
Por: Pbro. Javier Gómez O.
CODIPACS.- Esta es sin duda, una de las fiestas más solemnes de la Iglesia junto con la celebración de Pascua de Resurrección y la Ascensión.
Sucede precisamente cincuenta días después de pascua, por lo que también se llama cincuentena pascual. Originalmente Pentecostés era una fiesta agrícola del pueblo de Israel, llamada también fiesta de las semanas. Era una fiesta anual campesina que se realizaba siete semanas después de la cosecha y en recuerdo de la pascua que coincidía con la misma fiesta.
En los últimos años del A.T esta fiesta se celebraba para recordar del don de la ley de Moisés en el Sinaí. Esto porque los rabinos tomando el texto de Éxodo 19,1; donde dice que llegaron al Sinaí el tercer mes después de la salida de Egipto.
En tiempos de Jesús la fiesta de pentecostés se celebraba el día 15 del tercer mes; de ahí la relación de ambas celebraciones, donde coincidían tanto la celebración de la entrada del pueblo a la tierra prometida como el agradecimiento por el don de la cosecha, por lo cual era una fiesta de acción de gracias y de grande alegría y júbilo.
El pentecostés cristiano anunciado por Jesús es el acontecimiento de fundación de la Iglesia que asume la presencia y el papel de Jesús en el mundo y en la historia.
El evangelista San Juan nos dice que el nacimiento de la Iglesia fue en pentecostés y gracias a la efusión del Espíritu Santo. A partir del día de pentecostés, el Espíritu Santo actuó en la Iglesia de una manera nueva. Los discípulos tendrán toda la razón y la fuerza para sentir la presencia del resucitado y ser sus testigos como nueva comunidad. (Jn.15, 26- 16, 15)
La narración bíblica del origen del hombre es muy significativa al respecto. Dios creó al hombre de barro, de arcilla roja, de buena tierra (“Adamáh”) De ahí el nombre de Adán. Se dice en lenguaje coloquial que el ser humano es de barro y en cualquier momento se puede desmoronar y quedar reducido al polvo de donde fue modelado.
Pero si fuésemos solo de barro; ¿entenderíamos, sentiríamos conoceríamos?, en fin, viviríamos de la misma manera que lo hacemos al saber que el barro del cual estamos hechos lleva en su interior un aliento que lo hace vivir; el “soplo divino”, el Espíritu de Dios.
Somos, por decirlo así; vasijas de barro con un gran tesoro dentro. Habrá que cuidar el tesoro más que la vasija; aunque también, pero el barro tarde o temprano regresará al lugar de donde se tomó; y el tesoro que es el Espíritu, retornará al lugar de donde salió.
Los hebreos le llamaban “Rúaj”, viento, soplo, aliento, respiración; que se tradujo en los LXX, por “Pneuma” y luego al latín, en la Vulgata, por “Spiritus” que a semejanza del viento y la respiración es invisible, pero mantiene con vida a las creaturas.
Rúaj es la fuerza que sostiene y anima el cuerpo tanto de hombres como de animales. En la sagrada escritura cuando se refiere a la naturaleza lo hace en referencia al viento o brisa natural pero cuando se refiere al hombre, designa el aspecto vital, esencial de la persona, es decir su espíritu, su alma y a nivel psicológico se refiere a los sentimientos y emociones y en todo caso, el centro donde se identifica, es el corazón como motor o generador de este espíritu.
Jesús en el evangelio utiliza la imagen sensible del viento (Pneuma) para enseñar a Nicodemo la novedad trascendente de la regeneración espiritual mediante el soplo personal de Dios (Jn. 3,5-8). El aliento es invisible pero no se pierde, sino que regresa al lugar de donde surgió… a Dios.
El hombre de barro; “Carne y sangre”, recibe el aliento de Dios que es la vida. La Iglesia está constituida por infinidad de piezas de barro que reciben el aliento divino y de esa manera se constituye en una nueva creación. Una Iglesia viva.
Jesús sopla sobre los discípulos diciéndoles “reciban al Espíritu Santo”. Sin el espíritu de Jesús, la Iglesia sería solo barro, incapaz de sentir, creer y trasmitir vida al mundo. Por ello la importancia de Pentecostés, la vida y presencia de Cristo en el mundo a través de su Iglesia.
El relato evangélico de este domingo nos cuenta que los discípulos se encontraban reunidos a puerta cerrada por temor a los judíos.
