Institución de la Eucaristía (La Cena del Señor)

Por: Pbro. Javier Gómez O.

CODIPACAS.- Estamos ahora en la entrada de lo que la liturgia cristiana llama “triduo sagrado”, tres días solemnes en el marco de la pascua de Jesucristo; la cual nos remonta a la pascua judía, previa a la liberación de la esclavitud egipcia.

La tradición cristiana nos propone para este día dos celebraciones especiales. Por la mañana la celebración de la institución del sacerdocio, en lo que llamamos la “misa crismal”, y por la tarde la celebración de la institución de la Eucaristía.

El libro del éxodo nos presenta la preparación del pueblo de Israel para su salida de Egipto. El Señor prepara al pueblo mediante el rito de la pascua; “pésaj” = paso; poniendo las normas de dicho ritual mediante la cena de un cordero o cabrito, sin mancha, sin defecto, macho, de un año; lo comerán por familia sin que quede nada, pero antes mancharán las dos jambas de la puerta de la casa donde se comerá el cordero.

Lo comerán con la cintura ceñida, sandalias en los pies, bastón en la mano y a toda prisa, porque es el paso del Señor. Cuando el Señor pase por la casa donde esté manchada con sangre, no morirán los primogénitos, pero donde no haya sangre morirán todos los primogénitos.

La fiesta de pascua era la primera de tres fiestas anuales que todo varón israelita debía observar devotamente en el templo. Antes de bajar a Egipto, los israelitas que peregrinaban con sus rebaños, celebraban cada año una fiesta que llamaban “ la pascua del cordero”, el cual sacrificaban en la primera luna de primavera y antes de las migraciones mataban un cordero, no sin antes guardarlo en la tienda para que se identificara con la familia y cargara sobre sí todas las malas suertes, malos espíritus, virus y enfermedades, luego con su sangre rociaban toda la tienda de campaña para alejar los espíritus de la muerte que acechaban a personas y ganados.

En la antigüedad bíblica todos los primogénitos (Heb. Bekhor = primer nacido; Gr. Prototokos), de los hombres o ganados eran ofrecidos a Dios, pues le correspondían como derecho (Ex. 34,19-20). Los primogénitos de los ganados se ofrecen en sacrificio a Dios y los primogénitos de los hombres, se rescatan; llevados al templo y ofreciendo por su rescate una cantidad determinada; 5 siclos de plata según el siclo del santuario (Núm. 18,16) La ley de Moisés en tiempos de Jesús había permitido el rescate de los primogénitos por un cordero, un par de tórtolas o dos pichones, presentando al primogénito en el templo para su rescate. (Lc. 2,22). Abraham, rescató a su primogénito mediante un carnero enredado por los cuernos en el monte Moria, el cual sacrificó en el altar que había preparado para el sacrificio de su hijo. (Gen. 22,12-14).

Hasta el día de hoy el monte Moria, tiene especial significación para los judíos ya que es el lugar del sacrificio y del rescate de los primogénitos y el lugar donde estuvo edificado el  templo de Jerusalén, donde acudía el pueblo en procesión, para todas sus fiestas solemnes y celebraciones rituales.

Los Levitas eran los responsables de ejecutar los rescates ya que ellos ocupaban dentro del pueblo elegido, el lugar de los primogénitos, eran los elegidos para el cuidado del templo y del culto. (Núm. 3, 11-12), después de la liberación y rescate del pueblo de Israel en Egipto. Esta conmemoración de la salida del pueblo de Egipto es el acontecimiento fundamental de la historia Israelita.

Antes, como en tiempos de Jesús y aún hoy; los judíos hacen la celebración del rescate de los primogénitos, llevando a su hijo a los 31 días de nacido ante el sacerdote el cual primeramente recibe el niño como ofrenda y derecho de Dios; luego recibe en dinero o en especie la cantidad establecida por el rescate; ahora son unas monedas, de manera simbólica. Luego de recibir el rescate entrega al niño a sus padres y luego teniendo las monedas en su mano, las sostiene sobre la cabeza del niño diciendo: “Esto por este, esto a cabio de este, esto en perdón de este; y que el hijo entre en la vida, a la Torá y al temor del cielo”.

Unida a la fiesta de la pascua se fusionó la fiesta de los panes ácimos que era también rito de primavera, pero de carácter agrícola que fue adoptado por los hebreos en Canaán (Lev.23, 10) y ofrecidos a Dios según la legislación de las primicias.

La primera gavilla de cebada o trigo era llevada al sacerdote para ofrecerla a Dios en el templo y culminaba con la fiesta de las semanas que era, cincuenta días después de la cosecha; de ahí el nombre de pentecostés.

