Por: Pbro. Javier Gómez O.

CODIPACS.- Después de las celebraciones de Ascensión, Pentecostés y de la Santísima Trinidad; e intercaladas las fiestas de Cristo Sumo y Eterno Sacerdote, del Corpus Christi y del Sagrado Corazón de Jesús; regresamos desde el domingo anterior, a lo que la liturgia nos presenta como tiempo ordinario, que no significa menos importante que las fiestas recién celebradas. Es más bien tiempo para sacar provecho de lo festivo y regresar a la vida cotidiana con el ánimo encendido e impregnado de fe dando testimonio de ella en nuestras tareas diarias.
Por medio de la alianza Israel fue elegido por Dios como pueblo santo, es decir pueblo separado, puro o apartado para él; pueblo de reyes. Sabemos que la monarquía en Israel es tardía; en su primera etapa de historia fue gobernada por los caudillos llamados jueces luego el inicio de la monarquía nace con carácter sagrado. Yahvé es su único rey; se elige un pueblo estableciendo un orden jurídico, dándole su tierra y ejerciendo su gobierno.
Pero con el afán de imitar a sus vecinos que tenían un rey, el pueblo opta por pedir a Yahvé, un rey y les es concedido en la persona de Saúl, ungido por el profeta Samuel para iniciar el periodo de la monarquía sagrada de Israel.
Ser elegidos por Dios como pueblo de reyes, es entrar en una relación directa, sin intermediarios con El, para gobernar en su nombre y cumplir su voluntad.
También lo elige como pueblo sacerdotal. Esto sugiere como Dios reina sobre súbditos consagrados a su servicio, cuya función es ser testigos ante las otras naciones. Por medio de ellos, y sus ofrendas rituales, todas las naciones participan de la bendición de Dios.
Los profetas anunciaron que si el pueblo elegido no era fiel a Dios, dejando de lado sus obligaciones, no solo dejarían de ser su pueblo sino que otro pueblo tomaría su lugar a partir de “un resto” o pequeño grupo de Israel de corazón puro, humilde y justo. Un nuevo pueblo santificado con la fuerza del Espíritu divino para dar testimonio de la grandeza de Yahvé.
La Nueva Alianza se realiza por medio de Jesús, el cual viene a revelar el rostro de su Padre y mostrar su voluntad por medio de la misión salvífica. En Israel empieza la nueva alianza, donde Jesús es enviado como nuevo Moisés para salvar a su “Pueblo”, pero como el pueblo rechazó a Jesús, empieza una alianza distinta con un resto nuevo. Así empieza la historia de la salvación para todos los hombres.
Jesucristo murió por los pecadores en el tiempo señalado. (Rom. 5, 6) “El verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn. 1,14) y así inicia la nueva alianza de la salvación para todos los que creen en Jesús.
Para dar cumplimiento a su obra empieza recorriendo las ciudades de su patria y predicando la buena nueva de salvación y curando las enfermedades y dolencias de la gente. Se compadecía de ellos porque andaban como ovejas sin pastor.
La oveja en la cultura judía es muy apreciada desde tiempos antiguos por su adaptación a pastos escasos en lugares semiáridos y su carne era consumida de manera ritual o ceremonial y de manera ordinaria; como alimento su carne y su leche como majar; con sus pieles se hacían vestidos burdos y en ocasiones como “toldos” para sus tiendas; pero la lana bien tejida o cardada daba lugar a bellos vestidos y telas muy apreciadas.
En el N. T. la palabra usada para oveja era “próbaton” ir adelante, que es el movimiento de los animales en su traslado o búsqueda de pastos y agua y el término se aplicaba a la “oveja”. Pero espiritual y metafóricamente se utiliza para designar a aquellos que pertenecen al Señor; las ovejas perdidas de la casa de Israel, los gentiles (otras ovejas) o los que están bajo el cuidado del Buen Pastor (sus ovejas).
Jesús formó un pequeño grupo de discípulos de los que el evangelista San Mateo nos presenta sus nombres: Simón, “Shimón”, “desierto” llamado Pedro y su hermano Andrés, “Andreas”, “varonil”. Santiago, “Iákobo”, “que toma por el talón”, de “San Iacobi”, Santiago el mayor hijo de Zebedeo, “Zebayeyah”, “Yahave ha dado” y su hermano Juan, “Ioanes”, “Yahave ha hecho gracia”. Felipe, “Philippos”, “amante de los caballos” y Bartolomé; “Bartholomaíos”, “hijo de Tomaí”, Tomás, “Thomas” igual que “Dídimo” que quiere decir “mellizo”, Mateo, “Mattaios”, “regalo de Dios” que era el recaudador de impuestos; Santiago el menor hijo de Alfeo, “Halphaios”, “cambiante o sucesor” y Tadeo, “Thaddaios”, “magnánimo,valiente”, Simón, y Judas “Ioudas”, “de la tribu de Judá”, que es el Iscariote, “iskariotes” descendiente de la tribu de “Isakar”, su gentilicio sería “isacarita” equivalente a sicario.
