El Silencio

Por: Pbro. Mario Alberto Aguilar Escobar

CODIPACS.- Quiero recordar algunas de las palabras muy sugerentes sobre el silencio en tiempos de nuestras agitadas vidas, que Benedicto XVI pronunció el domingo 9 de octubre de 2011 en la Cartuja de Santo Stefano del Bosco. Decía el entonces papa Benedicto XVI:

«El progreso técnico, especialmente en el campo de los transportes y de las comunicaciones, ha hecho la vida del hombre más confortable, pero también más agitada, a veces convulsa. Las ciudades son casi siempre ruidosas: raramente hay silencio en ellas, porque siempre persiste un ruido de fondo, en algunas zonas también de noche.

En las últimas décadas, además, el desarrollo de los medios de comunicación ha difundido y amplificado un fenómeno que ya se perfilaba en los años sesenta: la virtualidad, que corre el peligro de dominar sobre la realidad. Cada vez más, incluso sin darse cuenta, las personas están inmersas en una dimensión virtual a causa de mensajes audiovisuales que acompañan su vida desde la mañana hasta la noche.

Los más jóvenes, que han nacido ya en esta situación, parecen querer llenar de música y de imágenes cada momento vacío, casi por el miedo de sentir, precisamente, este vacío. Se trata de una tendencia que siempre ha existido, especialmente entre los jóvenes y en los contextos urbanos más desarrollados, pero hoy ha alcanzado tal nivel que se habla de mutación antropológica. Algunas personas ya no son capaces de permanecer por mucho tiempo en silencio y en soledad».

Benedicto XVI resalta el valor de la vida de silencio y soledad propias de un monasterio, y que este estilo de vida ha de ser llevado a todos los modos de vida social, y no solo eso, sino que ha de ser custodiado en razón de una forma de vida tan necesaria al alma en estos tiempos de movilidad y ruido.

El silencio libremente elegido y cordialmente apreciado es, pues, un bálsamo para el alma. Y tanto más, así como lo que a menudo nos hace perder el silencio no son las necesidades inherentes a la actividad humana, sino antes la voluntad de hablar mal de los demás, de interceptar lo que no nos pertenece, de abusar, cuanto más no sea, de la palabra que no es nuestra; y, por supuesto, la fuga de sí mismo.

Sin una cultura del silencio no es posible crecer humanamente, porque sin el silencio que se ofrece en medida justa y exacta tampoco se desarrollan las relaciones interpersonales, y mucho menos aún nuestra relación con la dimensión trascendente de la vida.

Hoy en día es de vital importancia crecer en el aprecio de este tan importante don de nuestra condición humana: la capacidad de hacer silencio, es decir, de interiorizar en lo que somos, de liberarnos de todo aquello que se entre pone entre mi exterior e interior, entre yo y los demás, entre lo que realmente soy y lo que Dios quiere ser en mí.

El padre Mario Alberto es Cuasi-Párroco de la Cuasi-Parroquia San Juan Pablo II. También es director del Instituto de Pastoral Pablo VI, Torreón.

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