Por: Pbro. Javier Gómez Orozco
CODIPACS.- Con motivo de nuestra reunión de presbíteros de mayor edad en la diócesis, para hacer nuestros ejercicios espirituales y, teniendo en cuenta las dificultades de movilidad de algunos de ellos, por edad o por limitaciones de salud; lo hicimos en Casa Iñigo. Me solidarice con ellos y me permito compartir algunas de las reflexiones que a propósito me surgieron en esta experiencia espiritual.
“Señor, el amigo que tanto quieres está enfermo” (Jn.11,3)
La salud física es un don de Dios, la cual requiere de reconocimiento y de responsabilidad tanto en su recepción como en su cuidado. Todos deseamos y nos deseamos salud y prosperidad en la vida. Sabemos que como don no depende ni de la edad ni de las condiciones socioeconómicas. La salud (lat. salus) es la sensación de buen estado físico, de conservación y también de saludo, de deseo de estar y sentirse bien, lo cual lleva también a un sentimiento no solo de salud física sino también espiritual y psicológica.
En los evangelios y en el ministerio público de Jesús, la curación de los enfermos tiene la misma importancia que el anuncio del reino de Dios. Son como dos aspectos de una misma realidad que busca la restauración tanto física como emocional de la persona.
Los pueblos antiguos de oriente tenían como buena costumbre saludarse con el deseo de prosperidad y bienestar físico y corporal que posteriormente se amplía al ámbito espiritual. Es común que los pueblos de la biblia se saludaban con el sustantivo “Shalom” o “Shalam” que significa estar bien; sano de cuerpo y mente o estar en paz. En la traducción griega corresponde al término “iamai” para referirse a los dones de la salud. San Juan en su tercera carta, Dirigiéndose a su amigo Gayo le dice: “querido como te va bien espiritualmente, pido que te vaya bien en todo y tengas salud” (3 Jn. 1,2)
Para los pueblos orientales de la biblia hay una relación recíproca entre la paz y la salud (shalom) El hombre en paz y en buena amistad con Dios consigo mismo y con el prójimo es un hombre completo, por decirlo, feliz.
En los evangelios las curaciones de Jesús responden a su misión salvífica (mysterium Salutis) y las curaciones son un signo de una salud mayor y más importante que es la salud de la salvación eterna. Sin embargo, el sentimiento misericordioso de Cristo con los enfermos le llevó a atender solícitamente las necesidades físicas de los que se acercaban a pedir la salud.
En el A.T. la enfermedad (Heb. Jalah- gastado, débil) se veía desde el punto religioso, más que por causas naturales, se creía que era consecuencia del pecado. (Núm. 12, 9-10; 1 Sam.16,14; Is. 1,5ss) Los textos del A. T. tienen como trasfondo la desobediencia y el pecado de Adán (Gen.1,27) y San Pablo lo refiere en su cara a los Romanos: “Por el pecado la muerte hizo su aparición con las enfermedades y dolencias que llevan a ella (Rom. 5,12)
Particularmente me hizo reflexionar el texto de la resurrección de Lázaro; cuando le mandan decir a Jesús que su amigo querido estaba enfermo. Jesús aprovecha la oportunidad para enseñar que la salud física es importante, pero en función de otra salud más importante que es la vida eterna.
Jesús cargó nuestros dolores y sufrimientos nos dice el profeta Isaías (Is. 53, 4-5) El experimentó en carne propia el dolor y la pérdida de la salud física hasta la muerte. Sin embargo, se compadeció hasta las lágrimas de quienes sufrieron la falta de salud y las tristezas de la vida.
La cercanía con el que sufre, con el enfermo, cuando recibe la visita del amigo, del hermano o del familiar, el buen ánimo, el apoyo, la palabra alentadora y tal vez la sola presencia para acompañar. Estas acciones dejan siempre un buen sabor de boca para el enfermo y seguramente un buen gesto interior de agradecimiento. No en vano ha estado en la enseñanza de la Iglesia que una de las obras de caridad es la visita a los enfermos.
Una buena porción de sacerdotes de nuestra diócesis, se encuentran en la etapa final de su ministerio y algunos con salud precaria y condiciones personales difíciles. Sabemos que este año ha sido triste con la partida de varios presbíteros que se nos han adelantado.
Seguramente muchas veces escuchamos la noticia de enfermedad, hospitalización y atención de estos hermanos y de otros que aún se encuentran entre nosotros: “Hermano; el sacerdote, fulano o zutano está enfermo”. La solicitud para los enfermos incluyendo sacerdotes es parte de nuestra labor ministerial insoslayable. Dejemos que el espíritu de Jesús penetre nuestro corazón y aprendamos a ser solidarios con los hermanos que más nos necesitan.
“Vayan a Galilea y digan a sus discípulos y a Pedro que allí le verán” (Mc. 16,7)
Me resulta interesante el solo pensamiento de imaginar que es lo que los discípulos encontrarían camino a Galilea. Jesús muchas veces había recorrido esos caminos y no precisamente de paseo sino para anunciar el renio de Dios y predicar el evangelio. Estoy seguro que al caminar por esos lugares se encontraban paralíticos, leprosos, ciegos, cojos, mudos y otras personas con diversos males y enfermedades. (Mt. 4,23)
La solicitud de Jesús no tuvo límites y se compadecía desde dentro porque la necesidad era mucha. Ahora después de su resurrección muestra por medio del Ángel el camino que la comunidad debe recorrer.
Podrán ver y reconocer a Jesús en esas personas; las más vulnerables y necesitadas. La opción de Jesús es la opción de Dios Padre: “los pobres”. En la exhortación apostólica del Papa león XIV (Dilexi te) lo dice claramente en el primer capítulo, comentando el derroche de perfume de la mujer diciendo: “a los pobres los tendrán siempre con ustedes” para practicar la caridad (Mt. 26,11)
Hoy los pobres tienen rostros distintos, razas diferentes pero las necesidades siempre son y seguirán siendo apremiantes. Caminar por la vida hacia Galilea, significa ir a buscar al necesitado y al encontrarlo hacer lo que Jesús. Se podría decir que Galilea es la cuna del Evangelio (Hech. 10,37) Galileos casi todos sus discípulos y posteriormente apóstoles, enviados a continuar la misión salvífica de Cristo. Galilea es pues el campo de oportunidad para predicar el evangelio y practicar la caridad. Galilea es el mundo actual con todos sus retos y posibilidades; lugar de encuentro con todos, pero con particular atención y solicitud con los más necesitados.
Galilea es también nuestra diócesis con su historia, su caminar y su desarrollo en todos los aspectos. Espacio de encuentro para compartir la vida y la fe; lugar para reconocer y apoyar la tarea y el aporte de cada discípulo y misionero que quiere seguir y servir a Jesús en este horizonte particular. Oportunidad para descubrir a Jesús en el rostro de los hermanos mas pobres. El Papa Francisco en su encuentro con los representantes de los medios de comunicación expresó: ¡Ah, como quisiera una iglesia pobre y para los pobres!
Este deseo refleja la conciencia de que la iglesia reconoce en los pobres y en los que sufren, la imagen de su Fundador pobre y paciente, se esfuerza en remediar sus necesidades y procura servir en ellos a Cristo. (dilexi te 36).
Vayamos a Galilea; allá le encontraremos.
El padre Javier Gómez es párroco de la Parroquia San Juan de los Lagos, Torreón.