovejas que se nos han confiado.
Los evangelios han dejado un rastro claro e imborrable de Jesús Buen pastor: preocupado por los enfermos, los marginados, los indefensos, los olvidados, los pecadores, siempre pensando en los demás, dando la vida por el rebaño.
Recordemos el salmo 22: “El señor es mi pastor nada me faltará” … Esta es nuestra enseñanza, Jesús en nuestro maestro; la Iglesia en el mundo nuestro lugar o escuela de aprendizaje.
Hoy tenemos la oportunidad de evaluarnos, como pastores y como ovejas mediante el paradigma de Cristo, de su evangelio y de su vida. ¿Cómo sería nuestra calificación?
El padre Javier Gómez es párroco de la Parroquia San Juan de los Lagos, Torreón. Colabora con datos históricos de la Diócesis de Torreón.