La ofrenda de la vida por el reino de Dios, para encontrarla en la eternidad

Por: Pbro. Javier Gómez O.

CODIPACS.- Las consecuencias del seguimiento de Cristo no siempre son agradables, incluso a veces dolorosas y tristes. La paradoja más significativa del seguimiento es la disposición del discípulo de perder incluso la vida por Cristo para ganar con ello la vida eterna.

La tradición antigua revela el designio de Dios y su deseo de ser reconocido y adorado antes que cualquier otra cosa. “Escucha Israel”; amaras al señor tu Dios con todo tu corazón con toda tu mente y con todo tu ser (Dt.6, 4-5). Este es el primer mandamiento de Dios a su Pueblo. Jesús por su parte dice: El que ama a su padre, a su madre a su hijo o hija más que a mí, no es digno de mí (Mt. 10, 37). No hay medias tintas; nada de mediocridad.

El seguimiento es radical, total. Jesús se pone a la altura del mismo Dios de quien proviene. Primero Él antes que los afectos y sentimientos humanos de pertenencia y aún de la misma vida.

Pero la radicalidad del seguimiento no quedará sin recompensa. El que gasta su persona y su vida por el proyecto de Jesús, encontrará como premio una vida plena, nueva y mejor.

Más aún quien se arriesga a atender y cuidar de un discípulo, de un profeta o de un apóstol, dice Jesús, también recibirá recompensa por tal acción.

Un ejemplo significativo lo encontramos en el trato que la Sunamita da al profeta Eliseo por ser un hombre de Dios y atenderlo de acuerdo a su investidura; por ello recibe el premio que más anhelaba, el don de la maternidad que por medio del profeta Dios le concedió.

Creo que podemos identificar lo que es una pérdida involuntaria que puede relacionarse con una estafa, un robo, extorsión u otra forma de pérdida. Podrá ser algo significativo o no y dependerá de la actitud que tomemos ante dicha perdida, para que podamos salir delante de dicha situación o no.

Por otro lado la pérdida voluntaria, es decir la disposición de ofrecer libre y voluntariamente lo que se va a perder, como el caso del seguimiento, la vida misma, desgastada en el servicio de Cristo y del Evangelio, esto adquiere un significado distinto y una valoración diferente.

No es raro que a muchos este programa les parezca utópico y difícil de realizar por su aspereza e incomodidad, por su rudeza y aparente insensibilidad.

La relativización de los afectos familiares por parte de Jesús está, en función de la prioridad que es el reino de Dios y su justicia, sin los cuales, cualquier relación humana de cualquier nivel no será posible y solo traerá sufrimiento, dolor y tristeza.

Así contestó Jesús a sus padres cuando al buscarlo, y encontrarlo en el templo les dijo: “¿Porqué me buscaban, no saben que tengo que ocuparme de las cosas de mi Padre?”(Lc. 2, 49), también al avisarle a Jesús que su Madre y sus parientes le buscaban; su respuesta es tajante pero llena de sentido: “¿Quiénes son mi madre y mis parientes? Y mirando alrededor dijo: estos son mi madre y mis parientes porque quienes cumplen la voluntad de Dios son mis parientes” (Mc. 3,33-35). Queda claro que la intención de Jesús no es menospreciar los lazos familiares y sus afectos, sino ponerlos al servicio del reino. María hizo exactamente eso y Jesús la está exaltando por su generosidad y desprendimiento en favor del reino.

Después de los lazos familiares Jesús exige algo más valioso aún; “la propia vida “de tal suerte que tiene que ser dada libre y conscientemente en función de un bien mayor: “el reino de Dios” y quien se gasta la vida en esta tarea encontrará la plenitud de la misma.

Esta es una paradoja que deja una enseñanza sin retorica ni juego de conceptos; al final la vida será plena para el que la utiliza en beneficio del reino de Dios y del Evangelio.

Según la óptica de la economía humana; esto es un mal negocio. Según la óptica de Jesús es una buena inversión para la vida eterna. Tómela o déjela.

Desde la perspectiva de Cristo la cruz, es decir el sufrimiento, la vida y todo lo que le concierne, es la manera más clara de renunciar a intereses o deseos personales, para dedicar la mayor parte del tiempo a Jesús y su evangelio.

Quizá nunca como ahora hemos sentido el temor de perder la vida por inseguridad, accidente o enfermedad o cualquier otra circunstancia de la vida, se dice que actualmente el suicidio va al alta y especialmente en jóvenes; ¿que estará pasando por la mente o el alma de las personas de esta generación?

