Por: Pbro. Javier Gómez
Sab. 9, 13- 19; Salmo 89; Flm. vv. 9-10. 12-17; Lc. 14, 25-33
CODIPACS.- Al igual que varios de los libros que en la biblia se conocen como “escritos” en hebreo “ketubim”, nacen bajo la influencia de la corriente “helénica” del pensamiento y filosofía griega; el libro de la sabiduría del cual escuchamos el texto de la primera lectura, nace en este tiempo (50 a.C.) como respuesta a la fuerza e imposición de dicha corriente a los pueblos conquistados como Palestina.
Es una reflexión filosófica teológica, donde el hombre se pregunta a sí mismo sobre el sentido de la vida terrena, la trascendencia y la relación con Dios y sus designios. La naturaleza de su ser, la dualidad del ser humano, con un cuerpo que entorpece el alma y el entendimiento (deja ver la influencia de la escuela aristotélico-platónica de que el cuerpo es la cárcel del alma) Para tener claridad sobre estos asuntos se requiere de la sabiduría de Dios y la fuerza de su espíritu, para poder caminar rectamente y enderezar los caminos cuando es necesario.
Salomón entendía esto al inicio de su reinado y siendo joven, tuvo un sueño en el que Dios le dijo: “Pídeme lo que quieras y te lo daré” a lo que Salomón responde pidiéndole a Dios sabiduría para gobernar a su pueblo con rectitud y juzgar entre el bien y el mal. (1 Re. 3, 4, ss.)
La debilidad no es solo algo negativo en la vida humana, es, como algunos reconocen, un campo de oportunidad que pide ayuda, consejo, apoyo para poder transformarse en capacidad y desarrollo correcto de la tarea encomendada. Estos son los que agradan a Dios y se salvarán.
De la misma manera que el libro de la sabiduría; el salmo responsorial retrata lo que es el ser humano, su naturaleza y su vida, así como la necesidad que tiene del creador y de su ayuda, misericordia y sabiduría para lograr la sensatez y cordura, para reconocer la gloria de Dios y el valor de su reino, herencia de los que le temen y cumplen su voluntad.
Dice una sentencia sabia; que es de humanos equivocarse, pero es de sabios enmendar el camino. San Pablo nos presenta una carta que es textual y literariamente una sencilla carta de un solo capítulo, del cual escuchamos los versos del 9 al 17 pero conviene en casa leer toda la carta que es por demás interesante.
Pablo en la cárcel, posiblemente en tránsito hacia Roma, en la fortaleza de Cesarea, junto con otros cristianos; escribe la carta a su amigo y colaborador Filemón (Gr. Philemón = amigable, afectuoso) originario de Colosas; a Apia (Gr.Apfia = fecunda) probablemente esposa de Filemón y a Arquipo, (Gr. Arquippo, adiestrador de caballos). Colaborador en la misión y probablemente trabajador de su casa.
Al parecer Filemón era un hombre rico y bien posicionado. El objetivo de la carta es recomendar a Onésimo (Gr. Onesimos = útil, servicial) Este era un esclavo que se escapó de la casa de Filemón con algo de dinero de su amo. Llegó a visitar a Pablo, a quien había conocido en casa de Filemón; en su visita a Pablo, en Roma, se convirtió al cristianismo y se bautizó.
Ahora Pablo se siente en la necesidad de regresarlo a la casa de su amo, pero en distinta condición, ya no como esclavo sino como hermano y colaborador de la fe. Anteriormente no te fue útil pero ahora si lo será, dice en su carta.
Seguramente Pablo tenía en mente que una vez bautizado y a su regreso a Colosas, debía pedir perdón a Filemón por la ofensa infringida. En cuanto al dinero sisado, Pablo le dice a Filemón que lo anote a su cuenta.
Así se podrá dar la reconciliación entre ambos y Pablo le sugiere reciba a Onésimo como un hermano bien amado que le será útil ya no como esclavo sino como hermano en la fe y en el trabajo evangelizador.
Este pequeño, pero significativo escrito puede considerarse como un “manifiesto” cristiano en contra de la esclavitud. Aunque el escrito no lleva tono de exigencia en lo jurídico o legal, sino de confianza en las relaciones fraternas de los primeros cristianos; por ello confía en que Filemón no va a someter a Onésimo a los castigos y consecuencias legales que le ameritaba su acción.
Pablo apela al comportamiento cristiano de reconocer a todos como hijos libres de Dios, para quien la esclavitud es y será un pecado grave.
La carta fue llevada, desde Roma, junto con la carta de Pablo a la comunidad de Colosas, por medio del mismo Onésimo y su compañero Tíquico (Gr. Tykhikós = Afortunado, feliz) al amigo y colaborador Filemón.
