El temor también tiene fecha de caducidad

Por: Pbro. Javier Gómez O.

CODIPACS.- Leí en cierta ocasión un chiste que me llamó la atención sobre la fe y el temor: Un hombre paseaba por el campo cerca de un precipicio, iba concentrado en su meditación sobre si creía o no en Dios; de pronto en un descuido, no observó por donde caminaba y se cayó al precipicio y en la caída logró asirse de la rama de un árbol; así colgado mirando hacia el precipicio, luego hacia arriba y a todos lados, y empezó a gritar:

¿Hay alguien ahí?, ¿hay alguien ahí? Pero nadie contestaba a su queja, solo se escuchaba el eco de su propia voz… ¿hay alguien ahí?

De pronto en todo el valle se escuchó una voz clara y serena que le decía:

Sí, soy Yo, tu Dios, no temas, suéltate, déjate caer.

El hombre mirando al precipicio, pensó unos segundos y dijo: Está bien, pero…¡¡¡ ¿Hay alguien más?!!!

En algún momento de nuestra vida, el miedo se ha apoderado de nosotros en diferentes momentos o por diferentes actividades que realizamos de manera justa o injusta, correcta o equivocada, por ventajas o desventajas, por desilusiones o fracasos; como sea experimentamos y sabemos que el miedo existe y acompaña la vida de las personas. Es una reacción afectiva ante la amenaza de algún mal, físico, psicológico o espiritual.

Cuando nos sentimos amenazados recurrimos a alguna protección ya sea física o espiritual. El profeta Jeremías nos ilustra al respecto en la primera lectura; le abruma el temor de los rumores, de la denuncia, del desquite, aunque injusto y equivocado.

Por tanto, se refugia en Yahvé, con la confianza de que Él será su protector y ganará la batalla. Sus enemigos en cambio caerán en el fracaso y la humillación porque a los ojos de Yahvé, nada escapa porque conoce las conciencias y corazones de todos. El profeta sabe que Dios le ha elegido para una misión, y que le protegerá para que pueda cumplir tranquilamente con su tarea.

El temor es pues, un sentimiento de aversión a cualquier forma de agresión, y el miedo también puede manifestarse hacia lo físico o espiritual.

En la sagrada escritura, cuando habla del “temor” (Heb. Yireah) se aplica en muchos textos al “temor de Dios, que tiene que ver con el temor a la desobediencia, como el caso de Adán: “tuve miedo y me escondí” (Gen. 3, 10). Porque el temor tiene mucho que ver con lo equivocado, lo erróneo, es decir con el pecado que lleva a la pérdida del trato confiado, y amistoso con la persona a la cual se afectó. Es el temor que se manifiesta hacia el ser superior, mostrando la fragilidad y limitación humanas, que conlleva hacia al desenlace final y fatal de la muerte.

El punto de partida del temor del primer hombre es la desobediencia, el pecado, por el cual llegó la muerte para toda la humanidad. La muerte aparece solidaria con la desobediencia de Adán y por lo mismo solidaria con las consecuencias de la misma. Así lo hace saber Pablo en la carta a los Romanos

La solidaridad de Cristo con la humanidad rompe con la dinámica del pecado y de su consecuencia que es la muerte. Jesús nos ayuda a romper también con el temor y el miedo a la consecuencia del pecado.

La revelación bíblica nos pone a Dios como padre protector y defensor con la frase “No temas, Abraham, yo soy tu escudo” (Gen. 15,1) “No temas Agar, Dios ha escuchado la voz de tu hijo y el lugar donde está” (Gen. 21, 17) “José, no temas en recibir a María tu esposa” (Mt.1, 20) “No temas Zacarías, tu oración ha sido escuchada” (Lc. 1, 13).

Dios toma la iniciativa de despejar el temor paralizante de su pueblo y de sus elegidos.

El temor de hacer lo malo o de errar en lo esencial, está muy cerca del amor por hacer lo bueno y cuando logramos hacer lo bueno; cambia el sentimiento de temor por sentimiento de alegría, satisfacción y paz; en cambio el mal hace prevalecer el sentimiento de temor que oculta siempre lo contrario del bien.

