El valor de la libertad y la voluntad

Por: Pbro. Javier Gómez O.

CODIPACS.- Es algo común en la naturaleza humana el buscar culpables de situaciones críticas, de nuestras actitudes, eludir las consecuencias de nuestras equivocaciones, el restarle importancia o negar una acción negativa.

El libro del eclesiástico también llamado Sirácida, debido a su autor; Jesús hijo de Sirá; nos muestra la importancia del ejercicio de la libertad y el derecho de la voluntad para obrar de acuerdo a lo deseado. Cada persona tiene la libertad para elegir la “vida”, obedeciendo los mandamientos de Dios o la “muerte”, negándose a obedecer.

Dios respeta las decisiones de cada individuo, así como sus consecuencias. “a nadie le ha dado permiso de pecar”. Le ha dado cierto dominio sobre sus actos; y el ejercicio limitado de estos, se expresa en el ejercicio y cumplimiento de los mandamientos de Dios. Si no quiere cumplirlos, no es defecto de la voluntad, sino de la capacidad que tiene de ir en contra del mismo Dios, que obra por medio de la voluntad humana, no aparte de ella; atrae, pero no fuerza; llama, sin obligar.

El pecado nubla la visión y separa de Dios, pero no anula la libertad y por lo mismo tampoco la responsabilidad. Aunque Dios quiere la salvación del hombre, no pasa por encima de él y de sus decisiones. Dios quiere la adhesión de la voluntad a su palabra revelada y a sus mandamientos; a esto le llamamos “fe”. Por ello se dice que la fe “salva”, da vida. Esto es lo que trata de presentar la sabiduría del libro de Sirac.

San Pablo por su parte habla de otra sabiduría, no de este mundo, sino la sabiduría divina, en su plan secreto para la salvación. Habla en el contexto de la especulación de algunos cristianos sobre el verdadero conocimiento; algunos creían que tenían “sabiduría”, que les hacía mejores que otros, los que estaban interesados solamente en lo corporal. Otros en cambio, se sentían “perfectos”, espirituales y gustaban de la elocuencia. San Pablo les dice que no hay distinción entre los creyentes, no hay conocimiento reservado a unos pocos escogidos. La verdadera sabiduría está en Dios y en lo que ha preparado para los que le aman.

Esta sabiduría ni siquiera es conocida por las “cabezas de este mundo”, es decir el poder político, económico y religioso; los autores de la crucifixión de Cristo; aunque ellos no son más que los autores materiales; detrás de ellos hay un enemigo mayor al que Pablo se refiere: Los poderes ocultos y demoníacos que destruyen la naturaleza humana y la vida común. Dios nos revela mediante su Espíritu, la verdadera sabiduría con la cual entendemos lo que nos ha regalado.

En nuestra vida actual, no es la excepción, el que confundamos de pronto, la sabiduría con la acumulación de conocimientos de las ciencias, las artes o los oficios distintos conocidos y la habilidad para realizarlos. A esto último bien podríamos llamarle cultura general, erudición o nivel educativo.

Sabiduría en cambio se refiere al conocimiento y vivencia de lo divino para guiar la conducta; la mente y el alma a lo que Dios quiere de cada uno para encontrar la salvación eterna.

Igual, a los ojos de Dios, el erudito no es más que el inculto, pero el que escucha su voluntad, conoce sus mandamientos y los cumple, es mucho más sabio y entendido que el que confía en su propia erudición o cultura humana, con las cuales quedará sepultado para siempre.

Regresemos al ejemplo de la actitud de los sumos sacerdotes y escribas en tiempos de Jesús que consideraban que lo más sabio e importante era el conocimiento de la ley en sus múltiples normativas y aplicaciones que ellos habían fabricado para el pueblo inculto y oprimido que solo podía sumarse al cumplimiento de tales leyes por imposición e ignorancia.

El evangelista San Mateo nos presente en labios de Jesús la sabia presentación de una nueva ley, una ley perfecta. La ley de Moisés no consiste solamente en los mandamientos, sino que incluyen las declaraciones de Dios que han hecho de Israel su pueblo elegido, llamado a cumplir una misión en el mundo y es eso precisamente lo que Jesús quiere renovar; la misión salvífica universal que Dios quiere realizar por medio de ellos.

