El bien y el mal juntos hasta el final

Por: Pbro. Javier Gómez O.

CODIPACS.- Esta semana continúan los relatos del reino en parábolas. Inició la semana pasada con la parábola del sembrador y ahora continúa con la parábola del trigo y la cizaña.

Trigo: cereal cultivado desde el origen de la agricultura junto con la cebada y el centeno. En la tierra de Canaán, el trigo era conocido y cultivado desde tiempos antiguos; esto lo atestiguan infinidad de textos bíblicos del A. T. y era un producto básico de la economía palestina. Se cultivaba, según Herodoto. también en otros lugares como Babilonia, en Mesopotamia. También en Egipto que era considerado el granero del Mediterráneo y su mejor grano llegaba hasta Roma. Sabemos que el pueblo cananeo recurrió a Egipto en tiempo de carestía para comprar trigo como narra la historia de José (Gen. 42)

La costumbre Palestina era sembrar el trigo después de las primeras lluvias; en noviembre o diciembre, para cosechar entre abril y junio, dependiendo de la región y de las condiciones climáticas.

El pan de trigo era el alimento ordinario del pueblo, pero también comían los granos tostados, lo cual también facilitaba su transporte como provisión para caminos largos o jornadas de trabajo. Asimismo, comían los granos crudos recién arrancados de la espiga.

La manera de cosechar el trigo era “trillándolo”, es decir pisoteándolo o pasando sobre él o golpeándolo con varas o palos, si era poca cantidad, pero si era mucha se utilizaba la fuerza de animales para pisotearla.

Luego apareció un instrumento llamado “trillo”, un trozo grueso de madera a manera de trineo, con piedras o púas de hierro en la parte inferior que atado a los animales servía para trillar, separando el trigo de la paja, en una superficie nivelada y aplanada para dicho fin llamada “era”

En la parábola que Jesús utiliza; el trigo simboliza a los hijos del reino de Dios, cuyos frutos contrastan claramente con los producidos por la cizaña sembrada por el enemigo junto al trigo bueno.

Cizaña: planta de la familia de las gramíneas que nace y crece entre el trigo y la cebada a los cuales se parece bastante durante la primera etapa de su desarrollo. Los judíos creían que era una especie de trigo degenerado. Sin embargo, bajo estudio y observación más detallada, se clasifica como una planta diferente, cuyas semillas son consideradas venenosas tanto para humanos como para animales herbívoros. Solo las aves son inmunes al veneno de esta planta.

Solamente el ojo experto puede separar a tiempo la cizaña del trigo por su extremo parecido; por lo mismo se dejaba su separación hasta el tiempo de la cosecha cuando se podía identificar plenamente uno de otro.

También se conocen casos de personas que sembraban cizaña apropósito en campos de sus enemigos, ya que el código romano preveía sanciones para esta conducta delictiva. Existía una ley llamada de las doce tablas con la cual, en una de sus cláusulas, se protegía a los agricultores del daño que ocasionaran otras personas intencionalmente en su cosecha. Esta ley obligaba al infractor a resarcir los daños causados pagando una multa equivalente al daño causado en vez de recibir la pena de muerte. Esta ley data del año 451 a.C. y es la base del futuro código de derecho romano. Las doce tablas fueron leyes de la tradición oral que se pusieron por escrito y elaboradas mediante la decisión de un órgano legislativo para protegerse de los abusos de los patricios sobre el pueblo llano.

La finalidad de la parábola que Jesús utiliza para presentar la figura del Reino de los Cielos, para aquellos que se escandalizan al ver el mal presente en todas partes; quiere mostrar que en la tarea de construir el Reino existe buena y mala semilla; trigo y cizaña. Jesús, el Hijo del Hombre, siembra buena semilla, pero el enemigo (demonio) siembra cizaña en el campo junto al trigo. Ambos tendrán que convivir juntos hasta el día de la cosecha que puede identificarse con el fin del mundo y a los ángeles como los segadores, como aparecerá en la explicación que el mismo Jesús hace de la parábola a sus discípulos más delante (Mt. 13,36-43).

