El agua viva es un don de Dios

Por: Pbro. Javier Gómez

CODIPACS.-  Muchas personas seguramente conocen el refrán popular que dice: “Más vale malo por conocido, que bueno por conocer”. Aplicado a situaciones concretas de la vida nos recuerda que el ser humano tiende a la estabilidad a pesar de la adversidad o las condiciones críticas que se puedan presentar. Es por ello el temor al cambio, a lo nuevo, a lo distinto, en todos los aspectos, y la consiguiente crítica o rechazo de situaciones o personas que inducen o alientan al cambio.

El libro del éxodo nos presenta una situación similar; una vez que el pueblo hebreo sale de la esclavitud, a una nueva vida libre y distinta, durante el trayecto por el desierto, hacia la tierra de promisión, aparecen las dificultades; en este caso la “sed”, dando origen a la crítica, la queja y el deseo de regresar al lugar y el modo como anteriormente vivían; a pesar de las condiciones de sometimiento y esclavitud. Las dificultades que trae el cambio, nublan la visión del pueblo sobre lo que está por venir; por ello murmuran contra Moisés y su liderazgo.

En las crisis, el hombre siempre recurre a una ayuda superior; Moisés recurre a Yahvé y pide consejo y solución al problema de la sed del pueblo. Dios como lo prometió, se hace presente para solucionar el problema utilizando como instrumento al mismo Moisés: “Yo estaré allá delante de ti frente a la roca”. Al lugar la tradición bíblica le ha llamado “Masá” que significa tentación, poner a prueba y “Meribá”, basado en un juego de palabras del hebreo “rib”, “disputar”, para manifestar la disputa sobre el problema del agua.

Según los textos de Números 27, 14 y Deuteronomio 35, 51; Meribá era una fuente localizada en Cadés, en el desierto del Negueb. Yahvé les da el maná, pan del cielo y el agua de la roca en una situación desesperada de hambre y sed en el desierto, es decir en una de las condiciones más críticas de la naturaleza, demostrando que Dios tiene poder sobre ellas.

Como la geografía de Palestina es eminentemente montañosa, la imagen de roca está presente en el pensamiento y en la tradición como figura de lo inamovible, de lo permanente, lo grande, lo fuerte (Heb. “tsur”). En el Medio Oriente muchos dioses de otras culturas recibían el nombre de “Roca”. El pueblo de Israel, no es la excepción, llama a Dios la “roca de la salvación” (Dt.32; 4, 15, 18, 37.).

Dios siendo la roca de Israel, abre su corazón para saciar la sed de su pueblo. El pueblo recordará este momento y lo trasmitirá a las siguientes generaciones para recordarles que Yahvé su Dios es poderoso y misericordioso y que no los abandona en los momentos difíciles de su vida.

Las condiciones geográficas, además de sus sistemas montañosos, tiene grandes extensiones desérticas y en ambos casos de poca precipitación pluvial, lo cual hace que el valor del agua tenga un precio elevado.

El término que utiliza la sagrada escritura es “máyim”; aguas, torrente. Pero el vocabulario se amplía para todo lo que tenga que ver con dicho elemento: Mar, lluvia, rocío, escarcha, nieve, granizo, huracán, tormenta, ríos, fuente, océano, pozo canal, cisterna aljibe etc. Desde esta época ya se vendía y compraba el agua: (num.20, 19; 2. Is. 55,1. Pro.5, 15) se compartía, se cuidaba en común y se heredaba de comunidad en comunidad. El agua como elemento vital ha jugado un papel importante en todas las culturas y en toda la humanidad.

Muchos autores han hecho una comparación entre el agua de la roca que Yahvé proporcionó a su pueblo para calmar su sed; con el agua viva de la salvación brotada del costado herido de Cristo, por la lanzada del soldado, cuando aún estaba en la cruz.

El episodio de la samaritana deja ver, de alguna manera lo que hemos reflexionado y agrega otros elementos de valor evangélico. La novedad salvífica de Cristo. El contexto es el camino de Jesús de Judea a Galilea con una duración aproximada de unos tres días; el camino tenía paso obligado por Samaria, por donde se situaba el pozo de Jacob en la bifurcación del camino, en el pueblo de Sicar.

Jesús en el brocal del pozo, al medio día, caluroso y cansado; sintió sed: A esa hora va poca gente al pozo por el calor del día. Así que es la hora que la mujer samaritana elige para ir a sacar agua, para no encontrarse con nadie, ya que la ley prohibía a la mujer encontrarse a solas con un hombre. Pero al llegar y encontrarse con Jesús, el evangelista pone el inicio de un diálogo, simple, pero con intención.

