La sal y la luz en la vida y en el mundo

Por: Fco. Javier Gómez

CODIPACS.- La “luz” en Heb. “or”, “luminoso”; es un fenómeno físico que en la naturaleza humana es captado por el ojo, como si este fuese una lámpara para el cuerpo. Toda la revelación bíblica tiene infinidad de expresiones relacionadas con la luz.

Desde el inicio de la creación, es lo primero que Dios hace, para posteriormente continuar con su obra. Lo opuesto a la luz, son las tinieblas y en ellas no se puede hacer nada; por ello significan lo oscuro, lo malo, la muerte, en cambio la luz es la vida.

La sagrada escritura recurre frecuentemente a este fenómeno físico para darle un sentido metafórico, simbólico. Nos dice por ejemplo el profeta Isaías que cuando compartes tu pan con el hambriento, tu techo con el pobre, vistas al denudo y ayudes al necesitado; entonces brillará tu luz como la aurora.

Las obras de misericordia se identifican con la luz y quienes las practican son hijos de la luz. El profetismo de Israel también presenta la salvación mesiánica con la luz, como lo presenta el mismo Isaías en el cántico al redentor de Israel: “Haré andar a los ciegos por el camino desconocido y los guiaré por los senderos. Cambiaré ante ellos las tinieblas en luz y los caminos de piedras en pistas pavimentadas” (Is. 42, 16)

La luz refleja para el hombre la iluminación en la vida desde fuera para reconocer ahí las maravillas de Dios para sus hijos y desde dentro para luchar contra las fuerzas del mal representadas en las tinieblas, las cuales pretenden invadir el espacio interior del hombre y hacerlo oscuridad, inseguridad, maldad, es decir pecado.

La sal, en Heb. “melaj”, es un ingrediente esencial para el equilibrio hídrico del organismo tanto humano como animal, por sus componentes químicos como el sodio, iodo, cloro, etc. fundamentales en el ejercicio y actividades del organismo. También fue uno de los conservadores naturales utilizados desde la antigüedad para mantener los alimentos en buen estado y utilizarlos en etapas de escasez. Otro uso común es como condimento en la elaboración de los alimentos preparados para darle sabor y el tan conocido sazón.

La sal adquirió con el tiempo y el conocimiento de su uso y beneficios, carácter sagrado, de tal manera que la ley Judía pedía que todas las ofrendas dedicadas al Señor llevaran sal; recordando sus propiedades conservadoras y protectoras de la corrupción, en cambio prohibía ofrendas dulces o ácidas como la miel y la levadura que favorecen la fermentación y en consecuencia la corrupción.

Existen tradiciones y costumbres relacionadas con el uso de la sal y el significado en diversos rituales.

La sal en las ofrendas no debía faltar, igualmente el aroma del incienso era salado; la sal se utilizaba para curtir la piel del recién nacido, puesta sobre la tierra, esta quedaba consagrada a los dioses. En cambio, las tierras sembradas de sal quedaban estériles; el castigo de Dios a las ciudades malditas quemándolas con azufre y sal; la mujer de Lot que fue castigada convirtiéndose en estatua de sal etc., son ejemplo de la importancia de la sal en la literatura bíblica; llegó a ser considerada como moneda de cambio en muchos pueblos del Oriente Medio desde el Mediterráneo hasta el golfo Pérsico.

Se constituyó en “salarium” de donde viene la palabra salario, que era la porción de sal que recibían los soldados romanos por su trabajo. Así entramos a comprender la importancia que Jesús pone a la luz y a la sal, en el texto evangélico de Mateo que escuchamos este domingo. Está en función de la enseñanza que hace a sus discípulos para ilustrarles con los ejemplos de la luz. Los campesinos de palestina en tiempos de Jesús tenían una sola lámpara en sus hogares; y la sal que nunca faltaba en la casa.

Ambas son signo de las obras buenas indispensables en la vida del creyente. No se puede ocultar la luz y si la sal se vuelve insípida no sirve.

Así el discípulo, debe iluminar la vida y animarla con el ejemplo de la bondad y la misericordia, de la justicia y la verdad, de la reconciliación y el perdón y darle sabor a la palabra para que con el ejemplo sea creída y recibida con atención.

Los discípulos tendrán una tarea difícil, así que han de prepararse para ella de la mejor manera, y que mejor que poner en su inteligencia y en su corazón el deseo y la voluntad de producir muchas y buenas obras que viéndolas los hombres den gloria al Padre que está en los cielos.

Los cristianos de hoy seguimos siendo invitados por Jesús a ser Luz del mundo y sal de la tierra para gloria de Dios. En cada hogar y en cada comunidad donde habita la justicia y las buenas obras, habrá siempre luz y buen sabor en las relaciones interpersonales. Donde hay gusto y alegría por hacer el bien, brillan otras muchas virtudes que animan la vida y la fe.

San Pablo debió haberse sentido temeroso y desanimado cuando llevó por primera vez el evangelio a Corinto, ciudad próspera, brillante, acostumbrada a la esclavitud y a la inmoralidad. Llegó a Corinto solo y angustiado por la situación de las comunidades de Macedonia.

Por eso dice que se presenta ante ellos con “temor y con temblor”. Esta parte dirigida a la comunidad corintia se refiere a la actuación de Pablo como fundador de la comunidad cristiana; proclamando para ellos el “misterio de Dios” en referencia a una enseñanza muy especial, misteriosa que se refiere al evangelio del mesías crucificado.

Sus palabras no llegaban profundas y parecían sin sabor y contenido. Para una ciudad helenizada, y para sus habitantes, lo importante era la retórica, la sabiduría, los conceptos y sus explicaciones. Pablo por su parte habla del evangelio con manifestaciones de espíritu y poder, es decir milagros y oraciones, con ello podemos esperar todo lo necesario; esto es lo que le da sabor al caldo.

Así, quien tiene la fuerza del espíritu puede hacer muchas y buenas obras que iluminan la vida de las personas y de la comunidad y le dan sentido al conocimiento del evangelio y a la manifestación de la fe.

Por otro lado, también es cierto que muchos que han sido bautizados en la fe cristiana, han preferido vivir su fe a escondidas con unos cuantos destellos de vez en cuando, con un estilo de vida sin sabor, sin compromiso y solo a la expectativa de “aparecer” cuando es necesario algún servicio.

La luz, o ilumina o no sirve para nada al igual que la sal si no cumple con su misión, no sirve para nada.

Los cristianos no podemos perder el sabor cristiano y la luz brillante del evangelio, diluyéndolo en palabras o gestos rituales, dejando de lado la esencia del discípulo que es la fraternidad aderezada con el sabor de la caridad.

Recuerdo parte de un relato oriental donde un anciano maestro judío pregunto a sus alumnos como sabían el momento exacto en que termina la noche y empieza el día; a lo que los alumnos no atinaban a contestar el momento preciso: unos decían que cuando podían reconocer un animal de otro o un árbol de otro. Finalmente, el maestro les dijo que el momento exacto en que termina la oscuridad y viene la luz es cuando mirando el rostro de una persona te das cuenta de que es tu hermano; mientras no suceda esto, aunque brille el sol de medio día seguirás a oscuras.

El padre Javier Gómez es párroco de la Parroquia San Juan de los Lagos, Torreón.

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