No debemos confundir el “Don de temor de Dios” con el miedo a su ser, a temer las represalias o castigo que nos imaginamos merecer por nuestros pecados. El don de temor de Dios es más bien temor de perder su amistad y su amor por nosotros; de ahí que cuando Jesús dice a sus discípulos “Teman a Dios”, se refiere a respetarlo y amarlo como “Padre”, porque Él cuida de todos, hasta de un insignificante pajarillo que apenas vale lo equivalente a seis centavos de un peso; ¿no se preocupará más por sus hijos?

La confianza elimina los miedos y el temor, dando cercanía y respeto por quien desea nuestro bien. Dar testimonio de Cristo y de su palabra, es dar la cara por Él, es reconocerlo ante quien sea y en las circunstancias que sean.

Se dice que el máximo testimonio que podemos dar de Cristo es el “martirio”, dar la “vida” que es el don más preciado que tenemos, pero con la confianza de recuperarla para la vida eterna.

El Padre Basilio Caballero en sus lecturas, meditación y anuncio, en las fuentes de la palabra, nos dice que el miedo hoy puede tomar distintas facetas, como el “miedo religioso”. En un ambiente social poco favorable a la fe e incluso adverso; no faltan, dice, cristianos miedosos y vergonzantes que lo disfrazan, por ejemplo, en el silencio cauteloso; o apatía silenciosa. Puede ser también la faceta de preocupación abierta de intereses personales o grupales; o de búsqueda de prestigio o reconocimiento.

Con el miedo en los talones no se puede servir al reino de Dios, ni construir nada positivo para él.

El cristiano, como el oro en el crisol, es puesto a prueba constantemente frente a las posturas o criterios del mundo, en asuntos que tienen que ver con: “el amor, la familia, la pareja, el matrimonio, el sexo, el divorcio, la educación, el aborto, la libertad, los derechos humanos, la ética, la salud, la política etc. Cualquiera de estos asuntos encierra muchos miedos y temores.

“Quién me reconozca…” dice Jesús, significa sacar el valor, el coraje para dar razón de nuestra fe, no solo en el fuero interno, sino en las expresiones externas: disintiendo, confesando, denunciando, aún a costa de perder posición, popularidad, intereses económicos, amistades etc. Estas son formas de martirio o de testimonio cristiano.

El discípulo se arriesga porque confía en el “Maestro” y sabe que la enseñanza indica que todo saldrá bien. El miedo a que nos ridiculicen o señalen con el dedo, a que nos desprecien o nos aíslen, puede paralizarnos ante la responsabilidad de la evangelización y el testimonio de Cristo.

El Maestro sólo pide ayuda a los aprendices, a los discípulos que quieran servir en esa tarea y además dirá como nos presenta el final del evangelio de Marcos: “Vayan a bautizar, a consagrar y a enseñar” (Mt. 28, 19-20) y yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo. Así que no hay que tener miedo porque Él estará con sus amigos y elegidos hasta el final.

El rechazo del evangelio no solo proviene de estructuras sociales de poder establecidas, que se sienten incómodas con la palabra profética y la fidelidad evangélica, sino que puede provenir también del pueblo “llano” por la falsa imagen que la comunidad eclesial, o los pastores, ofrecemos, con frecuencia de Dios, de Cristo y de su mensaje.

Seguramente tenemos frente a nosotros un gran reto: “Aprender a confiar en Cristo”, sabiendo que valemos y somos más que un pequeño gorrión. Cristo va cerca de nosotros en todas las vicisitudes de la vida.

Aprender a confiar es aprender a mantenerse “firme” (Heb. arakh = prolongar, mantener, permanecer) Es la virtud de la paciencia que también es una forma concreta de bondad, de buena disposición para ayudar en los momentos de mayor necesidad. Es una muestra de la caridad a la que Jesús invita en su evangelio.

Dios mismo se muestra paciente y misericordioso (Ex. 34, 6) y Jesús nos invita a permanecer y estar de su parte para dar abundante y buen fruto (Jn. 15, 5-6)

Nuestro testimonio ante las adversidades requiere de mucha paciencia y determinación. Pidamos a Dios nuestro Padre y a Jesús nuestro Maestro, la gracia de ser auténticos testigos de su evangelio y audaces defensores de la fe.

El padre Javier Gómez es párroco de la Parroquia San Juan de los Lagos, Torreón. Colabora con datos históricos de la Diócesis de Torreón.

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