“Dame de beber”. El inicio versa sobre la diferencia social de ambos; judíos y samaritanos no se tratan; los primeros consideran a los segundos como extranjeros, paganos. Jesús le ofrece otra clase de agua; “agua viva”. El diálogo se lleva sobre el agua del pozo de Jacob, del cual Jesús no tiene con que sacarla, pero le ofrece agua a la mujer; le ofrece el “don de Dios” el don de purificación por el espíritu de Dios que es fuente de agua viva que da de beber a los que le rinden culto; el don de la ley, ejercicio de la voluntad divina para tener vida; (ve a llamar a tu marido…) el don de la sabiduría (ya veo que eres profeta…) que dice de sí misma que quien la coma no volverá a tener hambre y quien la bebe no volverá a tener sed. (Eco. 24, 23-29).

La samaritana poco apoco va comprendiendo la escritura explicada por Jesús y le va reconociendo como profeta. Los samaritanos enseñaban que el “profeta encontraría los vasos sagrados perdidos del templo e iniciaría un nuevo culto, pero no en Jerusalén sino en el monte” Garizim” al cual consideraban lugar de la visión celeste de Jacob.

La visión dice: “Al despertar dijo…! Cuan digno de respeto es este lugar, es nada menos que la casa de Dios, esta es la puerta del cielo ¡” (Gen 28,17) Los judíos por su parte legitimaban la visión diciendo que se refería a Jerusalén. Pero Jesús enseña que la novedad de la salvación, el nuevo culto no estará ligado a ningún santuario de la tradición. La conclusión de la mujer es que el mesías dirá lo que se debe hacer cómo y dónde y Jesús le ilumina; “Soy yo, el que habla contigo”.

Empieza el anuncio de que el tiempo ha llegado. Con la figura del campo, la siembra, la siega, el segador y el salario; anuncia que el reino de Dios ha llegado y que él es el mensajero de la salvación. El viene a cumplir la misión que el padre le encomendó; su alimento es hacer la voluntad de su Padre.

Muchos samaritanos que oyeron a Jesús se convirtieron y creyeron en Jesús. Es probable que también ellos tuviesen hambre y sed de la palabra y de la esperanza de una nueva vida. Encontraron en Jesús una nueva luz y alegría de empezar una nueva vida; le reconocieron como “Salvador del mundo”.

Habrá que preguntarnos hoy en día qué clase de hambre y de sed tenemos. Qué significa nuestra fe, recibida en las aguas del bautismo junto con la tarea, la misión de anunciar como la samaritana que Jesús está entre nosotros no solo para saciar la sed física sino para darnos el agua viva capaz de formar un río de agua que brota hasta la vida eterna.

Hay que distinguir bien la oferta de agua del mundo, la mayoría son aguas frescas que solo claman la sed del momento, la emoción pasajera, el sentimiento fugaz, la pasión del instante, la alegría transitoria; son sucedáneos para ocultar la verdadera necesidad y aspiración que están en lo profundo del corazón, en la intimidad del alma, la cual no descansará hasta encontrarse, como dice San Agustín; “Nos creaste Señor para ti y no descansará nuestra alma hasta encontrarse contigo Señor”.

Dios por pura misericordia, sale al encuentro del hombre para ofrecerle la justificación, o más claramente, la salvación. Es un don, una gracia, un regalo que Dios mismo, por amor y misericordia, ofrece por medio de su Hijo.

Así nos lo dice San Pablo en la carta a los Romanos, de este domingo: “Por la fe, pues, hemos sido “hechos justos” y estamos en paz con Dios por medio de Jesucristo, nuestro Señor. Por el hemos tenido acceso a este estado de gracia e incluso hacemos alarde de esperar la misma Gloria de Dios”.

San Pablo entiende que la salvación es una gracia, un don y que en nada hay que gloriarnos del esfuerzo que hagamos para conseguirla; basta la confianza y la aceptación para recibir el don. Pero es bueno saber acoger los regalos y saber agradecerlos.

En el brocal del pozo de la vida Dios llega por medio de su Hijo a darnos el agua de la vida y el alimento de la salvación. Qué bueno sería tener hambre y sed de ese alimento y de esa fresca agua viva para la vida eterna.

Animo; la cuaresma sigue su rumbo y nuestra con ella, vida el suyo. No perdamos la oportunidad de mejorar nuestro camino y de ayudar en el camino de los que nos rodean, porque eso es tanto como dar de beber al sediento y saciar la sed de encontrar la verdadera salvación y la misericordia de nuestro padre que nunca se olvida de ninguno de sus hijos amados.

El padre Javier Gómez es párroco de la Parroquia San Juan de los Lagos, Torreón. Colabora con datos históricos de la Diócesis de Torreón.

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