La resurrección es el pilar de nuestra fe

Por: Fco. Javier Gómez O.

CODIPACS.- En la Iglesia católica esta celebración es reconocida como la “conmemoración” de los fieles difuntos. Esta palabra viene del latín “conmemoratio” (onis) que significa evocación o recuerdo y a su vez del griego “parádosis” que significa trasmisión o entrega de una enseñanza.

Así la conmemoración es el recuerdo de algo que se nos ha enseñado; es una tradición que se pasa de una generación a otra. Aunque las tradiciones no son exclusivas del ambiente religioso, es en este ambiente donde adquiere mayor significación por la variedad de contenidos que tienen relación con el aspecto espiritual y religioso.

La celebración de este día evoca el recuerdo de aquellos que vivieron entre nosotros y han terminado su peregrinación por este mundo y están en la presencia de Dios.

El profeta Isaías nos dice que ese día final, será como un día de fiesta donde el Señor del Universo preparará un festín con manjares suculentos, quitará el velo que cubre el rostro de todos los pueblos; tal vez se refiere al velo de tierra puesta sobre los difuntos, acabará el sufrimiento, borrará las lágrimas de los rostros y aniquilará la muerte para siempre.

Pero al fin es un banquete, signo de alegría y regocijo con la música, la comida y la bebida; todo es fiesta por la llegada de un hijo o hija a la casa del Padre.

Según las costumbres orientales, todo nuevo rey ofrecía un banquete el día de su entronización y hacía que se sirviera en el, los mejores platillos, bebidas y manjares para los invitados.

En el banquete del fin del mundo (el fin para cada persona) preparado por Dios para todas las naciones, para los que lo reconocen como el rey del universo, les quitará el oprobio y el miedo, acabará con la angustia última del ser humano, “la muerte” y entonces todo será fiesta y alegría.

Este es un himno de acción de gracias por todos los salvados y por el fracaso y derrota de sus enemigos; en particular del enemigo ancestral, Moab a quien Dios predijo desaparecería de la faz de la tierra. De esta manera se disponen confiados para el banquete de los últimos días que Dios mismo les preparará.

El texto de San Pablo a la comunidad de Tesalónica, habla del destino de los muertos; es una instrucción a la comunidad para que no pierdan la fe, que hace posible que no caigan en la tentación, en la angustia y tristeza por el destino de los muertos de la comunidad.

Sin duda que la comunidad estaba con la idea de la inminente llegada del Señor y su reino mesiánico.

La preocupación de los tesalonicenses era acerca del destino de ellos, los vivos, no tanto de los muertos; ya que la situación de hostilidad contra la comunidad, hacía que reflexionaran sobre lo que podría pasarles si morían antes de la parusía y de la resurrección.

Por ello san Pablo les invita a mantenerse firmes y no caer en la ignorancia y la falta de confianza que les llena de tristeza como los que no creen. “Porque si creemos que Jesús murió y resucitó; Así Dios por medio de éste Jesús, llevará con Él a los que murieron”

Se nota, según la reflexión del Apóstol, que la resurrección es consecuencia de la confesión de fe y los que mueren “en” Jesús, o por la cusa de Jesús; los que tienen esperanza, los que creen, los fieles a la fe; Dios, el Padre creador y soberano universal, los resucitará por medio de ése Jesús.

La fe nos da la confianza, es decir, confiamos en lo que Dios nos dice por medio de Jesucristo. El auténtico creyente, le cree a Jesús y a su palabra. Este es el reto de la fe; creer y esperar el momento final confiados en la vida eterna la vida que no acaba.

En estos días en que hemos celebrado también la fiesta de todos los santos; donde hemos promovido a los niños para que pierdan la vergüenza de vestirse como santos de su devoción o de su familia, con la intención de hacer contrapeso a las festividades del “Halloween”.

Un niño de unos cinco años me preguntó en la festividad de todos los santos, que para que había que comer el cuerpo de Cristo en la Eucaristía y yo traté de explicarle de la siguiente manera:

Tú tienes un cuerpo que está compuesto de muchos órganos necesarios para su buen funcionamiento; las manos, los pies los ojos, oídos etc. y los órganos internos, el corazón, los riñones, pulmones, etc. Y para que trabajen de buena manera, hay que alimentarlos sanamente, evitando así que se enfermen y pierdan su eficacia de ayudar al cuerpo a funcionar correctamente.

Así mismo tienes una “alma” que debes alimentar con alimento bueno y sano. Uno de esos alimentos es el cuerpo de Cristo que recibimos en la “Misa” que le da fuerza, de tal manera que el alma con dicho alimento se mantiene fuerte y firme contra las tentaciones del pecado. Le ayuda a evitar malas acciones que dañan su propia alma y la de los demás.

Asimismo, nos dice el evangelista San Juan, que Cristo es el pan vivo que ha bajado del cielo y el que coma de ese pan vivirá para siempre. Ese pan dice Jesús, es mi cuerpo, mi carne, para que el mundo tenga vida; El que crea y coma de ese pan recibirá de Jesús la resurrección y la vida eterna.

Todos tenemos deseo de perpetuar nuestro ser y vivir de manera distinta, pero vivir, no morir; el ser humano por naturaleza se resiste a la muerte.

La inmortalidad se ha instalado en la mente y el corazón de los hombres como una idea fascinante tanto a nivel personal como comunitario y religioso. De una u otra manera se sostiene la idea de la permanencia más allá de la muerte.

Cada religión le pone nombre al lugar de descanso de las almas al final de su vida terrenal: vida eterna, cielo, paraíso, nirvana, reencarnación, etc.

No en vano los altares de muertos en la cultura prehispánica nos recuerdan, según esta cultura antigua, el hombre tiene un destino perpetuo y que existe el lugar de los muertos a donde llegan las almas de los difuntos a vivir eternamente.

Los cristianos sabemos por parte de Jesús que la vida eterna existe y que debemos trabajar y luchar por conquistarla mientras estamos peregrinando por este mundo para que al final podamos gozar eternamente de dicho don.

Profesamos confiados que Creemos en la resurrección de los muertos y en la vida eterna; esta es nuestra fe la fe de la Iglesia que nos gloriamos de profesar.

Nos queda la satisfacción de que nos han enseñado que la vida eterna existe y que debemos trabajar por conquistarla.

Como el hombre que se esforzó por enseñar a un joven a cazar un pez con un arpón y después de tiempo le preguntó: ¿ya has logrado cazar un pez? A lo que respondió; la lección me ha quedado muy clara y la entiendo; lo único que me falta es afinar la puntería.

Animo hermanos hay que seguir luchando por afinar la puntería en el reto por conquistar el reino de Dios y la vida eterna que nos ofrece por medio de su hijo Jesucristo. Que no decaiga el ánimo y la buena voluntad para que llegado el momento podamos recibir el tan ansiado don.

Nos queda claro por otro lado, que no tenemos ninguna prisa; será cuando Dios así lo disponga, pero es seguro que tarde o temprano seremos llamados al examen final de la vida y por ello hay que afinar la puntería o estar bien listos para cuando llegue el día.

El padre Javier Gómez es párroco de la Parroquia San Juan de los Lagos, Torreón.

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