Los ácimos es el pan que se comía sin levadura por no haber levadura nueva, ya que no podían combinar la levadura del año anterior con la nueva harina, lo cual significaba combinar los malos espíritus; así que durante la fermentación de la nueva levadura (siete días) comían el pan sin levadura.

Con la conquista de la tierra prometida, después del éxodo, los Israelitas seguramente unificaron la fiesta de los ácimos con la fiesta de pascua.

Esta pascua judía, nos recuerda que los cristianos celebramos la “Pascua Cristiana”, que tiene mucha similitud con los signos y contenidos. Cristo se nos presenta como “El cordero de Dios”, que quita toda mancha de pecado. Que nos rescata de la muerte, lavándonos con su sangre. Cristo es el primogénito, sin defecto, sin mancha que asume la responsabilidad del rescate; se ofrece como cordero para rescatar a los hijos de Dios elegidos en el bautismo.

El memorial de la pascua cristiana culmina con la celebración de la fiesta pascual que llamamos “Eucaristía”, donde comemos el nuevo cordero pascual, el que quita el pecado del mundo, y comemos el pan ácimo que es su cuerpo inmolado por nosotros junto con la sangre derramada para lavarnos y purificarnos de todo mal, enfermedad, virus, dolencia y muerte.

El testimonio de Pablo en la carta a los Corintios en este jueves nos recuerda particularmente el mandato de Jesús de conmemorar esta pascua, el modo, la forma y las palabras para hacer presente la salvación realizada por el cordero de Dios. Es una nueva alianza de Dios sellada con la sangre del cordero, que es su propio hijo, el cual, asumiendo libremente esta “Misión”, nos invita, mediante la institución del “Memorial” de su pasión (eucaristía) no solo a recordar, sino a vivir y revivir el momento pascual por excelencia que es la salvación.

En el evangelio de san Juan de este día santo, muestra otro gesto importante que Jesús nos presenta para conmemorar la pascua cristiana. Es la actitud de servicio que los creyentes debemos hacer imitando los gestos del maestro servidor. Lavar los pies de los discípulos, por parte del “maestro”, es enseñar a los alumnos la manera cómo han de tratarse en la vida cotidiana de un creyente. Es tanto como realizar pascuas cotidianas, purificaciones constantes, rescates de hermanos, salvaciones frecuentes, conversiones y muestras de fe todos los días.

Jesús realiza su obra de salvación, pero antes muestra el amor por sus discípulos y la invitación para que hagan lo mismo; porque ahí está la verdadera felicidad. Creer y aceptar a Jesús como el cordero pascual que vino a rescatarnos de la muerte eterna, es y seguirá siendo el misterio de nuestra fe hasta el último momento de nuestra existencia.

La humanidad ha perdido, en gran medida, el sentido de la fe en Cristo y en su obra salvadora. Por tanto, se vive sin esta inspiración y convicción de que juntos como hermanos es cómo podemos transformar el mundo deshumanizado en uno mejor y más fraterno, colaborando como familia, como iglesia en esta tarea de amor y servicio que el “maestro” enseña, ayer, hoy y siempre a los alumnos, discípulos y creyentes que seguimos caminando junto a los embates y acechanzas del mal, del pecado, de la enfermedad y la muerte.

Vivamos esta pascua con fe y esperanza, tratando de hacer nuestras las palabras de maestro; “Si no te lavo no tienes parte conmigo”; si no servimos a los demás no tenemos parte con el verdadero servidor y salvador del mundo.

Iniciemos la pascua cristiana. Recorramos el camino hasta la resurrección y la vida. Tenemos una buena oportunidad aprovechando el tiempo y la cercanía en familia que nos ofrece este tiempo especial. Ojalá podamos reflexionar sobre estos misterios que nos dieron vida y que nos permitan ejercerla de manera responsable a través del servicio y el amor al prójimo.

Nos recordaba el Papa francisco las palabras de la Madre Teresa de Calcuta: “El que no vive para servir, no sirve para vivir”. Valoremos la importancia de realizar nuestras tareas cotidianas, ya sean profesionales o no, con una actitud de verdadero servicio a quien requiere de ello.

Toda la vida y sus actividades deben estar inspiradas por la caridad y la mejor manera de recordarlo es celebrando la pascua cristiana cada domingo y alimentándonos con el cuerpo y la sangre del cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

El padre Javier Gómez es párroco de la Parroquia San Juan de los Lagos, Torreón. Colabora con datos históricos de la Diócesis de Torreón.

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