No podemos controlar la vida, hay que aprender a confiar en Dios

Por: Pbro. Jesús de la Torre

CODIPACS.- La reflexión de este domingo inicia con la reflexión del profeta Zacarías realizando un preanuncio de un “Mesías” humilde y sencillo.

El ambiente sociopolítico se encuadra y ubica en la última década del S.VI, que corresponde a la restauración de Israel, después del exilio de Babilonia, bajo la complacencia del dominio persa de “Ciro el Grande”; siendo sumo sacerdote “Esdras”.

Zacarías anuncia a un mesías que prefiere llegar montado en un burrito, en vez de carros de guerra y jinetes armados para amedrentar a los habitantes y perturbar la paz. La esperanza llega, en cambio, por medio de un mesías Rey que acabará con los carros y jinetes que obstruyen la paz.

La ausencia de la paz, generalmente producida por la hostilidad, la violencia y la guerra, somete personas y pueblos a la esclavitud y al dominio.

La esclavitud generalmente ha sido representada por la figura de un “Yugo” (Heb. “mot”; palo retorcido, carga) instrumento ordinariamente de madera de distintos tamaños, labrado a la medida para “uncir” dos bueyes o a la caballería, al timón del carro o del arado.

Dichos instrumentos debían ser muy bien tallados; ya que mal hechos, además de ser más pesados, eran una tortura para el tiro.

Los animales para yugo debían ser enseñados por otros animales de yugo, ya experimentados y bajo la supervisión o guía del agricultor.

En la legislación cultual del A.T. estos animales no se sacrificaban ritualmente (Núm. 19, 2)

Existían yugos para transportar objetos; ladrillos, fruta, agua, etc. utilizados por personas para ahorrar tiempo y eficiencia en el trabajo. Los cautivos de guerra, a menudo eran atados, a un yugo como castigo, sujeción o dominio. Esto dio origen a la aparición del yugo de hierro, como signo de la pesadez y de la desgracia, mostrando así todo tipo de sufrimiento y calamidad sobre una persona o un pueblo.

Así lo hace saber Yahvé a su pueblo por la infidelidad a la alianza. “Servirás a tu enemigo que impondrá desgracias sobre ti y pondrá un pesado yugo de hierro en tus hombros hasta exterminarte” (Dt. 28, 48)

El yugo se ha identificado a lo largo de la historia como signo de esclavitud y de opresión, por múltiples razones e infinidad de circunstancias.

Jesús utiliza la figura del Yugo para mostrar otro tipo de esclavitud. La que genera el peso de la ley, que los sabios y entendidos (escribas, doctores de la ley, sumos sacerdotes, fariseos) aplicaban al pueblo bajo infinidad de normas, principios doctrinales y enseñanzas tan difíciles, que ellos mismos no cumplían.

Quienes llevaban el peso de la ley, el pesado yugo de normas y principios, era el pueblo común; los pobres, los sencillos, los trabajadores de campo raso, los despojados, los sin trabajo, los enfermos y sufridos, los que no tenían mejores oportunidades.

Estos son los elegidos por Dios para reconocer, mediante la fe en Jesús, la grandeza y la misericordia, el amor y la predilección del Padre. “Gracias Padre, porque así te ha parecido bien (Mt. 11, 25)

Dios prefiere lo sencillo sobre lo sabio y entendido, aunque lo primero vaya acompañado de lo segundo.

Tomar por propia voluntad el yugo, en la cultura rabínica judía, significaba aceptar la doctrina y mandamientos judíos.

Jesús utiliza la frase para enseñar que su doctrina es ligera, suave y liberadora, no como la de los fariseos que “ata y oprime”. La sabiduría de Dios por el contrario contradice a los sabios del mundo y se decide por los sencillos y puros de corazón.

La sabiduría de Dios es su propio “Hijo”, palabra viva que enseña, guía, libera, da luz y vida; palabra que se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn. 1, 14) Los elegidos que aceptaron la luz y la palabra que es Cristo, irradian sencillez y humildad, son los verdaderos sabios y entendidos; los que adhieren libremente a su voluntad, la revelación divina. Son los que tienen fe.