La ausencia de Jesús ha calado en el ánimo de ellos; les hace falta, no saben qué hacer, lo único que les queda es refugiarse en una casa y encerrarse. Solo se miran unos a otros con más interrogantes que respuestas y el temor se va apoderando de ellos, el cerrojo de la puerta es su única seguridad. Terrible escena; un gran vacío está en sus vidas; les falta el Espíritu de Jesús.
La situación cambia radicalmente ante el saludo de Jesús: “La paz esté con ustedes”. Su rostro cambió, se iluminó con la alegría ante las palabras de Jesús. El primer deseo es la paz, ningún reproche ninguna queja. Dos veces les desea paz y alegría. Son disposiciones interiores básicas para recibir al Espíritu Santo, el cual les fue entregado por el mismo soplo de Jesús.
Todo esto tiene una intención que no es solamente el gozo de su presencia, sino la realización de una tarea, una misión como la del mismo Cristo.
Las heridas de las manos y el costado son un recordatorio de lo que el Maestro realizó. Así como el Padre me envió, así también los envío Yo.
Enviados a humanizar el mundo, curando heridas, perdonando los pecados, sanando los corazones, animando a los hermanos, construyendo comunión y bautizando a todos los que quieren participar en el proyecto del reino de Dios.
El espíritu de Jesús solo necesita del barro humano para iniciar con su presencia la transformación del mundo y de las personas que lo habitamos. Vasijas de barro llenas con el espíritu de Jesús, e inspirados con su presencia y motivados a construir comunidad, es decir Iglesia.
La efusión del Espíritu en pentecostés está acompañada de signos divinos propios de las “teofanías” (manifestaciones de Dios); tanto el viento como el fuego son en la sagrada escritura signos de la manifestación divina; por ello aparecen los milagros en y por medio de los apóstoles.
Vasijas de barro llenas del Espíritu que actúan y se dejan modelar para hablar en nombre del mismo espíritu que los acompaña. El milagro de hablar en diversas lenguas, gracias a la presencia del Espíritu, son signo de la universalidad del evangelio; “hasta los confines de la tierra”, según la promesa de Jesús.
Los signos que acompañan las manifestaciones divinas llevan una idea y un mensaje significativos.
Viento es lo mismo que aliento, aire y representa la divinidad en su espíritu (Ruaj, Pneuma, Spiritus).
Fuego (hebreo: “esh”, griego: “pyr”, latín: “ignis”) elemento de la naturaleza utilizado en muchas culturas antiguas para significar la presencia de la divinidad.
En el A.T Yahvé se presenta ante Moisés en el fuego (Ex. 3,2).
La lengua representa el modo particular de comunicación, expresa lo que hay en el corazón o en el interior de una persona (En hebreo: “lashón” griego:” glossa”, latín: “lingua”). Lenguas de fuego se posaron sobre la cabeza de los discípulos; así el espíritu de Dios es el que habla por medio de ellos.
El don de lenguas es la capacidad de hablar y de escuchar, de escuchar y hablar, según el espíritu lo induce.
San Pablo nos dice en la 1ª carta a los Corintios, que los verdaderos carismas o dones, son un signo de la presencia del Espíritu; hay diversidad de carismas, de servicios o funciones, pero todos adquieren unidad tanto en su origen, el Espíritu de Dios, como en su finalidad que es el bien común, mediante la edificación de la comunidad. Utilizando la comparación del cuerpo humano, nos enseña el valor de la unidad y la importancia de cada miembro tanto del cuerpo humano, como del cuerpo de Cristo que es la Iglesia.
Es por ello que la celebración de pentecostés nos invita ahora a disponer nuestro corazón y nuestra mente a las inspiraciones del espíritu de Dios para convertirnos en instrumentos de su presencia, de su palabra y de su amor a todos, poniendo lo mejor de nosotros al servicio de la comunidad; de la Iglesia.
Recordemos que la lengua habla de la abundancia de sentimientos, pensamientos y emociones que se encuentran dentro de nosotros. Según el espíritu que haya, serán las manifestaciones en la vida cotidiana.
“Ven Espíritu Santo y llena el corazón de tus fieles, y enciende en ellos el fuego de tu amor”. Vasijas de barro inundadas del Espíritu Santo para renovar la faz de la tierra.
El padre Javier Gómez es párroco de la Parroquia San Juan de los Lagos, Torreón. Colabora con datos históricos de la Diócesis de Torreón.