Ser cristiano de verdad, comporta acciones y sentimientos que transforman el mundo, las estructuras y las personas en beneficio del reino de Dios. Las exigencias del seguimiento de Cristo son radicales y difíciles. El texto de Lucas este domingo muestra las exigencias del discipulado y del seguimiento de Jesús con dos significativas comparaciones que llevan en sí una gran lección para la vida de fe de los cristianos en todos los tiempos.
Caminaba en su tiempo Jesús con “una gran muchedumbre”. El mensaje de Jesús no está limitado al pequeño grupo de cercanos discípulos, sino abierto a todos aquellos que simpatizaban con su doctrina y querían seguirle.
Lo más cercano a una persona es su familia y por ella está dispuesto a hacer lo que sea por mantener su seguridad y bienestar; el padre, la madre, esposa e hijos, hermanos y hermanas, son su máxima preocupación e interés (no siempre… hay sus horrorosas excepciones) pero por regla general esta institución familiar goza de la atención y preferencia.
Jesús por su parte exige a sus seguidores y discípulos, ese trato por encima de cualquier otra preferencia. El término que el evangelista utiliza es precisamente el término de “preferencia”; sin embargo en el texto hebreo original aparece el verbo “odiar”; “Si alguno no odia a su padre…” Pero el término se refiere más que al sentimiento de rechazo violento, pasivo hacia alguna persona; es más de preferencia o elección de alguna cosa, situación o persona, sobre otras.
Según algunos estudiosos biblistas, dicen que Lucas prefirió cambiar la palabra usada en el lenguaje hebreo por el verbo “preferir” para evitar malos entendidos entre los no judíos, paganos convertidos a la fe cristiana.
El que se decide a seguir a Jesús tiene que calcular los riesgos y las obligaciones; la disciplina y las exigencias que ello lleva.
No es extraño en nuestro tiempo encontrarnos con personas que luego de alguna dificultad o problema por el trabajo pastoral de una comunidad; deciden dejar todo bajo diversas justificaciones o pretextos. En el fondo se encuentra el mal cálculo del seguimiento de Cristo. Cuesta tanto decidir “la vida” en el servicio que preferimos quedar en el ridículo de no haber terminado con el proyecto, no de “una torre” sino de la vida, la fe y del reino.
Quien se propone construir una torre y no la termina; no construyó media torre; simplemente no completó el proyecto. Quien quiere realizar su vida en el servicio de Dios y de su reino en el seguimiento de Cristo y no termina o se queda a la mitad del camino; no trabajo la mitad del proyecto, simplemente no lo logró. Quien decide construir una familia en matrimonio y luego se separa de su esposa o esposo, no construyó media familia; simplemente no logró el objetivo de formar una familia.
“De la vista nace el amor”… dice un refrán y “el interés tiene pies”… Dice otro. Si verdaderamente nos interesa el proyecto de Jesús y lo vemos y sentimos como una preferencia sobre otros asuntos de la vida común y de las exigencias del mundo terrenal; debemos mostrar dicha preferencia por encima de estos y aún a costa de la renuncia, no a los lazos familiares ni a los sentimientos que lleva en su estructura original, sino a preferir el seguimiento de Jesús el cual con sus enseñanzas garantiza la estabilidad y éxito de las relaciones interpersonales, familiares y comunitarias.
Los “apegos” pueden y de hecho son un impedimento para el auténtico seguimiento de Jesús. Además de la familia, Jesús al final menciona los bienes terrenales como un impedimento para trabajar en la misión del reino. Este Reino es el fin principal y deben crearse los medios y actividades para lograrlo.
En la Iglesia debemos hacer un examen autocrítico de nuestra misión y hacia donde está orientada. En los años más recientes, parece que hemos querido justificar nuestra apatía, desinterés y anti- testimonio, con problemas de carácter político, social, laboral, económico y hasta religioso.
La Crisis de vocaciones sacerdotales, religiosas y laicales, matrimonios desunidos, división, celos y envidias en las comunidades; son consecuencia de actitudes que tristemente se “prefieren” antes que el servicio, el respeto, la generosidad, la disciplina; en fin, el amor a Dios y a los hermanos en el proyecto del reino.
Poner la confianza y la seguridad en los bienes terrenales es poner el corazón en aquello que nos aleja de Dios.
Ciertamente estamos en tiempos en los que los valores del reino, con frecuencia, no forman parte de los proyectos humanos y de sus necesidades morales; por lo que se opta por distintas opciones que parecen viables y correctas; pero pronto traen las consecuencias de la equivocación y decisión tomadas.
No se puede servir a dos amos, escuchamos hace algunas semanas, pues se amará a uno y se odiará a otro. En este sentido tenemos que aprender que el seguimiento de Jesús es renuncia voluntaria a otras alternativas o posibilidades de realizar la vida. Pero la opción por Cristo nos asegura una mejor ganancia; la vida eterna.
El padre Javier Gómez, es párroco de la Parroquia San Juan de los Lagos en Torreón.