La palabra divina se hizo hombre

Por: Pbro. Javier Gómez O.

CODIPACS.- En la experiencia humana, el desarrollo de los acontecimientos y la construcción de nuestra historia; nos encontramos que en etapas finales de nuestra vida siempre hay sorpresas; unas previsibles y otras no. La vida como sea sigue su curso y nos va enseñando como caminar en ella.

Al final de este año que hoy termina, Dios nos invita a hacer una evaluación, un balance de nuestra vida, pero sobre todo de nuestra fe y nuestra fidelidad a la misma.

La primera carta del apóstol san Juan en el texto de hoy interpela a la comunidad cristiana a quienes llama “hijos” advirtiéndoles que ya está la llegada del “anticristo” y luego dice que ya han venido (en plural) muchos anticristos, que salieron de entre ellos pero no eran de la comunidad.

De esta manera indica que el anticristo no es una persona determinada sino un modo de comportamiento tanto personal como colectivo o comunitario.

Para el autor el significado de “anticristo” es el que está en contra o pretende tomar el lugar de “Cristo”. Recordemos que “Xhristós” significa ungido, crismado, elegido; así que el anticristo viene a ser el anti ungido, personificado en las fuerzas del mal, o en el mal comportamiento; tal vez los falsos doctores o seductores que formaban parte de la comunidad, en la época de San Juan, entraron en conflicto, separándose de ellos. No fueron capaces de “permanecer” fieles a la fe en Jesucristo el verdaderamente “ungido”.

Quienes se comportan como anticristos, abandonan la comunidad y la fe porque realmente, no son de la comunidad; sus pensamientos, sentimientos y acciones no son los de un discípulo del ungido. Ser o pertenecer a una comunidad implica eso mismo: comunión, es decir, unión común, comulgar con, estar con, confiar en. Quien no está en comunión con Cristo, tampoco lo está con los demás y menos con el Padre y con el Espíritu Santo y su proyecto de salvación.

Quien ha sido crismado (ungido; en el caso de los bautizados), participa de la misma unción de Jesús y permite al ungido gracias a la gracia de Cristo, el recto juicio y el buen discernimiento para poder permanecer firme en la fe y en la comunión con los demás.

Me imagino que en tiempos del apóstol san Juan, como hoy, había muchas novedades o por decir, modas que envolvían a la sociedad de su tiempo y la comunidad cristiana no estaba exenta de tales influencias.

El verdadero cristiano, el ungido y elegido para una misión en el mundo, debe ser consciente de que su vida se desarrolla en la antítesis entre la verdad y la mentira, la luz o la oscuridad; donde la luz y la verdad son Cristo y la oscuridad y la mentira son el “anticristo”.

Pensemos al fin de este año donde nos encontramos nosotros. Debemos evaluar nuestra fe desde la acción a favor o en contra de Jesús que nos invita ser luz del mundo y sal de la tierra. En este tiempo en que las “modas y modos” siguen siendo una prioridad para muchos, olvidando lo que Dios nos pide a todos sus hijos, marcados en el bautismo con la “unción” el firme esfuerzo de cumplir con una tarea en la vida.

Una braza encendida junto a un buen número de brazas, dan luz y calor a los que se acercan a ellas, pero si separa a una braza de las demás, terminará por regresar a ser un carbón o cenizas, pero si la regresas a las demás (comunidad) entonces volverá a dar luz y calor a los que se acercan al lugar donde están.

Los anticristos del poder, del placer y del tener, nos atrapan fácilmente y nos hacen salir de la comunidad o de la unidad común, dejando de lado el bien de todos los que formamos la familia de Dios.

Es tiempo de regresar al origen de la fe y valorar, al fin del año este regalo maravilloso que Dios nos dio por medio de su Hijo.

Esperamos un “año nuevo”; recordando que todo lo nuevo, es bueno y que lo bueno viene de Dios. Es nuestra oportunidad para “renovarnos”, para ser buenos porque así deben ser los hijos de Dios.

Benditos de Dios; porque piensan el bien, dicen el bien y hacen el bien; haciendo con ello posible que haya muchos más benditos y benditas que también se suman al grupo de los bendecidos, de los buenos.

El prólogo de san Juan es un himno a la palabra, verbo encarnado, luz y vida de los hombres. Es una maravillosa manifestación divina al llegar la plenitud de los tiempos; la encarnación es una teofanía (manifestación) que revela el amor del padre en la palabra hecha carne.

La preexistencia del verbo le otorga la identidad junto con el Padre y el Espíritu Santo, de la Trinidad eterna, que se revela como Dios en la carne de los hombres para la salvación de todos. “El verbo, la palabra era Dios”.

Esta es una de las afirmaciones fundamentales de nuestra fe, contra las afirmaciones de las corrientes heréticas al inicio del cristianismo (arrianismo; niega la divinidad de Jesús) o también contra las posturas modernas como los Testigos de Jehová que consideran al verbo como un ser humano.

Dice san Juan que el logos, palabra verbo, es fuente de vida que brilla y se manifiesta como “Luz” a la cual se le oponen las tinieblas, es decir, los que rechazan voluntaria y conscientemente la obra de la salvación. El verbo era Dios y estaba con Dios y por Él se hicieron todas las cosas “Todo cuanto existe”. También nos dice que era “Vida y Luz” de los hombres.

Es fuente de vida, plenitud para poder cumplir con la misión y o vocación a la que hemos sido llamados y la luz para poder ver el camino con claridad interpretando los signos de los tiempos y la palabra divina que nos señala el camino.

Resulta claro que muchos no han recibido ni al verbo como vida ni como luz; llevando un modo de ser al margen de este don y aplicados a las corrientes de pensamiento ajenas a la fe cristianan a los que llama; las tinieblas. Pero no solo los no creyentes o no cristianos, sino también, como dice el evangelista, vino a los suyos, los cristianos, y los suyos no lo recibieron; pero a los que si lo recibieron les concedió poder llegar a ser hijos de Dios.

Al final del año e inicio de otro nuevo; en primer lugar, debemos aceptar la vida y la luz de Cristo con nosotros. Es tiempo no solo de llamarnos, sino de ser verdaderamente “hijos de Dios” con nuestra proclamación, pero sobre todo con nuestro comportamiento. Los hijos de la luz iluminan la propia vida y la de los demás; los hijos de las tinieblas oscurecen la propia vida y la de los demás. Son como anticristos que se oponen al proyecto salvador de Dios.

Dios nos conceda un feliz fin de Año y un proyecto nuevo para el próximo: “Ser luz y vida para nosotros mismos y para los demás.

Que el próximo año traiga lo mejor de la vida y sobre todo de la fe; que enriquezca nuestros pensamientos y alegre nuestro corazón con la paz de Dios y su luz en nuestro camino.

El padre Javier Gómez es párroco de la Parroquia San Juan de los Lagos, Torreón.

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