Cada vida, cada persona es una semilla buena puesta con mucho cariño por el creador para producir buen fruto y encontrar la belleza de la salvación eterna. Sin embargo, junto a cada semilla buena está la semilla del mal sembrada por el “maligno” y tendrán que acostumbrarse a convivir juntos, tanto en personas como en instituciones, hasta el día en que los segadores tengan que separar el trigo (Buenas obras) de la cizaña (la maldad).

Nótese, como anteriormente se dijo, que el fruto de la cizaña es venenoso para el humano, produce sopor, náuseas, convulsiones e incluso la muerte. En cambio, el trigo es la fuente principal de alimentación de un pueblo.

Dos respeta al hombre en su totalidad y en sus decisiones, sabe que el mal a menudo es más fuerte que sus buenas intenciones. Se necesita tiempo para afirmarse en el bien. Jesús muestra que Dios es paciente, dando a cada uno su oportunidad. Pero además de la paciencia nos enseña el valor de la tolerancia. No es extraño al comportamiento humano, la actitud de intransigencia que se muestra a menudo en los juicios a los errores ajenos y la extrema tolerancia y auto justificación de fallas propias.

Resulta fácil el juicio de errores ajenos y difícil la auto crítica y aceptación de nuestras equivocaciones. El bien y el mal no están sólo fuera de nosotros, sino dentro de cada uno y con el tiempo se van identificando más claramente. No podemos decir que somos trigo puro, limpio y de buena calidad; siempre habrá algo de cizaña en nuestra vida. Dios que es perfectamente justo, no codena ni castiga, sino juzga con moderación y gobierna con paciencia por respeto a la libertad de sus creaturas, juzga con amor. (Sab. 12, 18)

Seguro que nos encontramos a menudo con la tentación de convertirnos en expertos clasificadores de personas “buenas” o “malas”, olvidando lo que Dios nos dice por boca de Jesús en la parábola: Déjenlos que crezcan juntos. Dios conoce el historial de cada persona mejor que cualquier clasificador de cualquier índole.

La tolerancia es una virtud que debemos aprender, sin etiquetar a nadie porque cada uno gozamos de la dignidad de hijos amados del Padre y el respeto a la consciencia de cada uno debe ser inalienable.

El Reino de Dios tiene fuerza para llegar al corazón de cada hombre o mujer de buena voluntad que quiera trabajar en esta obra con el aporte de lo bueno que hay dentro de él.

En tanto, habrá que estar atentos a la inspiración del Espíritu Santo (Rom. 8, 26-27) que viene en nuestra ayuda, aunque no sabemos que pedir ni como pedir, el Espíritu sabrá hacerlo por nosotros, ya que conoce los secretos más íntimos de cada uno y conseguirá lo que es de Dios para nosotros.

San Pablo nos presenta con esto un motivo de confianza; no son los gemidos del mundo creado ni los gemidos propios, sino el espíritu divino que aboga por nosotros con gemidos inefables, es decir que no se pueden expresar con palabras del lenguaje humano, sino conforme a los designios de Dios que puede escudriñar y conocer hasta el fondo del corazón y conceder la esperanza de aquello que el gemido o el propio espíritu desea. En nuestra debilidad suspiramos por la presencia de Dios que nos auxilie y es precisamente su Espíritu el que realiza dicho deseo.

Esto puede también ilustrarnos en el sentido de que nos vemos abrumados en la vida por la “cizaña” y pedimos auxilio. Entonces viene el Espíritu a iluminar el camino y con mucha paciencia en espera final para rescatar los frutos de cada vida que clama y pide la presencia divina en su caminar.

Estamos llamados como bautizados a trabajar en la viña, la mies, el campo del Señor, cuidando de la semilla con paciencia y confiados en la presencia del Espíritu para garantizar el éxito de la labor agrícola espiritual. Procuremos no sembrar cizaña porque nos puede salir contraproducente en el esfuerzo por construir el reino de Dios.

El padre Javier Gómez es párroco de la Parroquia San Juan de los Lagos, Torreón. Colabora con datos históricos de la Diócesis de Torreón.

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