El Espíritu de Dios es vida para siempre

Por: Javier Gómez O.

CODIPACS.- Este domingo al igual que los dos anteriores, son una catequesis sobre la iniciación cristiana, que desde la tradición antigua se aprovechaban para quienes se preparaban para recibir el bautismo, la confirmación y la eucaristía.

Se expresan por los tres signos característicos: El agua; lecturas del tercer domingo de cuaresma; el agua de la roca y el agua de la samaritana. La luz; cuarto domingo y el tema del ciego de nacimiento y la vida; quinto domingo, que hoy nos ocupa.

La primera lectura de hoy nos presenta al profeta Ezequiel, cumpliendo con la tarea que Dios le pide: “Hijo de hombre profetiza así a los montes de Israel; montes de Israel escuchen la palabra del Señor” (Ez. 36,1) Luego en el capítulo 37,12 expresa la voluntad de Dios y su mensaje. Los sacaré de sus sepulcros y los llevaré de nuevo a la tierra de la vida. Les daré mi espíritu y vivirán.

El oráculo que el profeta Ezequiel emite se da en el contexto del exilio babilónico y ante la pérdida de esperanza del pueblo exiliado. Pasarán de una experiencia de muerte, los sepulcros a una nueva vida en la tierra de Israel. Es como una resurrección o nueva vida para el pueblo de Dios.

La profecía a los huesos secos es la manifestación de esta realidad: ¿Podrán revivir? Dios responde dando en primer lugar, tendones y carne a los huesos secos y después infunde su espíritu que da vida. Como vemos esto se va dando de manera progresiva, la vida va apareciendo, es decir, va aconteciendo. Así sabrán que el Señor lo ha hecho y ha cumplido su palabra.

El Espíritu del Señor da la vida mediante la profecía, para que el pueblo lo conozca y experimente la salvación.

Los huesos que son la dureza extrema del cuerpo humano y la reliquia de los antepasados representan, en el valle de sepulcros, la postración y ausencia de ayuda divina. La palabra hebrea “etsem”, como la palabra griega “ósteon” es muy probable que tenga la significación de fortaleza, firmeza o dureza, por la naturaleza propia que le corresponde. Dios por medio del profeta (la palabra) da su espíritu, (la vida) a los huesos (el pueblo) para que lo reconozcan como su Señor.

San Pablo por su parte en este fragmento de la carta a los Romanos; vuelve a tocar el tema del Espíritu que da vida porque es el Espíritu de Dios que habita en nosotros. Particularmente dice que quienes viven de manera desordenada no agradan a Dios ni podrán poseer su espíritu; no así quienes viven de acuerdo con la inspiración del Espíritu Divino. Del mismo modo habla del Espíritu de Cristo y de la importancia de tener en nosotros su espíritu y con ello vida plena en nosotros. “Dará vida a sus cuerpos mortales, por obra del Espíritu que habita en Ustedes”. (v.11)

A causa del pecado el cuerpo ha de morir, pero el espíritu de Cristo, que habita en nosotros nos dará la vida. Esta por la justicia divina, (que nos justifica) por un lado y por otro por la justicia humana que significa hacer las obras de Dios, una vida según el Espíritu de Dios.

El evangelio expresa de manera muy clara el don de la vida que procede de Dios y que en Cristo llega a su plenitud para los que creen en Él.

El capítulo 11 del evangelio de Juan lo dedica al tema de la resurrección de Lázaro, cuyo nombre parece abreviatura de Eleazar y significa “Dios ha socorrido”. Y lo ha hecho nada menos que socorriendo, con el retorno de la vida que se había perdido.

Lázaro tenía dos hermanas con quienes vivía: Marta y María. Su casa era espacio de llegada de Jesús al visitar Jerusalén.

Betania era el pueblo de esta familia de amigos de Jesús. El nombre significa: “Casa de gracia”. Ahí se recibía y se compartía la gracia, el don o regalo de la vida, de la amistad, de la fraternidad, de la comida, la atención y del amor.

El evangelista nos presenta varios signos interesantes para la reflexión; por ejemplo cuando le mandan decir a Jesús que Lázaro está enfermo, se queda dos días más, es decir parte hasta el tercer día, y cuando llega a resucitarlo le dicen que lleva ya cuatro días muerto, eso quiere decir que lo resucitó al séptimo día… coincidencia o interés del evangelista por mostrar a Jesús con el poder de Dios y recordar que la salud corporal no es ms importante que la salud espiritual por lo que no debe correr ninguna prisa.

