Dios se propone, no se impone; ilumina, pero no deslumbra

Fiesta de la Epifanía del Señor

BUENA NUEVA.- El 5 de enero, la Iglesia celebra la Solemnidad de la Epifanía. La «manifestación» en la cual Jesús se da a conocer por primera vez ante los Reyes Magos. Recordemos que nos encontramos viviendo el Tiempo de Navidad y durante este lapso se presenta la primera Epifanía.

El año pasado y, con motivo de esta solemnidad, el Papa Francisco explicó que el Evangelio narra un ir y venir entorno al palacio del rey Herodes, precisamente cuando Jesús es presentado como rey: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?» (Mt 2,2), preguntan los magos. Lo encontrarán, pero no donde pensaban: no está en el palacio real de Jerusalén, sino en una humilde morada de Belén. 

Asistimos a la misma paradoja en Navidad, cuando el Evangelio nos hablaba del censo de toda la Tierra en tiempos del emperador Augusto y del gobernador Quirino (cfr. Lc 2,2). Pero ninguno de los poderosos de entonces se dio cuenta de que el Rey de la historia nacía en ese momento.

E incluso, cuando Jesús se manifiesta públicamente a los treinta años, precedido por Juan el Bautista, el Evangelio ofrece otra solemne presentación del contexto, enumerando a todos los «grandes» de entonces, poder secular y espiritual: el emperador Tiberio, Poncio Pilato, Herodes, Filipo, Lisanio, los sumos sacerdotes Anás y Caifás. Y concluye: «Vino la Palabra de Dios sobre Juan en el desierto» (Lc 3,2). Por tanto, no sobre alguno de los grandes, sino sobre un hombre que se había retirado en el desierto. Esta es la sorpresa: Dios no se manifiesta ocupando el centro de la escena.

Al oír esa lista de personajes ilustres, podríamos tener la tentación de «poner el foco de luz» sobre ellos. Podríamos pensar: habría sido mejor si la estrella de Jesús se hubiese aparecido en Roma sobre el monte Palatino, desde el que Augusto reinaba en el mundo; todo el imperio se habría hecho enseguida cristiano. O también, si hubiese iluminado el palacio de Herodes, éste podría haber hecho el bien, en vez del mal.

Pero la luz de Dios no va a aquellos que brillan con luz propia. Dios se propone, no se impone; ilumina, pero no deslumbra. Es siempre grande la tentación de confundir la luz de Dios con las luces del mundo. Cuántas veces hemos seguido los seductores resplandores del poder y de la fama, convencidos de prestar un buen servicio al Evangelio.

Pero así hemos vuelto el foco de luz hacia la parte equivocada, porque Dios no está allí. Su luz tenue brilla en el amor humilde. Cuántas veces, incluso como Iglesia, hemos intentado brillar con luz propia. Pero nosotros no somos el sol de la humanidad. Somos la luna que, a pesar de sus sombras, refleja la luz verdadera, el Señor. La Iglesia es el mysterium lunae y el Señor es la luz de mundo (cfr. Jn 9,5); Él, no nosotros.

Si hemos ido al Señor con las manos vacías, hoy lo podemos remediar. El Evangelio nos muestra, por así decirlo, una pequeña lista de regalos: oro, incienso y mirra. El oro, considerado el elemento más precioso, nos recuerda que a Dios hay que darle siempre el primer lugar. Se le adora. Pero para hacerlo es necesario que nosotros mismos cedamos el primer puesto, no considerándonos autosuficientes sino necesitados. 

Luego está el incienso, que simboliza la relación con el Señor, la oración, que como un perfume sube hasta Dios (cfr. Sal 141,2). Pero, así como el incienso necesita quemarse para perfumar, la oración necesita también «quemar» un poco de tiempo, gastarlo para el Señor. Y hacerlo de verdad, no solo con palabras.

A propósito de hechos, ahí está la mirra, el ungüento que se usará para envolver con amor el cuerpo de Jesús bajado de la cruz (cfr. Jn 19,39). El Señor agradece que nos hagamos cargo de los cuerpos probados por el sufrimiento, de su carne más débil, del que se ha quedado atrás, de quien solo puede recibir sin dar nada material a cambio.

La gratuidad, la misericordia hacia el que no puede restituir es preciosa a los ojos de Dios. En este tiempo de Navidad que llega a su fin, no perdamos la ocasión de hacer un hermoso regalo a nuestro Rey, que vino por nosotros, no sobre los fastuosos escenarios del mundo, sino sobre la luminosa pobreza de Belén. Si lo hacemos así, su luz brillará sobre nosotros.