La Madre de Dios que nos trae la Paz

Por: Pbro. Javier Gómez O.

CODIPACS.- El concilio de Éfeso, celebrado en el año de 431, reconoció a María como Madre de Dios con el título griego de “theotokos”. Encarnado en el seno de la Santa Virgen hizo suyo el nacimiento de la propia carne: “De esta manera los santos Padres no tuvieron inconveniente en llamar Madre de Dios a la santa Virgen… porque nació de ella el santo cuerpo dotado de alma racional, a la cual el verbo se unió sustancialmente, se dice que el verbo nació según la carne” (C. Éfeso. 251).

La solemnidad que la liturgia pone a esta celebración es muy antigua y se remonta al Siglo VI, así como la dedicación de una de las basílicas más antiguas de Roma la de Santa María Antigua, en el Foro Romano.

La doctrina cristiana nos recuerda que María es Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo y Esposa de Dios Espíritu Santo. Estos títulos la ensalzan y la elevan por encima de cualquier otro ser humano sobre la tierra. Estuvo predestinada desde siempre para ser digna morada del Hijo de Dios; a quien dio carne de su carne y sangre de su sangre en el misterio de la encarnación.

Así se convierte en portadora y trasmisora de la paz, por medio de su hijo Jesucristo. La solemnidad de la maternidad de María es oportunidad para mostrar nuestra adoración al recién nacido “príncipe de la paz”.

La octava de navidad coincide con la fiesta de la maternidad de María y con el comienzo del año civil y con esta intención se instituyó desde 1968, por el Papa Pablo VI, la jornada mundial de la paz; que va ahora iniciando en su 58 aniversario de celebraciones.

El saludo obligado de cada inicio de año es “Feliz año nuevo” que haya salud, prosperidad y paz.

 El Papa León en su mensaje sobre la jornada mundial de la paz en este año, recuerda que la paz y el deseo de ella es y ha sido a través de la historia, un deseo constante de la humanidad: “La paz esté contigo” es habitual y buen deseo en diferentes tiempos y formas; así como lo hizo Jesús en varias ocasiones: “La paz esté con ustedes” (Jn. 20,19.21.26) les dice después de la resurrección a sus discípulos.

Aunque muchas veces solo queda en una fórmula establecida o en un buen deseo; porque no nos comprometemos con la verdadera paz, que no es solo ausencia de guerra; sino compromiso de buenas y sanas relaciones fraternas y amistosas que nos lleven a hacer presente a Dios mismo, su rostro, su bendición y su paz.

Pero también constatamos en nuestro tiempo que muchos hombres y mujeres, sobre todo quienes tienen en sus manos la posibilidad de generar paz y armonía entre los pueblos, contrariamente se ocupan de sumir en la oscuridad y tinieblas, como centinelas de la noche, a lo que el Papa Francisco llamaba “Tercera guerra mundial a pedazos”. La verdadera paz que nace del corazón del creyente en Jesús, el verdadero promotor de una paz que no acaba, debe cambiar las armas por el amor, el odio y la violencia por la fraternidad y la comunión entre los pueblos y personas.

La lectura del libro de los números nos presenta una fórmula de bendición inspirada por Dios a Moisés y éste a Arón para que el pueblo la recuerde y la trasmita de generación en generación: “El señor te bendiga y te proteja, haga resplandecer su rostro sobre ti y te conceda su favor. Que el Señor te mire con benevolencia y te conceda la paz”. Indudablemente es una de las bendiciones más hermosas que se nos trasmite en la biblia. San Francisco de Asís la usaba frecuentemente para bendecir a sus hermanos.

Gracias a la maternidad divina de María, Dios ha entrado en nuestra historia; es Dios-con-nosotros, que hace posible la paz; los pastores son testigos de ello al escuchar el coro de los ángeles que cantan: “Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”.

La paz es un don pero también es una tarea; no debemos echar la culpa de la falta de paz en nuestro entorno, a los demás. Es tarea de todos y especialmente de los cristianos que debemos iniciar con la escuela de paz desde nuestros hogares y comunidades.

