Tener hambre del pan de la palabra, de la eucaristía y de la oración

Por: Pbro. Francisco Javier Gómez O.

CODIPACS.- La carencia o escases de alimento, provoca generalmente un sentimiento natural que conocemos como “hambre” (heb. “raab”, Gr. “peinao”) tanto en personas como en grupos o poblaciones que lo experimentan como consecuencia, a menudo, de crisis económicas o sociales como la guerra o climáticas como de la falta de lluvias y pérdida de cosechas etc.

La historia bíblica y extrabíblica nos presentan ejemplos de hambre y hambruna como el caso de la viuda de Sarepta y el profeta Elías, (1 Re. 17,10) es un ejemplo de esta situación. Palestina es un país de poca precipitación pluvial, es por ello la importancia y el cuidado, así como el valor que tenían los pozos, los torrentes, arroyos, ojos de agua o cualquier venero que proveyera del líquido vital. (Flavio Josefo describe algunas fuentes de agua en el cap. XVI de las guerras judías)

También se perdían las cosechas por las plagas de insectos o langostas que destruyen los plantíos; las guerras eran otro factor que destruía campos y cosechas e impedía la llegada de víveres en ciudades sitiadas, trayendo como consecuencia el “azote del hambre”, que es una de las calamidades reflejada ampliamente en la historia bíblica (Gn.12, 10).

La primera hambruna en tiempos de Abraham que tuvo que bajar a Egipto en busca de comida y la segunda en tiempos de Isaac que por voluntad de Dios no abandona el territorio, sino que confía en la providencia divina (Gn.26, 1).

Otras muchas hambrunas aparecen registradas en la Sagrada Escritura, entre las que resalta la historia de José, su estancia en Egipto y la relación del hambre con sus hermanos y la providencia de Dios por medio de José para dar de comer a los hijos que representan al pueblo escogido. (Gen. 41). El hambre y la sed son signo de grande aflicción y miseria producto de circunstancias provocadas o fortuitas que generan el malestar y buscan explicación (1 Cor. 4, 11).

Al final del Capítulo 55 del deutero o segundo Isaías, llamado también el libro de la consolación y compuesto durante el destierro desde el año 497 a.C. como castigo divino y como consecuencia de haberse apartado de Dios y de su alianza. el profeta Isaías llama a la esperanza al pueblo que pensaba encontrar prosperidad y descanso, éxito y tranquilidad en una etapa de su vida en la que se resalta la pobreza y la carestía en la inminente repatriación, y feliz del retorno a su tierra. (El decreto de Ciro Rey de Persia se da en el 538 a.C).

El profeta le llama a la esperanza recuperando la alianza con Dios mediante una figura tan sencilla como la comida. Les invita a un banquete donde la única condición para participar en él, es tener hambre y sed de Dios, de estar atentos a su alianza y a su palabra: “Si me hacen caso”… la consecuencia que el profeta anuncia es la prosperidad, la tranquilidad y la plenitud. (V.2-3).

De esta manera descubrimos que metafóricamente, el hambre material puede significar el hambre espiritual; la necesidad de satisfacer y experimentar plenitud interior y gozo de lo que se es y se hace. Más aún la insatisfacción interior y el desgaste espiritual ante las circunstancias y dificultades de la vida, hacen que incluso se pierda el hambre física o material, generando así doble debilidad.

Entonces habrá que buscar a Dios, hacerle caso; y si Él está con nosotros, quién estará contra nosotros nos dice el Apóstol San Pablo en la segunda lectura. Cristo que murió y estando a la derecha de Dios intercede por nosotros; de tal manera que nada, ninguna aflicción, ni sufrimiento, ni persecución ni el hambre ni nada nos podrá apartar del amor de Cristo. Él es el “Pan” de la vida para cada hijo amado del Padre.

No podemos soslayar de ninguna manera el hambre que procede de la injusticia, de la pobreza, de la mentira, del fraude, de la enfermedad, de la falta de oportunidades, del desempleo, de la explotación, del abuso, particularmente a mujeres y a menores. Es este un campo de oportunidad para que pueda haber un “Milagro”; multiplicar el pan, el alimento que satisfaga el hambre de millones que padecen de esta clase de hambruna.