La verdadera sabiduría se atiene al mensaje que Dios revela por medio de su palabra; primero escrita y después, llegada la plenitud de los tiempos por medio de su hijo.

Sucede que todo lo que a primera vista parece un contratiempo, puede ser un camuflaje de algo bueno; y lo que parece bueno a primera vista puede ser catastrófico.

Es bueno entonces entender que la postura de un sabio es dejarle decidir a Dios lo que es bueno y lo que verdaderamente necesitamos para realizar nuestra tarea. Nosotros solo tenemos que confiar en Él y agradecer las cosas que pone en nuestras manos y en nuestro camino.

El yugo de Cristo no es pues, esclavitud u opresión, sino conocimiento de Dios, de su amor y misericordia por lo cual siempre será yugo ligero, amoroso, libre, voluntario y alegre que sostendrá la vida y su tarea que cuando se siente cansado y fatigado por la carga; Jesús ofrece alivio (Mt. 11, 28).

En un mundo de ajetreo constante; de ir y venir, de jornadas laborales largas y extenuantes; de penurias económicas, políticas y sociales… ¿Cómo no cansarse y agobiarse?

Ante esta situación es importante y necesario el “descanso” para recuperar la energía perdida y fortaleza para continuar con la tarea.

¿Qué es descansar? El prefijo “des” significa sin o ausencia de y el verbo “cansar” es el sentimiento de fatiga, agobio o cansancio por una actividad física, espiritual o mental realizada. Descansar entonces significa quitar el cansancio o la fatiga. Esta es una de las necesidades primarias del ser humano.

Jesús consiente del cansancio humano, del pesado yugo que le oprime, en todos los aspectos de la vida; le invita a descansar en lo divino, en la verdadera razón de vivir.

Quien solo necesita descanso físico; le bastan unas horas para recobrar las fuerzas y seguir adelante en su labor. Pero a quien le falta la paz, la tranquilidad de conciencia, la libertad o el sentido de la vida, ¿cómo podrá recobrarlo? Se necesita más que unas horas de sueño o relajamiento, más que unas vacaciones.

Ir con Jesús a descansar significa poner en orden nuestra vida, cuidar de lo importante y esencial, dejando lo superfluo y accidental, dedicando más tiempo a lo que nos da paz y tranquilidad.

San Pablo por su parte nos habla de otro “yugo” con otra esclavitud; poniendo de manifiesto la antítesis de la “carne” y el “espíritu” no con la visión filosófica Aristotélica. Para San Pablo la carne no es el cuerpo físico o sexual, sino la condición humana, limitada, corrupta, temporal, pecaminosa y por lo mismo condenada a morir. El espíritu en cambio es la fuerza viva de Dios dentro del hombre que lo puede liberar de las condiciones puramente humanas y lo llama a la vida plena por medio del espíritu en el bautismo.

Los que se dejan guiar por el espíritu de Dios, son hijos de Dios, son los sencillos y sabios a los ojos de Dios. El Espíritu hace que las emociones, los sentimientos, las virtudes y todo lo que somos, se sienta como la presencia viva de Dios dentro de nosotros; en cambio quien se deja llevar solo por las pasiones de la “carne”, no pueden agradar a Dios (Rom.8,9)

El Espíritu de Dios actúa donde quiere y como quiere, pero depende de la voluntad humana, ser o no ser de Dios (del espíritu) al margen del mundo y sus pasiones (la carne)

Que Dios nos enseñe a vivir según la inspiración del Espíritu para poder realizar nuestra misión en el mundo, de manera responsable. Que nos permita recuperar las fuerzas y el aliento perdidos en nuestra tarea. Que no nos falte, como alimento, el pan de la palabra, el pan de la eucaristía y el pan de la oración para hacer más liviana nuestra carga y poderla llevar con alegría, confiados en la ayuda de Cristo en el camino.

El padre Javier Gómez es párroco de la Parroquia San Juan de los Lagos, Torreón. Colabora con datos históricos de la Diócesis de Torreón.

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