El mundo con sus frivolidades y encantamientos posiblemente nos orilla a relativizar la opción por Cristo y el Evangelio planteando pequeños dilemas o decisiones que inclinan el ánimo a favor o en contra del proyecto de Dios.

La cruz de Cristo es, pues una opción que no debemos soslayar, ya que nos acompaña desde el bautismo, como primera señal que recibimos.

Muchos de nosotros posiblemente hemos olvidado el valor y la fuerza que tiene el propio signo y su contenido; o hemos caído en la rutina y la mecánica de “persignarnos” sin más sentido que la costumbre. “Por la señal de la santa cruz; de nuestros enemigos líbranos Señor Dios nuestro”. Uno de estos enemigos es el peligro de vivir una fe cristiana sin cruz; una fe acomodaticia a nuestras necesidades o caprichos; una fe de bienestar y satisfacción, sin compromiso, sin esfuerzo sin lucha sin dolor, en fin, una fe sin cruz.

La “cruz” (Gr. “staurós”= palo o estaca puntiaguda) era un instrumento de castigo y de ejecución capital utilizado en el tiempo de Jesús por las autoridades romanas.

En el N. T. aparece también la palabra “Xilón” traducido como poste o árbol al cual se ataba al condenado con cuerdas y se fijaba con clavos.

Muchos autores del N.T. utilizan el vocablo “madero”, Árbol” (Hech. 5, 30; 10,39; Gal.3, 13). Séneca en sus diálogos dice que veía cruces en el lugar, de distinta forma y construidas por diferentes personas para colgar a sus víctimas, cabeza abajo algunos, empalados otros (estacado el cuerpo en el madero) y otros más colgados los brazos sobre el “patíbulo” (era el palo transversal que se unía al asta vertical enterrada en el suelo o a un tronco vertical de árbol. Generalmente el patíbulo lo llevaba el condenado en la espalda y los brazos atados a él)

Teológicamente Jesús se refirió a la cruz de manera simbólica y espiritual, provocando con ello el escándalo y rechazo de los discípulos (Mt. 10, 38) porque la sola mención de la cruz provocaba horror y repulsión ya que era el suplicio y condena cruel aplicada a los malhechores.

Esto explica también las dificultades que experimentaron las primeras comunidades cuando en la tarea de la evangelización tenían que mencionar la muerte de Jesús en la cruz. Ello provocaba el rechazo por parte de judíos y paganos.

Sin embargo después de la resurrección los discípulos tomaron resueltamente la determinación de asumir el reto que la cruz les significaba.

San Pablo por ejemplo nos muestra su orgullo en torno a la cruz de Cristo (Gal.6, 14) y poco a poco la cruz toma un significado cristiano distinto. El “Trono” de la cruz para mostrar el “Señorío y la Realeza de Jesús”.

Jesucristo el hijo de Dios murió crucificado una sola vez y para siempre, según el plan anticipado de Dios. Así la cruz se convierte en síntesis del misterio salvífico de Dios para la humanidad. Esto es lo que San Pablo llama “La locura de Dios y la locura de la cruz”. En esa locura de Dios hemos sido bautizados; bautizados en la cruz de Cristo y en su muerte para resucitar con Él (Rom. 6,3 ss.).

Tomar la cruz de Cristo es aceptar su vida, su misión, su presencia salvífica en el mundo y seguir este mismo proyecto antes que otras cosas o a pesar de otras muchas cosas. Darle prioridad a la instauración del reino de Dios entre nosotros mediante la justicia el amor y la verdad.

“¡Padre!… pida mucho por la cruz que me tocó… me decía una señora ya entrada en años, para pedirme oración por su esposo y por la relación que llevaban hasta el momento. Yo le contesté: “Sí hija voy a orar… pero por la cruz que tú escogiste, si la encuentras pesada y difícil de llevar es cosa de fijarse bien desde el principio para no echar malas”. Pero aun así, no estamos desamparados en la lucha por remediar nuestras limitaciones si le apostamos al proyecto de Cristo y de su reino.

La prioridad del reino es antes que los afectos y sentimientos humanos o familiares. Más aun es ahí en la familia y su entramado de relaciones intrafamiliares y personales donde hemos de dar testimonio del reino de Dios y de su justicia.

La mies es mucha y los trabajadores pocos, hacen falta trabajadores para el reino de Dios. Pidamos al dueño de la mies envíe abundantes y buenos seguidores y trabajadores de su reino y la fortaleza de ánimo ante las dificultades que hoy nos presentan la tarea de la evangelización y el seguimiento de Cristo.

El padre Javier Gómez es párroco de la Parroquia San Juan de los Lagos, Torreón. Colabora con datos históricos de la Diócesis de Torreón.

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