Jesús dice que no vino a romper con la ley, a cambiarla, sino a darle plenitud; Él está de acuerdo con la ley, pero no con el rumbo, la orientación y enseñanza que habían hecho de ella los fariseos y sus seiscientos trece preceptos sacados del decálogo. La ley seguirá mientras dure el cielo y la tierra, pero lo importante es el cumplimiento, su enseñanza y el espíritu de la misma, en función de los más pequeños. La justicia debe ser mayor para que el premio también lo sea.

En los siguientes versículos parece que Jesús está en contraposición con la enseñanza de los fariseos y propone una manera distinta de enseñar la ley que fue dada por Dios a los antepasados. “Han oído que se dijo”; es Dios el que habla y deja la ley a su pueblo; Ahora Jesús se pone como Maestro para elevar el sentido de la ley; “pero yo les digo”.

Primero; quien mate, paga las consecuencias con un juicio y su castigo; Jesús va más allá; la “ira” es un modo de agravio al hermano y para poder acercarse a Dios y agradarle en sus leyes hay que quitar las ofensas al hermano. “Hazte amigo de tu enemigo” y se acabó el problema. Muy sabia sentencia de Jesús en su tiempo y también al día de hoy.

Segundo; “Han oído que se dijo a los antiguos, no cometerás adulterio”. Podríamos decir que en el texto se refiere al adúltero, que al ser descubierto, será procesado, Jesús profundiza sobre esta perspectiva: “Quien mire con malsano deseo a una mujer…” y pasa del nivel de la acción a la intención que lleva una fuerte carga de “lujuria” y es un camino seguro hacia el adulterio que es un asunto que atenta contra la justicia y por lo tanto contra Dios.

Tercero: el divorcio que está en relación directa con la anterior tesis. Jesús citando la escritura habla de la manera como se realizaba el divorcio entre los judíos; despido con certificado a la mujer y enviada a casa de sus padres, si los tenía, y si no a vagar y sufrir. Elevar el principio es agradable a Dios: quien se divorcia de su mujer, salvo en caso de que sea unión ilegítima, o porque fuese una relación incestuosa, en la cual no hay matrimonio válido y por lo tanto no requiere de divorcio. En un matrimonio válido expone a la mujer al adulterio y el varón que se casa con la divorciada comete adulterio.

Recordemos que la ley judía inicialmente imponía la pena de muerte, por lapidación, a la mujer adúltera. Las escuelas de los rabinos enseñaban: “Shammai”: Un hombre no puede divorciarse de su mujer, a no ser que encuentre en ella algo “indecente”… “Hillel” dice: Puede divorciarse de ella incluso por haberle echado a perder un guiso, pues está escrito, “porque haya encontrado en ella indecencia en algún asunto”… “Rabí Akiba” dice: incluso si encontrase una más guapa que ella, pues está escrito; “si no encuentra gracia a sus ojos”.

No se puede negar que en la declaración de Jesús se ve una elevada doctrina sobre el matrimonio, la indisolubilidad, la fidelidad y la castidad. La visión del matrimonio como alianza de amor personal de los esposos signo de la alianza de Dios con su pueblo.

Grande y sabia enseñanza que no siempre encaja con los caprichos del corazón humano que frecuentemente se cierra al Espíritu de Dios para aferrarse al conocimiento del mundo.

Cuarto; “sobre los juramentos”; Jesús es claro en esta tesis; no jurar de ninguna manera; porque si juras tienes que cumplir. Los pretextos para nombrar a Dios; el cielo, la tierra, Jerusalén, la cabeza; son recursos que el evangelista pone en labios de Jesús para mostrar que Dios es el autor de todas las cosas y de las personas y de él dependen.

Luego viene la enseñanza; decir sí o no, una respuesta simple, sencilla y franca contra la trivialidad sofisticada de la enseñanza y de la vida de los fariseos. Decir sí, es cumplir los mandamientos de Dios en lo más sencillo de la vida; amando a Dios y sirviendo al hermano necesitado. Decir no, es rechazar aquello que nos aparta del Señor y de su voluntad: No jurar, no matar, no robar… esto es la verdadera sabiduría que viene de Dios y nos conduce mediante su Espíritu a la vida eterna. La verdadera sabiduría está en ser felices cumpliendo la voluntad de Dios y sus mandatos.

El padre Javier Gómez es párroco de la Parroquia San Juan de los Lagos, Torreón.

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