“Los mejores consejos…las mejores herramientas… para funcionar”

Por: Pbro. Javier Gómez O.  

CODIPACS.- El origen del hombre nace con un profundo arraigo hacia la tierra de donde fue sacado según el relato bíblico. Dios lo formó de polvo de la tierra “adamáh”, de donde le viene el nombre de “Adán”. Tierra fértil, del color de la piel, buena materia, pero le dio también un espíritu “ruaj”, viento, aire, aliento de vida que es la fuerza que anima y sostiene el cuerpo de los vivientes y ese aliento procede de Dios y a él retorna (Eclo. 12, 7)

Ya completo, y bien formado; el hombre es puesto en el jardín del “edén” que significa “delicia”, es el nombre que la escritura da al lugar donde Yahavé plantó al hombre después de haberlo formado. La traducción griega lo presenta como “parádeisos”, paraíso. Más que un lugar propio, geográfico y específico; muchos especialistas lo presentan como un lugar de abundancia y plenitud de gozo y felicidad que duró hasta el momento de la desobediencia de Adán y Eva.

El pecado destruye todo lo bueno y hermoso, todo lo pacífico y próspero. El pecado es consecuencia de la libre determinación y voluntad humana para cambiar lo establecido. El árbol de la ciencia y del conocimiento; la sabiduría y la libertad están involucrados en el desarrollo de la vida humana y en sus consecuencias.

El pecado “jataah”errar, salirse de la senda o del camino que la escritura presenta como la responsabilidad o el deber que se tiene que cumplir. Así que la transgresión de los mandamientos divinos se entiende cómo salirse del camino o no cumplir con un deber establecido y que ordinariamente a dicha transgresión llamamos “pecado”.

Le preguntaron al Papa Juan Pablo I, de fugaz pontificado, por qué si Dios nos quería libres, nos había puesto una serie de leyes o normas que limitan nuestra libertad y nos obligan a vivir de acuerdo con ellas. El Papa respondió que precisamente porque nos amaba y nos quería libres nos dejó sus mejores consejos.

Pero luego puso un significativo ejemplo que viene muy bien a esta reflexión: Imagínate que vas a comprar un buen automóvil; llegas a la agencia, te recibe el dueño que además es el fabricante de los autos. Te ofrece el catálogo, eliges uno, lo pruebas y decides comprarlo. Hecho el trato, y antes de salir de la agencia con tu nuevo auto, el dueño de la agencia te dice: Ha escogido un buen auto, cuídelo; póngale buena gasolina, buen aceite, cheque el anticongelante… Y le interrumpes para decirle; No, no, no; yo no soporto el olor de la gasolina; le pondré jugo de naranja.

El dueño de la agencia le responde; Bueno, como usted quiera, el carro ya es suyo; pero si de pronto se para o no arranca; no venga a quejarse; porque yo se lo advertí. Yo fabriqué el auto y se cómo funciona.

Dios al crearnos, nos dice que somos un modelo único que vale la pena cuidar con mucho interés y dedicación y por ello nos da sus mejores consejos que son los mandamientos. El problema es que nosotros le interrumpimos para decirle que no nos gusta el olor de esa gasolina y preferimos otra cosa como mentir, robar, matar etc.

Dios nos contesta: Como quieras ya te he dado la vida, es tuya; yo te deseo libre y te lo he advertido; pero luego si no eres feliz, si pierdes el sentido de la vida; no te vengas a quejar; porque yo te formé y se cómo funcionas por ello te doy los mejores consejos.

La tentación de seguir al árbol de la ciencia; la sabiduría humana y la aspiración de llegar a ser como dioses, está siempre latente en el ser humano. Dios nos hizo a su imagen y semejanza, pero no nos hizo dioses. El pecado, la transgresión, es desobedecer y querer serlo. Muchos investigadores y científicos quieren y de hecho lo hacen “jugar a ser dioses”. En el pecado, la penitencia dice el refrán.

Adán fue el primero, por invitación de su mujer en mostrar la transgresión o desobediencia y san Pablo nos recuerda el hecho, no para hablar del pecado de origen imputado a los seres humanos, sino para animarnos con el consuelo de que si en Adán todos somos pecadores, en Cristo todos somos reconciliados. Dios creó el mundo y lo visitó por medio de su hijo para reconciliar a la humanidad dañada desde el principio por la transgresión.

