El verdadero perdón

Por: Pbro. Javier Gómez O.

CODIPACS.- Ahora nos encontramos frente a una de las enseñanzas más bellas de la historia humana y además una de las más difíciles de llevar a la práctica. La primera lectura tomada del libro del Eclesiástico o libro de la iglesia; tal vez por el uso que de él hizo la primitiva iglesia; también se le conoce como libro de Ben Sirá o simplemente Sirac. Se atribuye a Jesús hijo de Eleazar hijo de Sirá.

Fue escriba y maestro, nacido y criado en Jerusalén, hombre muy estimado por su cultura y sabiduría adquirida en sus múltiples viajes a cortes extranjeras. Impartió clases a jóvenes judíos a quienes inculcó el amor a la escritura y el valor de las enseñanzas y tradiciones de los antiguos maestros de Israel.

El libro fue escrito hacia el año 180 a.c., y es el único libro del Antiguo Testamento que lleva la firma de su autor y como él mismo expresa al final del libro, desde joven en sus oraciones pidió el don de la sabiduría para trasmitirla a las siguientes generaciones.

Nos enseña en este texto que hoy escuchamos que la malicia, la ira y la venganza, atraen el odio de los demás, mientras que el hombre sabio evita estos defectos puesto que pertenece a Dios. El verdadero sabio, rehúye la cólera, las discusiones y está pronto a perdonar a sus enemigos por consideración hacia Dios y hacia sí mismo.

Sirac nos recuerda que la tradición consideraba la enfermedad como consecuencia del pecado; así que los pecadores, para recuperar la salud, primero hacían un examen de consciencia, confesaban sus pecados para obtener el perdón y así conseguir la salud. Por ello se le daba mucha importancia al ejercicio del perdón; el no hacerlo era como dejar a la persona condenada al sufrimiento y enfermedad.

En la culpa está la pena dice el refrán, en el pecado llevas la penitencia; por ello el sabio rehúye el pecado, la venganza y la maldad, porque son consecuencias de sufrimiento y enfermedad tanto para el que lo practica como para el que lo recibe. Si soplas la chispa se aviva el fuego y puedes arder en el.

El perdón es una virtud que hay que practicar constantemente para lograr el dominio de ella y sacarle buen provecho. Dios ama y perdona al que perdona. “Amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada a cambio…. Porque Dios es bueno hasta con los ingratos… perdonen y serán perdonados, den y se les dará…” (Lc. 6,35-38).

Es por ello que Jesús enseñó a sus discípulos la oración del padre nuestro donde pone como parte importante la petición de la virtud del perdón a los ofensores para hacerse merecedores del perdón divino. (Mt. 6,12)

El perdón es un acto interior por el cual la voluntad expresa una concesión, una remisión, una liberación de carga, de una ofensa infringida por otro. La necesidad de perdón tanto de otorgarlo como de recibirlo es una constante en la tradición bíblica debido a la limitación y pecaminosidad humanas que le arrastran a cometer actos contrarios a la naturaleza y a la voluntad divinas.

Es verdad que también encontramos en la historia bíblica, la constante mención de Dios como clemente y compasivo, dispuesto siempre al perdón. Pero ello no significa que Dios cierre los ojos a los pecados de los hombres o declare inocente al culpable; la misericordia llega de Dios mediante el arrepentimiento del pecador, el cambio de actitudes y la disposición de abandonar el camino del mal. Dios “no” ama el pecado, sino al pecador arrepentido y deseoso de enmienda; en cambio el malvado y contumaz pecador, sus caminos acaban por perderlo.

Pero el perdón no se refiere solo a lo que Dios otorga al pecador, sino que tiene que ver en mucha medida con lo que sucede en las relaciones interpersonales donde el trato fácilmente se descompone por las pasiones, vicios o defectos compartidos cotidianamente entre las personas. En el antiguo Testamento se limitaba el uso de la venganza, tan común en el mundo antiguo con la conocida ley del talión y prohibiendo la práctica del odio y el rencor hacia el prójimo.

La exigencia entre creyentes de contribuir a un nuevo comienzo después de caer en ofensas, injusticia, venganza o cualquier mal, se dirige no solo al ofensor sino también al ofendido para restablecer pacífica y bondadosamente la comunión. El perdón se convierte en la primera buena obra después de la ofensa. Tanto pedir perdón como otorgarlo son acciones de por si buenas que ayudan a borrar la culpa.

Este es el sentido de la celebración del “día de la expiación” o reconciliación, donde la súplica del perdón es escuchada por Dios que está dispuesto a otorgar el perdón. La tradición judía en la celebración de la expiación a la cual llaman “Yom Kipur”, resalta precisamente el perdón; pero para lograrlo hay que hacer penitencia con ayunos y oraciones. El proceso inicia con la celebración del “día del juicio” (rosh hashaná) que dura diez días de “arrepentimiento” (teshuvá) hasta llegar al día de la expiación. Diez días para reflexionar y cambiar de actitud frente a la vida y a las personas.

