San Joaquín y Santa Ana

Por: Pbro. Mario Alberto Aguilar

CODIPACS.- La liturgia de la Iglesia celebra la memoria de santa Ana y de san Joaquín, los padres de la Virgen María, Madre de Jesús. Por eso, la celebración de hoy evoca en nosotros sentimientos de profundo reconocimiento hacia nuestros abuelos.

Gracias a la Esperanza que nunca perdieron y a la firme convicción de que Dios podría honrarlos con el don de la maternidad y de la paternidad, Ana y Joaquín, por ser los padres de María, la Elegida de Dios para hacer entrar en el mundo al Hijo que lo salvará, ocupan, como es lógico, un lugar destacado en la historia de la salvación, puesto que de ellos aprendió María a ser mujer y luego a ser madre; de ellos aprendió María a reconocer en las Escrituras de Israel la Palabra de Dios a su pueblo; fue de ellos y por ellos que María llegó al punto de comprender su lugar en la Historia y, más que eso, fue capaz de aceptar humildemente el lugar que para ella, en la Historia, Dios había preparado.

Y todo esto tiene sentido incluso desde el punto de vista antropológico, porque no hay nadie que venga a este mundo ya enseñado, pues incluso el Hijo de Dios, nos dice la Escritura, ha tenido que aprender a «ser hombre» (Lc 2, 52) y, con ello, a reconocer los signos de la propia Voluntad del Padre en su vida.

Santa Ana y San Joaquín, por eso, ocupan un lugar de relieve en la Memoria del Pueblo de Dios, pues son dos eslabones en la cadena de la Historia que nos dicen, aún hoy, esta cosa sencilla y al mismo tiempo de inconmensurable profundidad: nadie puede ser lo que es sólo por sí mismo; nadie puede llegar a donde debe si no tiene quien lo lleve de la mano.

Al celebrar con dignidad la fiesta y Memoria de los Abuelos de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador, los abuelos católicos de todo el mundo reconocen en este día que hacen falta; de hecho, que ahora son más preciados que nunca.

Evidentemente, no para meterse donde no deben (o no pueden), sino para dar ese testimonio, ser signos de aquella presencia que, en la confrontación con hijos y nietos, y quizás más con éstos que dice lo que debe ser dicho: que no hay futuro sin Dios; que con Dios la Vida tiene sentido y todo merece la pena; que con Dios todos podemos llegar más lejos, bien más allá de lo que creemos que es nuestra posibilidad.

El padre Mario Alberto es párroco de la Parroquia Inmaculado Corazón de María. También es director del Instituto de Pastoral Pablo VI, Torreón.

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