Jesús se convierte en el portador de la buena noticia de alimentación para todos los que tienen hambre y sed de justicia, de prosperidad ante las muchas formas o modos de tener hambre. Este es un signo mesiánico que se venía manifestando en las palabras y acciones de los profetas en el Antiguo Testamento y Jesús viene a darles cumplimiento.

Para satisfacer el hambre hay que tener “compasión” del hambriento cualquiera que sea su condición y su hambre. Jesús sintió compasión y curó a los enfermos hambrientos de salud más tarde dio de comer a cinco mil hombres “un gran gentío”, una muchedumbre necesitada también del alimento material. No hay necesidad de ir a comprar alimento dice a sus discípulos; “denles ustedes de comer”.

La tan conocida obra de caridad que dice “comparte tu pan con el hambriento”. Aprender del sufrimiento que trae el hambre y la dificultad para conseguir el alimento; la solidaridad con el que sufre, la compasión en los momentos más difíciles en la existencia de cualquier persona. Del fondo del corazón de Jesús salió la oración del “Padre Nuestro” en dónde pide a su Padre que no falte el pan de cada día a ninguno de sus hijos.

Pero es en fraternidad como se solucionan los problemas. La actitud inicial de los discípulos es cómoda; diles que se vayan a comer a sus casas o aldeas, que cada quien solucione sus dificultades a lo que Jesús revira con la actitud de atender, no dejar a las personas abandonadas a su suerte. Hay que aprender del milagro de la fraternidad, de la compasión de la solidaridad, de la generosidad, que son milagros más grandes que mover montañas o trasladar árboles de lugar.

En el fondo del milagro está una lección para los discípulos, la cual aprendieron seguramente y se quedó en el recuerdo para su posterior trabajo apostólico. “Tenían un solo corazón y en sus reuniones compartían el pan y la oración, sin que nadie pasara necesidad”. Los discípulos reconocieron a Jesús como Mesías por estos signos de solidaria y fraterna comunión con todos.

Si los cristianos de hoy vivimos de espaldas al sufrimiento y al hambre de los hermanos, perdemos con ello nuestra identidad cristiana y nuestras celebraciones eucarísticas no tendrían mucho valor y sentido de comunión fraterna.

Que gracia, que sentido ir solo a rezar; hacen falta muchas otras cosas para construir la paz, dice un canto popular religioso. Hoy los cristianos tenemos que luchar y trabajar fraternamente para que a nadie le falte ni el pan de la palabra, ni el pan de la eucaristía, ni el pan de la oración y menos el pan de la mesa material.

Pero también trabajar para que no falte el pan de la salud, el pan de la unidad, el pan de la paz, el pan del buen consejo, de la justicia y la verdad, el pan de la enseñanza al que lo necesita, el pan de acompañamiento y visita al enfermo y solo, al anciano desamparado, al niño abandonado al joven extraviado, al migrante, al desconsolado sin trabajo ni oportunidades. “Denles ustedes de comer”. Somos los discípulos de Jesús hoy en día y estamos en descampado y sin muchos recursos, con la tentación constante de la comodidad y distanciamiento de los problemas de nuestros hermanos.

Algo seguramente podemos hacer. Poco o mucho según nuestros recursos y capacidades, pero algo ha de verse con lo poco o mucho. Cinco panes y dos peces es poco para cinco mil almas. Pero es algo… no se parte de nada. Jesús utiliza eso poco para el milagro y seguramente seguirá utilizando lo poco o mucho de cada uno para seguir realizando milagros nuevos en nuevas tierras y personas que mucho lo necesitan.

Hoy queremos Señor, aprender la lección de la confianza en tu providencia infinita y la compasión para aquellos que viven condiciones de sufrimiento y dolor frente a la vida y las oportunidades negadas de superación y esperanza de un mejor modo de vivir. Concédenos ser discípulos atentos y solícitos de las necesidades de nuestros hermanos.

El padre Javier Gómez es párroco de la Parroquia San Juan de los Lagos, Torreón. Colabora con datos históricos de la Diócesis de Torreón.

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