Jesucristo destaca en su enseñanza la necesidad absoluta de perdonarse unos a otros. La ley antigua ponía límites al perdón; se podía perdonar siete veces y era lo máximo, sinónimo de excelencia, de bondad. Sin embargo si se queda solo en el valor numérico, hasta siete veces, significaría que si la ofensa continúa, el deber de perdonar cesa.

Jesús por el contrario hace la multiplicación del perdón: “hasta setenta veces siete”, lo cual no significa 490 veces sino que le da un sentido simbólico que quiere decir la perfección del perdón; perdonar siempre. El texto está enmarcado en el tema de la corrección fraterna que escuchamos la semana pasada, como continuación de las advertencias sobre la necesidad de la reconciliación en la comunidad cristiana.

No solo en el caso de las ofensas personales sino de aquellas causadas en la comunidad que dividen y destruyen la comunión y la fraternidad. De ahí el mandato del perdón siempre y de todo corazón.

El ejemplo del rey y sus empleados es muy ilustrativo al respecto. Es uno de los pasajes más duros del evangelio de Mateo. Refuerza la idea de que el perdón a los hermanos nos hace merecedores del perdón de Dios, tal como lo dice una de las peticiones del Padre Nuestro.

Un rey que va a ajustar cuentas con sus empleados. Empieza con uno que le debía diez mil monedas de oro; una verdadera fortuna, una deuda difícil de saldar. Es complicado determinar la cantidad que significaría al día de hoy las diez mil monedas de oro, pero por pura curiosidad pensemos en diez mil centenarios al cierre de la jornada financiera de la bolsa de septiembre de 2026 y con precio a la venta de 89,000 pesos. Algo así como 890, 000,000 (ochocientos millones de pesos) ¿parece de fantasía no? pues el texto nos remite a esta cantidad para balancear el sentido y obligación del perdón partiendo de un número generoso, contra las cien monedas del deudor compañero también caído en esa desgracia.

El primer deudor, pronto olvidó su desgracia convertida ahora en felicidad por haber recibido el perdón de su deuda y restablecido su pequeño capital; familia y posesiones. Pero se olvidó de su deudor y lo trató con desprecio, con dureza y hasta lo metió a la cárcel.

La memoria (Gr. mneme) es una cualidad de la inteligencia que nos permite retener, preservar o revivir situaciones, acontecimientos, recordar personas, evocar etapas pasadas de la vida tanto personal como comunitaria. “Perdono pero no olvido”, dice una sentencia popular.

El verdadero perdón se escapa al recuerdo pero no lo deshecha; estará presente pero sin causar dolor, enojo o deseo de venganza. Es como una herida física que deja marca, la cual nos recuerda un episodio de dolor, pero cuando ya “no duele” no provoca sentimientos adversos hacia el cuerpo. Cuando perdonamos de corazón a nuestros deudores, es señal de que ya “no duele”, aunque el recuerdo de la ofensa esté ahí para recordarlo.

Jesús advierte a sus discípulos, el riesgo que se corre al estar muy atentos a la herida del ofensor y prontos a la venganza lo cual destruye el valor de la comunión y de la fraternidad, que es el objetivo y la enseñanza del Maestro a sus alumnos.

Los cristianos de hoy debemos aprender la lección y recordar, según las palabras de Jesús, que el perdón de Dios hacia el arrepentido pecador, trae consigo la obligación de otorgar el perdón de aquellos que nos han ofendido, reconstruyendo con ello la sana convivencia y las buenas relaciones interpersonales, cambiando los enemigos u ofensores en amigos o hermanos.

Desafortunadamente con frecuencia pensamos que perdonar es como premiar al ofensor, por lo cual decidimos no perdonarle, sin darnos cuenta que el primer beneficiado con el perdón es la persona ofendida.

Es muy probable que el ofensor esté feliz y hasta se haya olvidado de la ofensa infringida; pero quien cultiva el rencor no vive en paz. Aviva la llama de la venganza hacia el ofensor sin pensar que el que se va a quemar en ella es él mismo. El resentimiento solo destruye al resentido.

Perdonar no significa que estés de acuerdo y apruebes la ofensa o el acontecimiento ofensor, ni darle la razón al que te lastimó; simplemente significa dejar pasar los acontecimientos negativos para que no envenenen tus sentimientos y acciones y te lleven al odio, la venganza y enemistad.

“Perdónanos Señor nuestras ofensas…. Y enséñanos a perdonar…”

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