Por: Pbro. Javier Gómez O.

CODIPACS.- La palabra de Dios se revela a en la historia de salvación de diferentes formas: escrita, oral, en los acontecimientos o signos del tiempo y en plenitud de los tiempos a través de su propio hijo (Jn.1, 1). Pero la palabra de Dios una vez que llega a un lugar o a una persona, no puede permanecer indiferente. Algo pasará, bueno o malo pero seguramente habrá una reacción a ella.
Así lo recuerda el profeta Isaías en la palabra profética de la promesa de Dios al pueblo fiel y al que errado vuelve al camino y a sus mandamientos.
Aunque parezca difícil de comprender la palabra de Dios, si estamos atentos a ella, algo transformará en nuestro interior. Tal vez nosotros mismos no alcancemos a ver el proceso de transformación, pero si atendemos la palabra con fe, muchos podrán ver en nosotros el cambio que la palabra de Dios hace en nuestras vidas.
El pueblo de Israel se encuentra en el destierro y las tentaciones e influencias extranjeras y las modas del momento, están a la orden del día; por ello el profeta los anima con bellas imágenes de la prosperidad agrícola; la lluvia, la nieve, la tierra fecundada y en plena germinación, son signo de la palabra de Dios en tierra extrajera con la esperanza de transformación y plenitud. (Is. 55, 10)
Tengo viva en mi mente la imagen y el recuerdo de las labores del campo, llegada la temporada de “lluvias”, cuando se iniciaba con la preparación de los campos, los que, con las primeras lluvias, recibían la semilla, del maíz, del frijol y hasta de calabaza.
Invertíamos horas de trabajo, tras de la yunta de bueyes, depositando cada paso dos semillas de maíz, luego dos de maíz más una de frijol y así sucesivamente.
Era un proceso largo, de paciencia, de arduo trabajo y disciplina, pero luego llegaba la satisfacción de ver colmado el fruto del trabajo invertido en la labor.
Las dificultades para el ejercicio de esta tarea eran variadas; el clima, el terreno y su preparación, el conocimiento para realizar la siembra, los animales de trabajo y los aperos en buen estado etc.
La enseñanza de Jesús con la parábola del sembrador, sigue con vigencia e interés para unos y otros de los involucrados en esta actividad agrícola espiritual.
En la parábola Jesús se dirige a un grupo de judíos campesinos rurales, para suscitar el interés de ellos con esta actividad muy de su conocimiento. Pero también con la intención de que hagan consciencia de su propia realidad.
La palabra es liberadora y una vez que llega al corazón, este no quedará indiferente ante la palabra escuchada. Pero pasará una serie de dificultades para que pueda germinar.
Primera dificultad: “Camino”; los caminos no pueden ararse, son espacios de comunicación de un lugar a otro y por lo mismo no aptos para depositar una semilla.
En segundo lugar; un terreno “pedregoso”. La mayor parte del terreno de Palestina es terreno pedregoso y el terreno cultivable es de poca profundidad, por lo que muy pronto germina pero no se arraiga a la tierra y el sol seca las plantas.
Tercer lugar la semilla entre zarzas; estas cuando ocupan el terreno bueno, impiden que la semilla germine y la ahogan.
Encontramos una actividad que en tres oportunidades no funciona por las dificultades expuestas en el terreno. La semilla es la palabra, pero ha encontrado “tres” actitudes humanas que dificultan el germen o la respuesta positiva a la palabra sembrada por Jesús.
Primero: La actitud de “Camino”, la palabra queda en lo superficial y el mal se lleva la intención de responder favorablemente.
Segundo: El terreno “pedregoso” es la palabra que emociona que atrae pero no profundiza se queda solo en lo festivo y pronto desaparece o se olvida.
Tercero: Las “zarzas” representan las preocupaciones e influencias del mundo y sus frivolidades que impiden dar una respuesta favorable a la palabra del reino.
De cuatro oportunidades solo una es exitosa y necesita de una preparación adecuada: La “tierra buena”, es disposición favorable para reaccionar a la palabra de Dios sembrada en el hombre de buena voluntad.
¿Cuál es la finalidad de las parábolas? Que el pueblo entienda las oportunidades que Dios le ofrece de manera misteriosa para recibir los dones que Él manda; la palabra que libera; el reino de Dios que salva.
Conocer los misterios del reino es para los que se acercan, los que abren su corazón a las revelaciones de Dios y su palabra; a los que les interesa. De ahí que los discípulos preguntan la razón de las parábolas.
Ellos, los discípulos, han recibido el don de comprender el valor de la palabra y “tendrán” que producir más, de los dones de Dios.
Los discípulos están invitados a trabajar en el campo de Dios sembrando su palabra; llamados a aprender a sembrar como Jesús lo hace, aún con los riesgos de fracasar en varios intentos.
Hoy como entonces la parábola del sembrador nos debe llenar de esperanza y de confianza en que la semilla tarde o temprano va a germinar y dar fruto, aunque no nos toque cosecharlo.
Hoy hacen falta más sembradores que cosechadores. El que cosecha recibe su pago y el que siembra participa de la alegría del segador; “uno es el que siembra y otro el que cosecha” (Jn. 4, 37) pero ambos participan de la misma tarea. El evangelio es la tarea de sembrar la palabra de Dios y muchos recibirán los frutos de esta tarea.
De igual manera hoy vemos esfuerzos por sembrar la palabra del evangelio entre fracasos y obstáculos constantes y sin embargo el resultado final es la abundante cosecha que hace olvidar el trabajo arduo y los mismos fracasos.
Así es la palabra de Dios, lleva dentro una fuerza misteriosa que solo puede ser conocida por aquellos interesados y abiertos de corazón a su inspiración y a su presencia.
Necesitamos afinar nuestros sentidos para ver, oír y sentir la palabra misteriosa de Dios que sigue germinando en el interior de tantos corazones, que como tierra fértil y buena, van a producir un porcentaje determinado de fruto para el reino de Dios.
Hemos de cuidar que los obstáculos del mundo sensacionalista de avances en materia de comunicaciones y ciencias nuevas e inteligencia artificial, no conviertan el terreno de la vida en caminos, piedras o zarzas que ahoguen o destruyan la palabra divina.
La fuerza misteriosa del evangelio sigue trabajando en la tierra humana deseosa de hacer germinar los valores del reino: “justicia, verdad y paz”.
De estos frutos es importante, guardar, como hacen los agricultores, semilla para el siguiente ciclo agrícola y así sucesivamente. Los frutos del reino se deben seguir sembrando para recoger a su tiempo nuevos y mejores frutos que los anteriores.
En voz de Pablo; su carta a los romanos anima a la comunidad cristiana a trabajar por hacer que el mundo material también sea preparado y cuidado para hacerlo producir los frutos de la libertad y la paz. Como un equilibrio ecológico entre lo espiritual y material.
El salmo responsorial hace eco de este sentimiento en el que Dios se convierte en el experto campesino que cuida igual del mundo creado por él, como del hombre creado a su imagen y semejanza, al que le entrega el orden de la creación y su cuidado.
Los sufrimientos de esta vida no se comparan con la gloria que se manifestará al final de la vida para todos aquellos que se esfuerzan en atender los designios de Dios y comprometerse en la tarea de sembrar la palabra en este mundo, sujeto al desorden egoísta del pecado.
El mundo también necesita ser liberado de la esclavitud y de la corrupción y los que poseemos las primicias del espíritu, nos convertiremos en los sembradores de justicia de verdad y paz, recuperando nuestra condición de hijos de Dios.