Por: Pbro. Javier Gómez O.

CODIPACS.- No resulta extraño en nuestros días, las prácticas lejanas a la fe cristiana y católica, suplantada por modelos, ideologías y pensamientos que de pronto parecen más acciones en contra de la fe que a su favor.
Algunos “bautizados” en la fe católica, prefieren manifestar su fe de manera masiva, popular y sin compromiso alguno. Festejar los acontecimientos de la vida familiar, personal o social, con acciones rituales externas que no llegan a la raíz de lo que verdaderamente es la fe. (Misas festivas de XV años, matrimonios, bautismos, 3 años, fiestas de celebración una determinada devoción: San Judas Tadeo, Virgen de Guadalupe, Inmaculada Concepción, de San Juan de los Lagos.)
Las prácticas de la religiosidad popular, no son malas, pero hay que encausarlas por el rumbo que la doctrina cristiana y católica nos ofrece para no causar confusión, desorientación y caos espiritual entre el pueblo de Dios.
El profeta Oseas (S.VIII a.C.) vivió en una época en la que el pueblo de Israel se había apartado del verdadero camino de Yahvé y había puesto su confianza en otras formas distintas a la recta fe de la alianza.
Es una época de guerras e incursiones de naciones poderosas como Asiria que estuvo al acecho de Judá e Israel por mucho tiempo. Hasta el S.VIII con la llegada al trono Asirio por parte de Teglatfalasar III, y a la muerte de Jeroboam, rey de Israel, aparece la debilidad de este pueblo y de Siria y aumenta la presión del poder Asirio sobre ellos.
La descomposición social, política y religiosa, a la que había llegado el pueblo de la alianza era tal que ya no distinguían entre el verdadero Dios de Israel y los dioses paganos a quienes rendían culto bajo el nombre de “Baal” que más que un nombre personal era un apelativo que significa “señor “y era invocado como Dios cananeo de la fertilidad, asociado a la naturaleza y vinculado con la producción agrícola. Así cada comunidad o pueblo tenía su Dios propio de la fertilidad y era su “señor” de la localidad.
Era conocida en Israel la contaminación de “deidades” paganas que habían hecho mella en la verdadera práctica de la fe israelita. Esto es lo que critica fuertemente el profeta Oseas, echándoles en cara que su fe y su amor a Dios más parecen una nube mañanera o rocío matinal que se evapora.
Dios les pide conocimiento y amor sobre su ser divino, más que holocaustos y sacrificios, que más parecen un culto vacío y hueco, sin espíritu.
Más que el ritual ceremonioso y ostentoso; Dios quiere una verdadera conversión y la ofrenda de un corazón contrito y humillado. No se cansa el Señor de llamar al hombre caído por el pecado a levantarse e iniciar una nueva vida.
Todos somos candidatos para la reconciliación y la salvación; lo único que hace falta es participar en el proceso y tener la convicción de que Dios nos invita a participar en esta acción de fe.
Abraham, contra toda esperanza esperó y confió en la invitación de Dios para participar en el proceso de la historia de la salvación y le creyó, que haría de él, padre de una gran nación: “Tan grande como las estrellas del cielo” (Gen. 15, 5-6) Su fe nunca decayó a pesar de las adversidades de carácter físico, por la edad y la esterilidad de su mujer que también era anciana.
La fe de Abraham se fortaleció y con ello pudo dar testimonio de la gloria de Dios y del llamado que le hizo a participar en la historia de la salvación. Dios por ello le acreditó como justo y lo consideró como hombre confiable, porque era un hombre bueno y de fe inquebrantable, puesto a prueba en lo más profundo de su persona y de sus convicciones.
El mal y el pecado siempre han acompañado al ser humano en su historia, como también le ha acompañado la inspiración del bien y el deseo de hacer lo bueno.
Lo importante para la humanidad es dónde pone su confianza; donde están sus “asideras” o sostén en los momentos difíciles de la existencia.