Ir a Judea, significa subir al sacrificio, al cumplimiento de su misión. De ahí la expresión: ¿Acaso no tiene doce horas el día? El día y sus doce horas significan la jornada de la misión que Dios, su Padre, le encomendó, sin escatimar los riesgos. Quienes como Jesús caminan de día, es decir, de acuerdo con el plan de Dios, no tropiezan porque Cristo se presenta como luz del mundo.

“Lázaro nuestro amigo se ha dormido, pero yo voy ahora a despertarlo”. En la literatura bíblica, “dormir”, además de su significado natural, frecuentemente se usa en relación con la muerte. Se dice que una persona se durmió en vez de “falleció” por la similitud de apariencia entre un cuerpo dormido y un muerto. El objeto de la metáfora que Jesús utiliza, sugiere que, así como el cuerpo duerme, y no deja de existir mientras reposa, de la misma manera quien ha muerto sigue existiendo a pesar de su ausencia en la esfera humana. Despertar al que duerme o al que fallece; es la expresión de Jesús para “resurrección”

Los judíos acostumbraban a enterrar a sus muertos, envueltos con vendas, después de haberlos preparado, lavándolos. En caso de personas distinguidas se les ponía ungüentos, perfumes y bálsamos.

Debido a las condiciones climáticas de calor en Palestina; la costumbre era enterrar a los muertos el mismo día, tanto por razones de higiene como de pureza; excepto el sábado o en día santo.

El lugar para depositar el cuerpo era una cueva, en una ciudad, en el campo, al pie de un árbol o en un jardín privado. Los pobres eran enterrados en fosas comunes o en simples cuevas.

Lázaro fue enterrado en una cueva, poniendo a la entrada, según la costumbre, una gran piedra rodada.

No queda duda que ante la orden de Jesús de “salir” de la cueva o levantarse, es el gesto que utiliza para referirse a la resurrección y a la vida.

Lázaro sale del sepulcro “atadas las manos y los pies” símbolo del poder del mal y de la muerte que amarra y paraliza; que impide movilizarse en la vida; vivir. Desatarlo es quitar los obstáculos para poder caminar o moverse y el velo o sudario que envuelve la cabeza, que oscurece la vista y la incertidumbre de un camino seguro, para mirar el nuevo y claro camino que Jesús trae a todos los que creen en Él.

El capítulo doce del mismo evangelio nos dice que Jesús había ido a Betania seis días antes de la pascua y hubo ahí una fiesta, en la que Jesús participó con sus amigos Lázaro a quien había resucitado, sus hermanas Marta y María y otros invitados.

En esta fiesta María aprovechó la oportunidad para mostrar su amor profundo a Jesús, ungiéndolo con perfume de nardo y enjugando sus pies con su cabello.

Según el evangelista San Juan Jesús murió la víspera de la pascua judía y el séptimo día resucitó, es decir el día del Señor que en adelante se llamaría “Domingo”

El texto nos habla de la importancia de la verdadera vida que Jesús, “El Mesías”, ha venido a traer mediante su pasión muerte y resurrección.

Debe ser terrible estar muerto en vida; sin fe, sin esperanza, sin alegría. Vivir en un sepulcro que se llama día a día, sin poder disfrutar de todo lo que Dios ha puesto en el tiempo y el espacio para sus hijos.

Solo la fuerza del Espíritu hace renacer la esperanza, rompe las cadenas de la muerte y restituye la vida en plenitud. Jesús quiere sacarnos de nuestros sepulcros, de miedo, de vicios y rencores; levantarnos y despertar a una nueva vida.

Nuestra doctrina nos enseña a creer en la resurrección del último día; después de que experimentemos la muerte física; pero Jesús nos enseña que la resurrección del corazón puede suceder cada día.

El milagro más grande de la existencia humana no es vivir, sino vivir con sentido, con orientación y significado, iluminados con el don de la fe: “Adhesión libre de la voluntad a las verdades reveladas por Dios en su palabra”, y particularmente en la palabra hecha carne; su hijo Jesucristo, que nos trae la verdadera vida y el rumbo correcto de la vida. “El que crea en mí, aunque haya muerto vivirá y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre”.

El padre Javier Gómez es párroco de la Parroquia San Juan de los Lagos, Torreón. Colabora con datos históricos de la Diócesis de Torreón.

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