Estos son los nombres de los elegidos para la misión, sus nombres y significado. Como vemos en los nombres, Jesús escogió un grupo muy simple y diverso; hombres rudos como el viento del desierto, hombres de fe y atentos a los mandamientos de Yahvé, hombres de familias judías ordinarias con sus usos y costumbres herederos de sus padres con virtudes y defectos, magnánimos y valientes y hasta un traidor. A ellos les confía la misión de extender su mensaje y su obra que como vemos en el texto bíblico de hoy. Es un programa liberador: curar enfermos, resucitar muertos, limpiar a los leprosos y echar fuera a los demonios.
El programa para los discípulos, de los cuales escogió a doce, a los que llamó apóstoles y les dio un programa bien concreto para su tarea:
Curar a los enfermos es liberar de la enfermedad, de lo que hace sufrir a una persona en su cuerpo y en su espíritu. Hoy vivimos muy preocupados y ocupados en la salud corporal y descuidamos la salud espiritual que también causa dolor, angustia, desesperación e incertidumbre, nos va debilitando tanto que sin atención y cuidado puede convertirse en enfermedad crónica e irreversible.
Resucitar muertos; “Re – vivir”, volver a recobrar la esperanza de mejores formas de vida, de esperanza y confianza en la voluntad de Dios y su misericordia que anima, que levanta de la postración y de la muerte. La muerte física de cualquier forma y en cualquier momento se presentará y no tendrá marcha atrás. Pero volver a vivir una nueva y distinta; vida nueva, es una gran esperanza que Dios invita a proclamar constantemente a través de la misión de los discípulos, de la iglesia y de todos los bautizados.
Limpiar leprosos; la lepra (literalmente – flagelo) era una enfermedad infecciosa que se consideraba como un castigo de Dios por los pecados cometidos, tanto por el enfermo como por sus ancestros. Jesús envía a sus discípulos a limpiar (Gr. katharizo) más que sanar (Gr. iáomai), tomando en cuenta el concepto cultual de pureza o impureza.
Cuando son limpiados quedan a los ojos de Dios, “puros”, es como decir, se te perdonan los pecados. Si hacemos una lista de los pecados (lepras) que atacan a nuestra sociedad actual podríamos priorizar algunos como la mentira, la deshonestidad, la hipocresía, el odio, la violencia, la corrupción y otros. Limpiar es quitar, lavar dejar puro el lugar sea físico o espiritual.
Arrojar demonios; El demonio (Heb. Shed = insolencia) En la cultura bíblica de la antigüedad se refiere más al ámbito de los poderes o espíritus perversos dominados por el príncipe del mal al cual se le atribuyen distintos nombres: Satán, Belial, Belcebú, Diablo, de los cuales el demonio es ayudante o seguidor.
El pensamiento hebreo introdujo la convicción de que la idolatría era especialmente la adoración de los demonios a los que da el nombre de ídolos: “sacrificaron a los ídolos y no a Dios” (Dt. 32, 17)
En este contexto, el mandato de Jesús a sus discípulos, arrojar demonios significa liberar al individuo de los ídolos que lo esclavizan, que hoy como siempre es el poder, el tener y el saber. Estos ídolos (demonios) pervierten las relaciones interpersonales y la relación con Dios.
Estos cuatro puntos cardinales del espíritu; Sanar enfermos, resucitar a los muertos, limpiar a los leprosos y expulsar a los demonios son un campo de trabajo, un regalo de Dios que desea la libertad y la felicidad de sus creaturas y es el inicio de la nueva alianza de Jesús, puente entre Dios y nosotros.
Se vale de su pequeño e insignificante grupo para acrecentar su programa de salud integral. En aquel tiempo, como hoy sigue habiendo personas enfermas tanto física como espiritualmente.
Hoy los avances de la ciencia y la tecnología se han convertido nuevos demonios, a los que con frecuencia sacrificamos tiempo, dinero y esfuerzo, pero perdemos en ánimo para darle sentido real, como una buena herramienta que ayude al verdadero y constante progreso.
Nos agota y desgasta la dedicación a este programa material y poco a poco se va opacando lo mejor del espíritu de muchos hombres y mujeres que van perdiendo el sentido verdadero de la vida.
Es seguro que muchos necesitamos ser curados, resucitados, limpiados y liberados de los demonios que nos rodean. Pero también es cierto que necesitamos convertirnos en colaboradores de la misión de Jesús, entre muchos es más fácil y eficaz.
Si cooperamos en la tarea de limpiar espiritualmente nuestro entorno, tendremos al final un ambiente de fraternidad, de justicia y de paz. Signos de que el reino de Dios ya se está desarrollando entre nosotros.
Por el bautismo hemos sido llamados a ser discípulos, aprendices, alumnos y luego apóstoles es decir enviados a cumplir con la misma tarea original. ¿En que punto nos encontramos ahora?
El padre Javier Gómez es párroco de la Parroquia San Juan de los Lagos, Torreón. Colabora con datos históricos de la Diócesis de Torreón.