Lo reconocieron por la palabra y al partir el pan

Por: Pbro. Javier Gómez O.

CODIPACS.- Reconocer a Jesús después de su muerte y resurrección es tarea difícil para cualquiera y más aún para lo que no creen. Es necesario contar con el don del espíritu santo para discernir los signos y maneras como Jesús se aparece, y se manifiesta.

Con frecuencia escuchamos la pregunta… ¿Y dónde está Dios; dónde lo puedo encontrar; como puedo verlo…? En cierta ocasión un barbero recibió a un cliente y para pasar el tiempo mientras le cortaba el pelo y le rasuraba, entraron en amena charla.

Al tocar el tema de Dios, el barbero insistió en que Dios no existe porque, como puede permitir tanto sufrimiento y dolor; asesinatos y muerte por todas partes, hambre y miseria, guerras, destrucción y tantas barbaries. El cliente que era muy creyente, para no entrar en discusión prefirió callar.

Al salir de la barbería vio a un hombre con el pelo largo y sucio y la barba desaliñada y sucia también; antes de abandonar la barbería se dirigió al dueño y le dijo: ¡los barberos no existen!… a lo que rápido contestó; claro que existen yo soy barbero. El cliente reviró: No existen porque, si existieran no habría personas como ese hombre desaliñado en su pelo y su barba.

Lo que pasa es que ellos no vienen a mí, por eso están de esa manera.

Así es; Dios también existe, pero no le buscamos o no le reconocemos en el camino de la vida y preferimos andar desaliñados, tristes, perdidos y sin esperanza.

Los discípulos de Jesús al principio estaban desconcertados con su muerte, pero fueron leyendo los signos de la presencia de Cristo resucitado.

El primer signo es la “escritura”. En la primera lectura de los hechos de los apóstoles; El apóstol Pedro se pone de pie para decir que Cristo es el anunciado y acreditado por Dios con milagros, prodigios y señales.

Los profetas anunciaron al mesías. El patriarca David era profeta y Dios le había prometido que un descendiente de él se sentaría sobre su trono. Pedro dice que Jesús es el descendiente, el mesías elegido por Dios. Así que la escritura se cumple.

Los discípulos de Emaús tenían dificultad para reconocer los signos de la presencia de Jesús; sus ojos estaban nublados de tristeza, de desilusión y no alcanzaban a mirar más allá. Sus esperanzas estaban enterradas en el sepulcro. Ni las noticias del sepulcro vacío hicieron eco en sus corazones. Estaban derrotados, desanimados y desconcertados, pero hasta allí. Por eso Jesús, por el camino a Emaús, les empieza por hacer un recuento de la escritura y las profecías mesiánicas que apuntaban a su persona.

Dios pensó en él desde la creación del mundo para la salvación, por medio de su sangre, pero fue revelado a ustedes al final de los tiempos dice el apóstol Pedro en la segunda lectura. La profecía de la escritura se ha cumplido. Cristo es el cordero sin mancha ni defecto con cuya sangre fuimos rescatados. El contenido de este texto tiene una connotación claramente pascual, donde Cristo es el cordero del rescate que con su sangre nos libera de una antigua y no tan santa manera de vivir.

El segundo signo es la “eucaristía”. Lo reconocieron al “partir el pan”, antes de esta acción, no sabían quién era, pero poco a poco y entrando en amistad y confianza, se les abren los ojos y es con la acción de partir el pan como lo reconocen.

Esta acción en adelante se convertirá en la clave de la eucaristía. Decir “partir el pan” será sinónimo de eucaristía. Su corazón ardía, como las lenguas de fuego del Espíritu Santo; su vida y su persona se convirtieron en campo de oportunidad para la presencia del Espíritu y del resucitado.

Los discípulos de Emaús aprendieron la lección; del desanimo, la tristeza y el desconcierto a la fe de la presencia de Cristo con el pan de la palabra y de la eucaristía.

Emaús es el camino de la fe que todos los cristianos debemos recorrer, sin perder de vista la importancia de la escritura, la palabra, la profecía y su cumplimiento, asimismo, la eucaristía, para reconocer a Jesús como nuestro Señor. No ha muerto el Señor, está vivo, se ha mudado a nuestros corazones y ahí permanecerá hasta el fin de los tiempos.