San Pablo hace un resumen del misterio de la encarnación en la carta a los gálatas. Cuando se cumplió el tiempo, Dios envió a su hijo nacido de una mujer y nacido bajo la ley para liberarnos de la esclavitud de la ley y hacernos hijos y herederos por el Espíritu Santo, que nos hace llamar a Dios Padre (Heb. Abbá). Cristo abre las puertas de la gracia y la salvación para toda la humanidad, al concedernos ser hijos y por lo mismo herederos de la vida eterna.

Nacido de una mujer y bajo la ley denota la condición humana en debilidad del enviado y sujeta a las condiciones y exigencias de la sociedad de su tiempo. Cristo, el hijo de Dios viene a liberarnos de esas ataduras y a concedernos su espíritu que nos lleva a llamar a Dios, Padre porque ya no somos esclavos sino hijos y herederos por voluntad de Dios.

La escena de los pastores que van a toda prisa a Belén para encontrarse con el “Mesías, Salvador y Señor”; (Kristós, Soter, Kyrios) tres títulos muy significativos que el ángel da a los pastores; además del lugar “Belén” que es la ciudad del gran rey (David) Aunque en tiempos del nacimiento de Jesús ya no era considerada como la ciudad de David, sino que Jerusalén (Heb. Posesión de la paz) había ganado terreno en este sentido y era considerada como la ciudad de los reyes.

Pero el propósito de Lucas es revindicar a Belén como lugar genuino de las promesas y ajustar su mensaje con la presencia de los pastores que efectivamente encuentran lo que el ángel del Señor les había dicho.

Encontrar al niño con María y José, recostado en un pesebre, son signos son muy importantes para los pastores, que después de verlo, cuentan lo que se les había dicho del niño. El pesebre tiene en Lucas importancia alimentaria; Jesús es el sustento y alimento divino para el mundo.

María por su parte guardaba estas cosas y las meditaba en su corazón. Seguramente lo que los pastores le habían dicho del niño; como lo harían también el anciano Simeón y Ana; retumbaba en su mente y en su corazón de madre. Dios mismo está escondido en ese “niño” y los pastores fueron capaces de reconocerlo y alabarlo. Todas estas cosas María las irá recordando poco a poco en la vida de su hijo hasta el final.

Y a los ocho días de nacido; sus padres cumplieron con las exigencias de la tradición de sus pueblos y de los mandatos del Señor en la ley; donde el niño debía ser circuncidado a los ocho días de su nacimiento. Todo varón israelita por la circuncisión quedaba incorporado al pueblo de la alianza. Ahí mismo se le imponía el nombre. Aquí hace Lucas hincapié en que el nombre impuesto es el que el ángel había dicho y no el que María o José decidieran como era costumbre.

María acepta indirectamente, al ponerle el nombre de Jesús, (Heb. Yehshua =Yahvé salva) El será el Salvador del pueblo de Dios, como su nombre mismo expresa. Para ello asume la condición de judío, nacido de una mujer, circuncidado según la ley a los ocho días; sometido a la ley para salvar a los que estaban sometidos a la ley; dejando la esclavitud de la ley para convertirlos en hijos; como expresa Pablo a los gálatas.

Dios mismo se abaja y asume nuestra condición humana para elevarla, rescatarla y redimirla. Viene para cambiar lo que la esclavitud deja en el hombre: oscuridad, tinieblas, caos e incertidumbre por una verdadera paz que no acaba.

No debemos perder de vista el gesto de gratitud a Dios por este don; alegrarnos, contemplar y meditar en nuestro corazón tan grande regalo a la humanidad. La mejor manera de agradecer a Dios todos sus dones, es comprometernos en ser promotores y constructores de paz.

“Que María reina de la Paz, interceda por nosotros y por el mundo entero”.

El padre Javier Gómez es párroco de la Parroquia San Juan de los Lagos, Torreón.

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