Es muy claro ver en nuestros días las consecuencias del pecado desde el origen. La humanidad entera ha estado en crisis y lo sigue estando. San Pablo nos dice que la naturaleza humana no está en paz con Dios, no porque sea mala en sí misma, ya que fue creada por Dios, sino porque no puede conseguir su fin si no es salvada por Cristo. Es el don de Dios para toda la humanidad. Los efectos del pecado aumentan cada día más y más; en una sociedad donde la impotencia ante la violencia, la injusticia, la maldad y las múltiples heridas de la sociedad, aparecen como un dardo que lacera y lastima la vida humana. Por un hombre entró el pecado y con el pecado la muerte; por Cristo entró la justificación la redención y con ello la vida.

La misión de Jesús fue venir al mundo a reconciliar toda la humanidad con Dios su Padre y a mostrarnos el camino para llegar definitivamente a su reino. Para cumplir su misión nos dice el evangelista Mateo, Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto para ser tentado por el maligno e inducirlo a abandonar la misión.

El desierto tiene en Medio Oriente varios significados; como lugar inhóspito, desolado, abandonado o deshabitado se consideraba lugar o refugio de los demonios. También se utiliza como refugio en situaciones políticas de persecución. En el aspecto espiritual o religioso significa lugar de encuentro con Dios; muchos aplican el significado de las penurias en la travesía de estos lugares para mostrar la providencia de Dios en las dificultades y las carencias.

Es de suponer que si Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto es para encontrarse con Dios y reforzar la idea de su misión, pero también para encontrarse ahí con los demonios, es decir con las tentaciones de abandonar su tarea. Cuarenta días, en recuerdo de los cuarenta años de Israel en el desierto hasta llegar a la tierra prometida. Israel vivió en el desierto una época de tentación y de caída. (Massah y Meribá).

Jesús es tentado de manera semejante en el desierto; pero ante las tentaciones las respuestas de Jesús son distintas. Aludiendo a la sagrada escritura responde a la primera tentación: “si eres el hijo de Dios manda que estas piedras se conviertan en pan”, la respuesta está en (Dt. 8, 3) …te hizo pasar hambre, luego te dio maná…quería enseñarte que no solo de pan vive el hombre… Con esto Jesús subordina las necesidades físicas a la escucha de la palabra divina para proclamarla y cumplir con una misión.

A la segunda tentación; En la parte más alta de la muralla del templo; “tírate… Dios te protegerá” Jesús responde con otra cita de (Dt. 6,16) “no pondrás a prueba a Yahvé tu Dios…” Una advertencia contra la temeridad; hacer que Dios haga algo espectacular que él no ha prometido realizar.

La tercera tentación dice la escritura; lo llevó a una montaña altísima que es muy probable que no exista, sino que se refiere a la tentación de realizar el mesianismo de Jesús mediante la utilización del poder político. Jesús de nuevo recurre a la escritura en (Dt. 6,13) “…adorarás al señor tu Dios y a él solo servirás…”

Todas las tentaciones están enfocadas a destruir la misión salvífica de Jesús e impedir su realización; pero la enseñanza de Jesús es que para vencer las tentaciones hay que someterse a un ejercicio espiritual fuerte y disciplinado. La oración, el ayuno y el sacrificio o penitencia son remedios eficaces para no caer en la tentación de abandonar la misión o tarea encomendada.

Sin excepción todos los seres humanos estamos sujetos a las tentaciones. La tentación (Heb. Massah) es una palabra polivalente en la mayoría de los idiomas: tentar, palpar, probar o poner a prueba. En sentido amplio significa poner a prueba a alguien con la finalidad de poner de manifiesto sus actitudes o disposiciones, capacidades o habilidades reales, más allá de lo que puedan ofrecer las apariencias. En sentido espiritual o teológico es la incitación a pecar; de modo que la tentación es obra del “diablo” que es considerado como el tentador por excelencia, el especialista en seducción.

San Agustín decía que hay dos clases de tentaciones: una para “probar” la cual viene directamente de Dios; la otra para “seducir” y tiene por autor al diablo. La biblia nos dice que Dios puso a prueba a muchos patriarcas para conocer la profundidad de su fe y la disposición para obedecer sus mandatos. La persona probada reconoce que es una bendición disfrazada; “los justos serán colmados de bendiciones porque Dios los tentó y los halló dignos de sí” (Sab.3, 5)

Como Dios nos conoce profundamente porque nos creó y nos ama; nos sigue dando los mejores consejos y las mejores herramientas para cuidarnos y ser felices; para funcionar correctamente. Retornando al ejemplo de San Juan Pablo I. No pongamos jugo de naranja a nuestro auto.

El padre Javier Gómez es párroco de la Parroquia San Juan de los Lagos, Torreón.

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