Bendita entre todas las mujeres

Por: Pbro. Javier Gómez Orozco

CODIPACS.- La Inmaculada concepción nos ofrece en María el rostro del hombre nuevo redimido por Cristo, en el cual Dios recrea “mas maravillosamente aún” el proyecto del paraíso. Muerte al pecado, victoria sobre la serpiente anunciada desde el génesis.

En la Asunción se nos manifiesta el sentido y el destino del cuerpo santificado por la gracia. En el cuerpo glorioso de María, comienza la creación material a tener parte en el cuerpo resucitado de Cristo. María inmaculada es la integridad humana, cuerpo y alma que ahora reina intercediendo por los hombres, peregrinos en la historia. Estas verdades y misterios alumbran un mundo donde la profanación del hombre es una constante y donde muchos se repliegan en un pasivo fatalismo.

Indudablemente que la tentación del pecado en el paraíso, sigue vigente hoy de distinta manera. Los seres humanos seguimos experimentando la vergüenza de la desnudez por alejarnos de Dios y querer competir con Él. Sin embargo María como nueva Eva nos viene a dejar la alternativa para cubrir nuestra desnudez humana con la sangre redentora del hijo de Dios encarnado en su seno.

María es mujer, de la estirpe de David. Es “la bendita entre todas las mujeres”. En ella Dios dignificó a la mujer en dimensiones insospechadas. En María el Evangelio penetró la feminidad, la redimió y exaltó. Esto es de capital importancia para nuestro horizonte cultural, en que la mujer debe ser valorada mucho más y donde sus tareas sociales se están definiendo más clara y ampliamente. María es garantía de la grandeza femenina, muestra la forma específica del ser mujer, con esa vocación de ser alma, entrega que espiritualice la carne y encarne el espíritu.

Modelo del servicio eclesial. La Virgen María se hizo la sierva del Señor. La escritura la muestra como la que, yendo a servir a Isabel en la circunstancia del parto le hace el servicio mucho mayor de anunciarle el Evangelio con las palabras del Magníficat. (Lc.1, 46ss) En Canná está atenta a las necesidades de la fiesta y su intercesión provoca la fe de los discípulos que “creyeron en El”. (Jn 2,11) Todo su servicio a los hombres es abrirlos al Evangelio e invitarlos a su obediencia: “haced lo que El os diga” (Jn. 2,5). “Yo soy la esclava del Señor; cúmplase en mi lo que has dicho” (Lc. 1,38)

Por medio de María Dios se hizo carne; entró a formar parte de un pueblo; constituyó el centro de la historia. Ella es el punto de enlace del cielo con la tierra. Sin María, el Evangelio se desencarna, se desfigura y se transforma en ideología, en racionalismo espiritualista.

Justamente por ello debemos cantar con el salmista: “Cantemos al Señor un canto nuevo, pues ha hecho maravillas”. Una de esas maravillas es la inmaculada concepción y la encarnación del hijo de Dios en su seno virginal. Otra maravilla es la disposición servicial de María para aceptar la tarea, el encargo que Dios le pide por medio del Ángel Gabriel.

Pablo VI señala la amplitud del servicio de maría con palabras que tienen un eco muy actual en nuestro continente. Ella es “una mujer fuerte que conoció la pobreza y el sufrimiento, la huida y el exilio (Mt. 2, 13-23): situaciones estas que no pueden escapar a la atención de quien quiere secundar con espíritu evangélico las energías liberadoras del hombre y de la sociedad. Se presentará María como mujer que con su acción favoreció la fe de la comunidad apostólica en Cristo. (Jn. 2, 1-12) y cuya función maternal se dilató asumiendo sobre el calvario dimensiones universales (Mc. 37)

El pueblo latinoamericano sabe todo esto. La iglesia es consciente de que “lo que importa es evangelizar no de una manera decorativa, como un barniz superficial (E.N: 20). Esa Iglesia que con nueva lucidez y decisión quiere evangelizar en lo hondo, en la raíz, en la cultura del pueblo, se vuelve a maría para que el Evangelio se haga más carne, más corazón de América Latina.

Esta es la hora de María, tiempo de un nuevo Pentecostés que ella preside con su oración, cuando, bajo el influjo del Espíritu Santo, inicia la Iglesia un nuevo tramo en su peregrinar. Que María sea en este camino “estrella de la Evangelización siempre renovada” (EN 81)

Demos gracias a Dios que nos ha bendecido con toda clase de bienes espirituales y celestiales por medio de su hijo Jesucristo y en Él nos eligió desde antes de la creación para que fuésemos Santos e irreprochables a sus ojos por medio del amor; así invita San Pablo a la comunidad cristiana de Éfeso.

Los cristianos de hoy tenemos un modelo de santidad y amor en María inmaculada que nos invita a seguir a su Hijo e imitar sus virtudes con el afán de reconstruir el mundo y el tejido social de por si dañado y destruido por el pecado y la maldad.

El padre Javier Gómez es párroco de la Parroquia San Juan de los Lagos, Torreón.

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