El tercer signo es la “Iglesia”. El nacimiento de la Iglesia se da en pentecostés, donde los discípulos reciben el don del Espíritu Santo, haciendo presente a Jesucristo en el mundo por la palabra y los sacramentos.

La vivencia de la fe en comunidad es donde se siente la presencia de Cristo; esta primera comunidad cristiana, representa a la “Iglesia Madre” que hará fructificar la fe en todo el mundo según el mandato de su fundador.

Hoy en día sigue siendo para la iglesia de Jesucristo, un reto hacer sentir su presencia, especialmente para los creyentes pero también para los no creyentes. La fe y la celebración de “la fracción del pan”, la eucaristía celebrada de manera comunitaria, como lo hicieron las primeras comunidades, debe ser el camino de encuentro con nuestros hermanos en la fe y también la manera de aprender y reconocer al Señor resucitado, que se sigue haciendo presente en la vida de las comunidades de diversas maneras.

Este relato de Emaús es sin duda uno de los relatos pascuales más significativos para encontrar el camino de reconocimiento de Cristo resucitado.

La escucha de la palabra que constantemente se proclama en nuestras comunidades de estudio, de reflexión, o para la evangelización; es claramente el recurso más ilustrativo para abrir nuestro corazón y nuestra mente a la presencia de Cristo resucitado.

Si al escuchar o leer la palabra sagrada, “nuestro corazón arde”, es el signo de que Jesús está a nuestro lado y va sembrando el ardor y la emoción en nuestra mente y nuestro corazón. Si al celebrar la eucaristía y al alimentarnos del “pan partido”, descubrimos que se han reparado nuestras fuerzas, nuestro ánimo y nuestra esperanza; es signo de que Jesús está ahí alimentando nuestra alma y nuestra vida para seguir en la lucha por construir comunidad.

Lo importante es no olvidar el acontecimiento salvífico; no olvidar a Jesús. Es por ello que la Iglesia como madre, enseña a sus hijos la importancia de este hecho a través de la escucha de la palabra, de la fracción del pan y de la fraterna vida de comunidad.

Sin embargo, no es el ritual lo que importa. Hoy existen muchas cartas pastorales, libros de evangelización, tomos completos sobre teología etc. Los discípulos de Emaús no leyeron el texto de la escritura, sino que escucharon a Jesús vivo en su corazón; asimismo no celebran la liturgia eucarística, sino que se sientan como amigos a compartir fraternamente el pan de la vida que es Cristo mismo que los alimenta.

Indudablemente que el primer paso que hemos de dar, es sentir la necesidad de escuchar a Jesús que nos habla al corazón para que arda emocionado con su presencia y sus enseñanzas. Buscar la oportunidad para decirle que se quede con nosotros porque necesitamos de su palabra, de su consejo y de su guía para vivir en plenitud la pascua de resurrección como Él lo hizo.

¿No será problema actual, el ritualismo, el intelectualismo, la mediocridad, el desencanto, la indiferencia o la rutina? ¿No hará falta un contacto más cercano, directo con el resucitado? ¿No faltará sentarnos como hermanos a la mesa de la palabra y de la fracción del pan en un nuevo Emaús para descubrir la salvación, para repetir sus palabras, imitar sus gestos, sus acciones en cualquiera de los espacios donde nos encontramos; el trabajo, la casa, la diversión, el estudio, las reuniones, la celebración de los sacramentos etc.?

Debemos descubrir por la fe, la presencia viva de Jesús. No estamos solos, el maestro camina con nosotros. Tenemos un hogar, un nuevo Emaús que es nuestra madre la Iglesia y ahí encontraremos al Señor resucitado, “todo es cuestión de fe y de tiempo.”

Será importante pasar del desanimo, la tristeza y el desencanto, a la confianza de que hemos descubierto en la palabra divina, en la eucaristía y dentro de la Iglesia, la presencia viva del resucitado que guía nuestros pasos hasta la vida plena.

El padre Javier Gómez es párroco de la Parroquia San Juan de los Lagos, Torreón. Colabora con datos históricos de la Diócesis de Torreón.

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