Jesús, cordero que purifica

Por: Pbro. Fco. Javier Gómez

CODIPACS.- En el libro del profeta Isaías, los capítulos del 40 al 55 forman parte de lo que se conoce como el segundo libro o deutero- Isaías. Al inicio del capítulo 49, el texto nos habla de la restauración de Israel a quien llama “siervo” para darse a conocer a las demás naciones.

Incluye a todos los israelitas que son creyentes, un pequeño grupo, tal vez los discípulos del profeta, cuya misión sería dirigirse a los pecadores de la comunidad israelita; tal vez el mismo profeta es el indicado para este trabajo, puesto que el versículo 3 dice claramente “y me dijo”, en primera persona, eres mi siervo… te convertiré en luz de las naciones.

No es poca cosa lo que el Señor le encomienda; tendrá que poner todo su empeño para que como servidor pueda llevar la salvación de Dios a todos los rincones de la tierra.

El siervo ha de aprender y entender que su única esperanza, su recompensa y su fuerza es Yahvé. Lo ha elegido para la misión de anunciar como profeta la libertad y el restablecimiento de las tribus de Jacob (12 tribus de Israel) y regresarlos a sus lugares de origen; más aún, el profeta por su parte se convertirá en una luz para las naciones; es decir mostrar el camino de retorno de los exiliados, lo cual se convertirá en la salvación hasta el último extremo de la tierra.  

Tratando de actualizar la situación de exilio del pueblo de Israel y sus expectativas, podemos imaginar de otra manera, por supuesto, lo que vivimos en nuestro querido México.

Hoy en día, muchos de nuestros hermanos migrantes, que salieron de su tierra buscando mejores oportunidades, son testigos de lo difícil que es vivir fuera de la tierra que los vio nacer, de sus familiares, amigos, usos, costumbres y tradiciones; el tener que acostumbrarse a otra cultura lengua y modo particular de ser y de vivir.

Muchos de los migrantes son testigos por varios años y hasta décadas de las promesas de seguridad, salud, mejores salarios y prestaciones que les han ofrecido durante las campañas políticas para favorecer o inclinar la preferencia de determinado partido. Deciden salir en busca de mejores oportunidades, no por gusto sino por necesidad.

Unos han valorado el trabajo de los migrantes y otros lo han menospreciado y hasta combatido.

Sin embargo, nuestros compatriotas viven con la esperanza inicial de una vida mejor y más digna y ahí siguen esperando el momento de su reivindicación. Muchos de ellos, junto con sus familias, con la esperanza de un futuro mejor y más promisorio.

Otros a su manera, apoyando a sus familias económicamente y viviendo a distancia, aprendiendo novedades y compartiendo muchas de las tradiciones y costumbres que recibieron desde su infancia.

A la distancia también reciben el apoyo de sus familiares y connacionales para seguir adelante y no desesperarse ante las dificultades que les plantea el desarraigo y la lejanía.

El saludo del Apóstol Pablo a la comunidad de Corinto, una de las tantas que fundó en sus viajes misioneros; les recuerda que ellos no son los únicos; que hay otros hermanos creyentes igual que ellos, en otros lugares y de la misma manera han sido llamados y santificados por Cristo para ser sus testigos y cumplir con la misión de extender su reino.

Hay que anotarnos no solo con el saludo de Pablo a nuestras comunidades cristianas sino con el llamado a convertirnos en foco, en luz, que ilumine, mediante la fe y la esperanza de la vida eterna, otras vidas también necesitadas de luz y de salvación.

¿Realmente creemos en Dios; en el Dios de Jesucristo? ¿Creemos en el Padre que le envió a salvar a la humanidad? Y si creemos, ¿estamos dispuestos a trasmitir el mensaje de manera creíble para los demás, a dar testimonio de nuestra fe?

El evangelista San Juan nos presenta al autor de luz y de salvación a quien en boca de Juan el Bautista llama “El cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo”.

Jesús como cordero, probablemente representa la fusión de la primitiva iglesia cristiana con dos imágenes: “la del Siervo sufriente que es llevado como oveja al matadero” (Is. 52,13-53, 12), y en segundo lugar la muerte de Jesús en sustitución del cordero pascual.

La tradición bíblica del A.T, recuerda que el cordero pascual debía ser sin defecto, macho, de un año de edad. (Ex. 12,5) Lo sacrificaban en la primera luna de la primavera, lo comían asado y con yerbas amargas. Con la sangre del animal se rociaba las tiendas de campaña para alejar los malos espíritus, y la sombra de la muerte.

Por su mansedumbre e inocencia era el animal predilecto para los sacrificios de ofrenda a Dios; uno por la mañana y otro por la tarde (Ex. 29, 38-41)

La tradición cristiana ve en Jesús al cordero sin mancha, que quitó el pecado del mundo. El cordero inocente, sin pecado ni defecto, llevado al matadero como sacrificio único para la salvación de todos los hombres.

En segundo lugar, el Bautista da testimonio de que Jesús es el elegido, ungido con el Espíritu Santo, para bautizar, para lavar con fuego y sangre, para purificar y dar vida. Pero a diferencia del bautismo de Juan que era ritual y externo para el arrepentimiento y el perdón de los pecados; el bautismo de Jesús es interior, espiritual y profundo para el mismo arrepentimiento y perdón de los pecados.

Los cristianos vemos en el cordero pascual, al mismo Cristo, no solo rociamos su sangre para lavarnos y purificarnos sino que la comemos junto con su cuerpo inmolado por nosotros para salvarnos.

Cordero de Dios (amnós tou theú), Dios mismo provee de un cordero para el sacrificio; su propio hijo es el cordero propicio para el sacrificio de reconciliación. Quita el pecado del mundo; la condición de esclavitud del ser humano respecto del pecado que se hace presente no solo de manera personal sino en las estructuras sociales en las que cotidianamente participamos.

El pecado está entre nosotros cada día, aunque se le llame de diferentes maneras: Explotación, injusticia, violencia, marginación, abuso en el ámbito social; desintegración familiar, divorcio, madres solteras, aborto, infidelidad en el ámbito familiar; prepotencia, envidia, afán de poder, fama, lujuria y desenfreno sexual, venganza, rivalidad y odio en el plano personal.

Jesús es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo; nos ofrece la oportunidad de triunfar, como Él lo hizo, sobre el pecado. Él es luz en nuestras oscuridades, es calor y fuego en nuestros fríos momentos de sufrimiento y caos; es el alimento que fortalece nuestra fe y nuestra misión en el mundo.

Es un buen tiempo para reconocer y agradecer el misterio de nuestra salvación. Hacer consciencia de tan grande don y la continua oportunidad para reconciliarnos con Dios, con nuestra comunidad y con nuestros hermanos. Purificar y purificarnos.

El padre Javier Gómez es párroco de la Parroquia San Juan de los Lagos, Torreón.

Scroll al inicio