La libre determinación de la voluntad para escuchar a Dios y seguir su consejo y las inspiraciones de su espíritu y de su palabra, harán la diferencia en el caminar de la vida y el acierto para encontrar la paz y la alegría de nuestro Señor.
Ejemplo de ello lo encontramos en el llamado que Jesús hace a Mateo, un recaudador de impuestos, y por lo mismo rechazado por los judíos como un pecador sin remedio. Esa vida aparentemente echada a perder para muchos puritanos y observantes de los rituales, holocaustos y sacrificio, se convierte para Dios en un campo de oportunidad para la conversión, la paz, el perdón, la reconciliación y sobre todo para un nuevo modo de vida, de un ser humano llamado a la salvación.
La palabra clave en este episodio es “sígueme”. Lo que el evangelio nos dice por medio del mismo evangelista es que inmediatamente se levantó y lo siguió. Esta es la libre determinación de su voluntad, para encontrar algo diferente a la conducta hasta entonces observada, por las exigencias de su entorno y por sus convicciones, o por su deseo de acumular poder, por medio de los recursos materiales que el oficio le presentaba.
Resulta obvio que este personaje “recaudador de impuestos” y su oficio, eran reprobables ante el pueblo judío y evangélicamente representa una “enfermedad” del espíritu, una conducta reprobable en sí misma. Este mal había atrapado a un ser humano que ansía ser liberado de ello. Razón por la que Mateo, inmediatamente se levantó y siguió a Jesús.
El personaje en cuestión es un hombre, con una condición social reprobable ante la óptica judía y ante las prácticas rituales de su tiempo.
Los publicanos en general (Gr. telones, recaudador) era una persona que tenía la concesión para recaudar los tributos. Del Gr. telos= tasa, impuesto. Era el responsable de recaudar los impuestos debidos a Roma como principal protector y dueño del territorio conquistado y sometido al imperio. El término que le correspondía a Mateo ere el de “arquitelones”, o “telones” es decir el de un director o dirigente de los recolectores de impuestos para el imperio romano. Era por decirlo así “el director de finanzas de un estado”, o subordinado directo del principal director puesto por el imperio, particularmente en el territorio de Cafarnaúm, lugar donde Jesús había puesto su cuartel general para su misión.
En general los recolectores de impuestos eran mal vistos y mal aceptados por la mayoría del pueblo judío a excepción de los Fariseos y escribas que dirigían el camino y los designios del pueblo, agobiándoles con cargas rituales procedentes de la ley de Moisés; según su interpretación, para poder manipularles y sacer el mejor provecho a su estructura ritual y a sus beneficios de carácter económico.
Jesús incluye a todos en el camino de la salvación y el ejemplo de mateo es verdaderamente impresionante por el llamado a la conversión por parte de Jesús y en segundo lugar por la respuesta voluntaria y decisiva de Matero, en seguir a Jesús y su proyecto.
Dios sigue diciendo hoy, y siempre, por medio de su Hijo Jesucristo que nos llama a levantarnos, a salir de nuestra postración, enfermedad, dolor o sufrimiento; que nada agradables son en la vida humana, para “seguirle” es decir, para cambiar de vida, de modo de pensar, de sentir y de obrar para que la “vida” don divino, adquiera su justa dimensión y su valor original.
Jesús fue incluyente y no dudó en llamar a quienes el decidió para una misión especial; llevar su mensaje salvador hasta los últimos rincones de la tierra.
Nos queda caro con esto, que la palabra final del evangelio es totalmente incluyente; “no son los sanos los que necesitan del médico sino los enfermos”, asimismo podemos afirmar que “no son los puros y santos los que necesitan de la salvación, sino los pecadores” para ello nos llega la oportunidad de decirle al Señor “Te seguiré” a donde quiera que vayas, y con ello la oportunidad de recibir de Él la plenitud y la gloria.
El padre Javier Gómez es párroco de la Parroquia San Juan de los Lagos, Torreón. Colabora con datos históricos de la Diócesis de Torreón.